Audioclasica

08-I-2019 Piano adentro

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA ARCADI VOLODOS, piano Obras de Schubert, Rachmaninov y Scriabin Aforo: 2.324  Asistencia: 70% Que asistir a un recital en el que figure el nombre de Arcadi Volodos siempre invita a los mejores presagios ciertamente no es una novedad, pero sí ocurre que un intérprete de su magnitud es capaz de derribar todos los límites de lo previsible para traspasar las fronteras de lo posible, y el pianista ruso no faltó a su infatigable cita con lo trascendente. Un deslumbrante comienzo para esta vigesimocuarta edición del…

© Marco Borggreve

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

ARCADI VOLODOS, piano

Obras de Schubert, Rachmaninov y Scriabin

Aforo: 2.324  Asistencia: 70%

Que asistir a un recital en el que figure el nombre de Arcadi Volodos siempre invita a los mejores presagios ciertamente no es una novedad, pero sí ocurre que un intérprete de su magnitud es capaz de derribar todos los límites de lo previsible para traspasar las fronteras de lo posible, y el pianista ruso no faltó a su infatigable cita con lo trascendente. Un deslumbrante comienzo para esta vigesimocuarta edición del ciclo de Scherzo, que a juzgar por la lista de nombres en su cartel, se antoja difícil que pueda decaer.

De la primera participación de Volodos entre los grandes de Scherzo han transcurrido ya veinte años, para Gardel no eran nada, pero para el de San Petersburgo han supuesto una evolución de perfil lisztiano, desde aquel virtuosismo vertiginoso y efervescente al de la pureza y el color del sonido, de la madurez del ser interior más profundo y espiritual. Y eso teniendo en cuenta que su repertorio no ha cambiado sustancialmente, los Schubert, Rachmaninov o Scriabin de esta ocasión ya le acompañan desde entonces, aunque es ahora cuando definitivamente parecen haberse alcanzado mutuamente en un diálogo casi sobrenatural. La tenue iluminación de la sala, de apenas un haz de luz sobre el piano, sería el marco perfecto para el cuerpo a cuerpo más íntimo y poético que se le pueda recordar a Volodos en un viaje ritual hacia lo insondable y lo sublime.

Schubert protagonizaría el primer bloque, con otra de esas perlas algo más escondidas de su catálogo, la Sonata en Mi Mayor D. 157. Luminosa en un Allegro inicial en el que Volodos desplegó sin concesiones su magistral sentido del discurso musical, siempre atento a la forma, con un asombroso manejo del fraseo y la articulación, tanto que su gesto a veces pareciera más cercano a dirigir que a tocar, pero sin perder jamás la esencia de su impoluto pianismo. Esencia que tornaba en milagro en el Andante, un testimonio declamado de la desesperación vital del genio vienés cuya traducción en manos del Señor Arcadi cortó la respiración de una asistencia que hizo devenir la molesta tos en un ahogado y conmovedor silencio. No hubo duda de por qué esta sonata se encuentra entre las predilectas de Volodos. El tiempo quedaría del todo suspendido en los Seis Momentos musicales op. 94, en una lectura muy personal, a fuego lento, de tempi celidibiachiano cabría decir. Incluso en alguno de ellos, como el celebérrimo tercero en Fa menor, resultaría quizá demasiado reposado, pero compensado por ese inmenso calado expresivo que desde la riqueza de sus dinámicas y tersos cantabile, continuaba elevándose a cotas de interpretación más allá de lo concebible.

No podía faltar la música de su Rusia natal, con dos verdaderas spécialité de la maison suyas como son Rachmaninov y Scriabin, de hecho, probablemente estemos ante el mayor intérprete vivo de ambos. Del primero ofrecería una selección de seis piezas que comenzaron por el afamado Preludio en Do sostenido menor op. 3 nº 2. El propio Rachmaninov terminó aborreciéndolo debido al excesivo número de veces que llegó a interpretarse pero de escucharlo así, quizá hasta hubiera vuelto a cambiar de impresión. Volodos exhibió una vez más el vasto conocimiento que posee de su lenguaje, desgranando todas las exigencias e instantes de la partitura, sumergido todo ello en una profundidad expresiva absolutamente inigualable y desprovista de cualquier exceso. Así sucedería con unos sugestivos Preludios nº 10 op. 23 y op. 32 respectivamente, apoyados por un incansable y cálido diálogo entre sus diversos planos sonoros, o el emotivo lirismo de la Romanza op. 21 nº7 “Zdes’ khorosho” en arreglo del propio Volodos, para mayor intimismo si es que acaso cabía más en el ejercicio de médium del intérprete ruso con el espíritu de su compatriota. Como pequeño contraste sirvió el enérgico impulso rítmico de una encantadora Serenade op. 3 nº5 para terminar regresando a la pasión contenida de un inefable Etude tableaux en Do menor op.33 nº3 que cerraba el círculo de una interpretación inalcanzable.

Este viaje piano adentro finalizaba con Scriabin, que seguiría un camino paralelo a su predecesor con esa atmósfera hipnótica de la velada cobrando forma definitiva a través del misticismo sonoro que envuelve sus piezas, cuya serie de pequeñas gemas recogería una brillante Mazurka op. 25 nº3, su inseparable Caresse dansée op. 57 nº2,  y el suspiro onírico de una breve pero densa Enigme op. 52 nº2. Las Dos danzas op. 73 expuestas en orden inverso, con una efusiva Flammes sombres antes de la exquisitez tímbrica y sugerente visión de Guirlandes, para concluir con una intensa y poderosa lectura de Vers la flamme op. 72.

Con casi dos horas de recital a las espaldas, y un público rendido sinceramente a su figura, regalaría tres obras fuera de programa, completamente afines al carácter de lo escuchado antes, con el Minueto D. 600 de Schubert, Jeunes filles au jardín de Federico Mompou, y el Intermezzo op. 118 nº6 de Johannes Brahms.

Arcadi Volodos ponía punto y final a una sesión inolvidable, situando una frontera muy lejana respecto del concepto sobre lo que puede ser la interpretación o el concierto propiamente dicho, para convertirlo así en una radiografía trascendental de sí mismo y de su instrumento.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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