Audioclasica

28-I-2019 El inquietante Requiem de Hengelbrock

BARCELONA PALAU DE LA MÚSICA CATALANA BALTHASAR NEUMANN CHOR UND ORCHESTER. THOMAS HENGELBROCK, director. Obras de J. C. Kerll y W. A. Mozart. Aforo: 2.049 Asistencia: 90% Si alguien esperaba de este Requiem traído por Thomas Hengelbrock al Palau alguna concesión a lo convencional, debió de reparar en su error nada más abrir el programa de mano. Aunque la última obra de Mozart acostumbra a programarse sola –y hay para ello buenas razones–, el director sajón le antepuso esta vez un no sé si frontispicio o prefacio o cita en la forma de la Missa Superba de Johann Caspar Kerll.…

@ A Bofill

BARCELONA

PALAU DE LA MÚSICA CATALANA

BALTHASAR NEUMANN CHOR UND ORCHESTER. THOMAS HENGELBROCK, director.

Obras de J. C. Kerll y W. A. Mozart.

Aforo: 2.049 Asistencia: 90%

Si alguien esperaba de este Requiem traído por Thomas Hengelbrock al Palau alguna concesión a lo convencional, debió de reparar en su error nada más abrir el programa de mano. Aunque la última obra de Mozart acostumbra a programarse sola –y hay para ello buenas razones–, el director sajón le antepuso esta vez un no sé si frontispicio o prefacio o cita en la forma de la Missa Superba de Johann Caspar Kerll. El benévolo lector me dispensará si le confieso sin ambages que hasta el momento tanto obra como autor me eran completamente desconocidos, ignorancia que se revela tanto más culpable cuanto que se trata de una partitura interesantísima, elegantemente edificada en su conjunto y dotada de momentos bellísimos, como el del Credo. El director –por cierto, compatriota del compositor– iba a optar, sin embargo, por sustituir la configuración camerística indicada por Kerll –8 voces, dos violines, cuatro trombones y un órgano con registro de violone– por una lectura de concepción sinfónica, con la orquesta y el coro al completo, sacrificando así el espíritu original de la obra en aras de un sonido, eso sí, esplendoroso y compacto.

Se tenga la opinión que se tenga sobre esta decisión, no fue menos sorprendente que, sin solución de continuidad y sin apenas pausa después de la última nota de la Missa Superba, Hengelbrock atacara la primera del Requiem mozartiano. Es de suponer que quiso de esta manera dar homogeneidad al discurso musical, pero, por perogrullesco que suene, Kerll no es Mozart ni una misa es un réquiem, de modo que se hubiera agradecido una cierta discontinuidad que permitiese digerir mínimamente la buena ejecución de la primera y preparar el espíritu para la segunda. Y, sobre todo, por cuanto la propuesta de Hengelbrock para el Requiem es de alta exigencia para con el oyente, cimentada como está sobre juegos agógicos radicales, mezcolanzas de texturas inusitadas y, por encima de todo, sobre un humus expresivo que parece surgir, mucho más que en otras versiones, de profundis. A decir verdad, es un réquiem intenso e inquietante, desconcertante a veces por lo que se aleja de lo consabido y porque, más que como un grito del hombre hacia el más allá, por momentos la música –no es fácil olvidar la insistencia obsesiva de ese timbal– y la voz parecen viajar justamente en sentido inverso.

Inquisitoriamente dirigidos por la batuta de su fundador, el coro y la orquesta dejaron bien a las claras su altísima competencia en el repertorio sacro. El primero es uno de esos coros de tradición europea de altísima calidad vocal, empaste y técnica perfectas que producen una envidia sana por comparación con tantas formaciones nuestras de loable voluntarismo. De entre ellos extrajo Hengelbrock a los cuatro solistas que requiere el Requiem, y fue ese uno de los ingredientes menos satisfactorios del conjunto: sin llegar a los excesos operísticos cometidos por otros directores, los roles solistas de la obra exigen unas prestaciones que no todos los cantantes pudieron esta vez ofrecer. La decisión, sin duda, obedece a una concepción totalmente coral de la interpretación, la misma por la cual la orquesta se comportó siempre con una exquisita mesura.

Las dos propinas que cerraron el concierto no parecieron menos turbadoras: al Komm, o Tod, du Schlafes Bruder (¡Ven, oh muerte, hermana del sueño!), de la cantata BWV 56, de Bach, le sucedió el hermoso y poco conocido Himno querúbico, Op. 27/5, de Pavel Chesnokov, casi dos preguntas espetadas a un público que, demasiado acostumbrado a lo convencional, salió esta vez del Palau con un rictus desasosegado.

Javier Velaza

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