Audioclasica

04-X-2018 Lección magistral (y clímax interrupto)

BARCELONA PALAU DE LA MÚSICA CATALANA SIR ANDRÁS SCHIFF, piano. Obras de J. S. Bach. Aforo: 2.049 Asistencia: 90% Vino sir András Schiff al Palau esta vez con las manos repletas, desbordantes, de un Bach elegante y sabio, y lo escanció con la generosidad propia de los grandes maestros. Tan munífico fue que su programa contravino de buen principio ese uso últimamente tan generalizado de reducir el concierto a las Variaciones Goldberg –que, por otro lado, bien sobradamente merecen ese trato preferencial–. El virtuoso húngaro decidió ubicarlas en la segunda parte, pero incluyó una primera integrada por el Concierto italiano…

Foto @ Nadia. F. Romanini-ECM Records

BARCELONA

PALAU DE LA MÚSICA CATALANA

SIR ANDRÁS SCHIFF, piano.

Obras de J. S. Bach.

Aforo: 2.049 Asistencia: 90%

Vino sir András Schiff al Palau esta vez con las manos repletas, desbordantes, de un Bach elegante y sabio, y lo escanció con la generosidad propia de los grandes maestros. Tan munífico fue que su programa contravino de buen principio ese uso últimamente tan generalizado de reducir el concierto a las Variaciones Goldberg –que, por otro lado, bien sobradamente merecen ese trato preferencial–. El virtuoso húngaro decidió ubicarlas en la segunda parte, pero incluyó una primera integrada por el Concierto italiano BWV 971 y por la Obertura francesa BWV 831, ambas obras pertenecientes también al Clavierübung. De este modo, la velada se inició con un Bach que miraba hacia las influencias europeas –asimilándolas, dígase de paso, solo de una manera muy parcial–. La página italianizante, sin embargo, se vio aquejada de alguna vacilación en los tempi por parte del maestro, que se fue corrigiendo en el curso de los minutos. Fue más brillante, desde luego, su lectura de la obra de inspiración francesa, con una exposición más clara de las voces y una notable tendencia al cantábile en el fraseo.

La lectura de las Goldberg por parte de Schiff continúa siendo muy similar a la que el maestro ofrecía en los noventa, incluso en lo tocante al minutaje, escasamente por encima de los setenta minutos –incluidas las tres brevísimas pausas que señala y que configuran un esquema cuatripartito de la partitura–. Y semejantes son también su técnica de pedal, el brillo que confiere a las frases y su voluntaria evitación de la síncopa –tan consagrada en la tradición interpretativa desde el inevitable Gould–. Han variado quizás algunos conceptos dinámicos, pero su Bach continúa siendo reconocible, noble, sugestivo. Tras un prodigioso Quodlibet, la apabullante experiencia bachiana habría llegado a un merecido clímax de no ser por un nuevo episodio de mala educación musical a cargo de una parte de este público que en los últimos meses ha sacado consecutivamente de sus casillas con sus tosiqueos, sus móviles y sus estridencias a Barenboim, a Gatti o a Dudamel. En esta ocasión, cuando Schiff justo acababa de colgar en el aire la última nota del Aria da capo y esta se extinguía mágicamente hacia el culmen de la fantástica ejecución del maestro, una inoportuna salva de aplausos vino a destrozar ese instante irrepetible y sobrenatural en el que la música se resuelve en el silencio. El gesto de decepción de sir András fue tan elegante como desolador.

Javier Velaza

 

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