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19-I-2019 El oro en en el foso del Real

MADRID. Temporada de Ópera. Teatro Real GREER GRIMSLEY, Wotan. JOSEPH KAISER, Loge. SAMUEL YOUN, Alberich. SARAH CONNOLLY, Fricka. RONNITA MILLER, Erda. ALBERT PESENDORFER, Fasolt. ALEXANDER TSYMBALYUK, Fafner. SOPHIE BEVAN, Freia. MIKELDI ATXALANDABASO, Mime. ORQUESTA TITULAR DEL TEATRO REAL. PABLO HERAS-CASADO, director. Dirección escénica de ROBERT CARSEN. Richard Wagner: El oro del Rhin Aforo: 1.746 Asistencia: 99 % El Prólogo del Anillo que el Teatro Real escenificará durante las próximas tres temporadas viene acompañado, gracias a la dirección musical de Pablo Heras-Casado, de los mejores augurios musicales. Desde la primera nota de los contrabajos, introducida con suavidad y aplomo, hasta los últimos acordes de la…

MADRID. Temporada de Ópera. Teatro Real

GREER GRIMSLEY, Wotan. JOSEPH KAISER, Loge. SAMUEL YOUN, Alberich. SARAH CONNOLLY, Fricka. RONNITA MILLER, Erda. ALBERT PESENDORFER, Fasolt. ALEXANDER TSYMBALYUK, Fafner. SOPHIE BEVAN, Freia. MIKELDI ATXALANDABASO, Mime. ORQUESTA TITULAR DEL TEATRO REAL. PABLO HERAS-CASADO, director. Dirección escénica de ROBERT CARSEN.

Richard Wagner: El oro del Rhin

Aforo: 1.746 Asistencia: 99 %

El Prólogo del Anillo que el Teatro Real escenificará durante las próximas tres temporadas viene acompañado, gracias a la dirección musical de Pablo Heras-Casado, de los mejores augurios musicales. Desde la primera nota de los contrabajos, introducida con suavidad y aplomo, hasta los últimos acordes de la partitura, el Real ha tenido la oportunidad de gozar de una lectura y una realización sonora de primerísima fila, en la que todos y cada uno de los matices que el director ha querido insuflar a la obra han sido perfectamente comprendidos y asumidos por todos y cada uno de los músicos del foso. La limpieza de los pasajes más comprometidos de los violines, la rotundidad de los metales (y las gloriosas trompetas del final) en los momentos épicos, la calidez y delicadeza de ciertos pasajes musicales aparentemente secundarios (Fricka) y la planificación global (con una escena en Nibelheim siempre proclive a la fatiga, aquí sabiamente atenuada) consiguieron ensamblar un Oro del Rhin lleno de fluidez y musicalidad pero, sobre todo, arrojar luz sobre los vericuetos dramáticos y textuales de esta inusual opera bufa de tintes míticos.

Los tiempos actuales no conceden a los intérpretes wagnerianos la gloria que se les tributaba hace medio siglo, más por falta de interés y por alimentar el mito de la edad de oro de las voces wagnerianas que por ausencia de grandes voces que, en todo caso, no podrían satisfacer las demandas de roles como Sigfrido y Brunilda. El Oro del Real volvió a demostrar, no obstante, que las voces de hoy pueden seguir cumpliendo sin problemas y con altas dosis de empatía las exigencias de este título. Samuel Youn destacó como Alberich por su poderío vocal y su entrega sin límites, en un sacrificio parcialmente deslucido por la cautela escenográfica, que desterró los gritos de horror del pueblo nibelungo y dejó huérfano al enano de alguno de sus momentos más gloriosos. Grimsley y Connolly fueron una pareja de dioses noble y de buena pasta vocal, bien que el tono reflexivo del primero restó relieve a su, por otro lado, excelente Wotan. Ronnita Miller fue una Erda legendaria, Pesendorfer y Tsymbalyuk unos brutos convincentes y socarrones, la Freia de Sophie Bevan fue una Freia siempre grata y expresiva y Joseph Kaiser un destacado maestro de ceremonias. Mime y las tres ondinas, servidos en su mayor parte por cantantes nacionales, no desmerecieron en calidad vocal y sirvieron sus roles de forma idiomática.

La producción de Robert Carsen, inteligente y bien explicada, resultó parcialmente mortecina, en parte por los tonos ocres que dominaron la escena y por la contención tecnológica y visual. Como continuadora de la famosa producción del centenario de Patrice Chéreau, incidió en los aspectos políticos, sociales (y ecológicos) de la obra. Tras un gran inicio (los paseantes corredores del Preludio arrojando desperdicios al río) y una plausible escena en el Rhin con escaso énfasis en el oro, la segunda escena acertó al “socializar” el drama acompañando de figurantes a los sindicalistas Fasolt y Fafner y al aristócrata Wotan, aunque ya puestos, echamos de menos que Donner y Froh vinieran acompañados de antidisturbios dispuestos a apalear a los huelguistas. Los cambios de decorado a telón cerrado (sin proyecciones ni ninguna clase divertimento) resultaron anticuadas, y aunque en la tercera escena disfrutamos de la transformación de Alberich en dragón, representada por los nibelungos estrangulándose unos a otros, perdimos la oportunidad de visualizar Nibelheim como un verdadero reino del terror. También quedaron cortas de violencia el sometimiento de Alberich por Wotan y el fratricidio de los hermanos gigantes, hubiéramos deseado un mayor cambio en la gama cromática durante la aparición de Erda y encontramos un poco anticuado el comentario social de la escena final. Esperemos que las jornadas restantes nos deparen emociones más fuertes.

RAFAEL FERNÁNDEZ DE LARRINOA

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