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02-I-2019 Mucho cine y poca sustancia

MILÁN Temporada de ópera 2018/2019. Teatro alla Scala ILDAR ABDRAZAKOV, GEORGE PETEAN, SAIOA HERNÁNDEZ, FABIO SARTORI, GIANLUCA BURATTO, FRANCESCO PITTARI. ORCHESTA Y CORO DEL TEATRO ALLA SCALA. DAVIDE LIVERMORE, dirección de escena. RICCARDO CHAILLY, dirección musical Verdi: Attila Aforo: 2.222 Asistencia: 92% La programación del gran repertorio italiano del XIX después de haber sufrido, bajo la gestión de Lissener, una falta de propuestas novedosas y de calidad, ha cambiado totalmente desde que Pereira y Chailly gestionan el teatro milanés. El Attila de Verdi que abrió la nueva temporada de la Scala, fue el nuevo capítulo de un proyecto basado en…

©Brescia/Amisano – Teatro alla Scala. Ildar Adbrazakov y Soia Hernández en el segundo acto de Attila

MILÁN

Temporada de ópera 2018/2019. Teatro alla Scala

ILDAR ABDRAZAKOV, GEORGE PETEAN, SAIOA HERNÁNDEZ, FABIO SARTORI, GIANLUCA BURATTO, FRANCESCO PITTARI. ORCHESTA Y CORO DEL TEATRO ALLA SCALA. DAVIDE LIVERMORE, dirección de escena. RICCARDO CHAILLY, dirección musical

Verdi: Attila

Aforo: 2.222 Asistencia: 92%

La programación del gran repertorio italiano del XIX después de haber sufrido, bajo la gestión de Lissener, una falta de propuestas novedosas y de calidad, ha cambiado totalmente desde que Pereira y Chailly gestionan el teatro milanés. El Attila de Verdi que abrió la nueva temporada de la Scala, fue el nuevo capítulo de un proyecto basado en la recuperación – dirigida por Chailly –, por un lado, de la obra juvenil de Verdi (la producción de Giovanna d’arco como inauguración de la temporada 2015/16 marcó su inicio), por otra de títulos de la primera mitad del XIX que se estrenaron en la Scala. Attila – ópera en un prólogo y tres actos – estrenada en la Fenice de Venecia en 1846 es una ópera por muchos aspectos desigual. Seguramente tiene momentos muy sugestivos, como el sueño de Attila y el final del primer acto, el aria de Odabella al principio del mismo acto o del dúo Attila-Ezio en el prólogo, pero también presenta cierta falta de inspiración, sobre todo en los últimos dos actos. Solo un año después Verdi consiguió con Macbeth un resultado totalmente distinto y por muchos aspectos insuperado hasta el Rigoletto de 1851. La falta de coherencia dramatúrgica hace de Attila un título sin duda menor dentro de la producción verdiana; no obstante, en las últimas décadas ha tenido siempre cierto éxito gracias a la presencia de grandes intérpretes verdianos como por ejemplo el director Riccardo Muti, que lo hecho uno de sus caballos de batalla, y bajos de renombre en el papel de Attila como Ruggero Raimondi, Nicolai Ghiaurov y sobre todo Samuel Ramey, en los años Ochenta/Noventa.

©Brescia/Amisano – Teatro alla Scala. Ildar Adbrazakov en la esecna del sueño del primer acto de Attila

También Riccardo Chailly parece creer en esta obra irregular de Verdi. Su interpretación para la Scala (era la primera vez que se enfrentaba a este título) fue sin duda interesante. El director milanés fue capaz de mantener la justa tensión teatral a lo largo de toda su ejecución sabiendo valorizar también los detalles más sutiles de la partitura arriesgando en algunos momentos tiempos algo lentos y algunas sonoridades que más que verdianas parecían casi pre wagnerianas. Dentro de su lectura sin duda coherente y conseguida, lo que se echó en falta sin embargo fue el justo ritmo verdiano, la capacidad de desarrollar el ímpetu del inicio de las cabalettas sin ultimar la gestión de las pausas presentes en la dramaturgia musical y en las estructuras formales, aspecto este que hoy en día parece prerrogativa única del mejor director verdiano de nuestra época, Riccardo Muti.

©Brescia/Amisano – Teatro alla Scala. Ildar Adbrazakov en el Prologo de Attila

La actuación de los intérpretes fue desigual. El triunfador de la velada fue sin duda Ildar Adbrazakov pese a sufrir un resfriado durante toda la función. El bajo ruso con su voz cálida y aterciopelada consiguió dibujar un Attila imponente y guerrero, pero al mismo tiempo obsesionado por las dudas y los miedos, sobre todo en la famosa escena del sueño en el primer acto. N menos conseguido fue el Ezio de George Petean, un excelente barítono que supo calibrar con eficacia la dignidad, así como la ambigüedad de su personaje. Saioa Hernández consiguió dar relieve sobre todo al aspecto impetuoso de Odabella aunque quedó falto el lado lírico del personaje a causa de una voz demasiado opaca y poco flexible. Fabio Sartori (Foresto), demostró ser como siempre un tenor con buenos recursos, pero como en otras ocasiones bastante inexpresivo no sólo en la escena, sino también en su línea de canto.

La puesta de escena de Davide Livermore no tuvo particular trascendencia pese a su implante de espectáculo de fuerte impacto cinematográfico. Mucho cine y poca sustancia. El cambio de época de la Italia romana invadida por los Unos a una ambientación que recordaba las épocas de la dictaduras nazis y comunistas del siglo XX, no parecía llevar a ninguna lectura especifica de la obra quedándose así en el mero ejercicio estilístico, francamente inútil. A esto se sumaron toda una serie de incongruencias dramatúrgicas que, como lamentablemente ocurre ya demasiado a menudo en las puestas en escena actuales, sistemáticamente olvidaron las intenciones de los creadores (libretista y compositor) para subrayar una supuesta interpretación actualizada de la obra que finalmente creó sólo confusión, incoherencia y traición del dictado original que la mayoría de las veces, sobre todo en Verdi, es más eficaz e impactante.

Gian Giacomo Stiffoni

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