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9-II-2019 La libertad de los excluidos

València Temporada 2018/2019. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal MICHELE PERTUSI. STEFANO SECCO. ARTUR RUCIŃSKI. ROBERTA MANTEGNA. BUM LOO LEE. GABRIELE SAGONA. MARK SERDIUK. GABRIELE LAVIA, director de escena. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANCESC PERALES, director. ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. ROBERTO ABBADO, director musical. Giuseppe Verdi: I masnadieri Aforo: 1412 Asistencia: 95% Cuando Giuseppe Verdi compuso I masnadieri  (1874) tenía 33 años. Era joven y, sin embargo, famoso. Her Majesty’s Theatre de Londres puso a su disposición algunos de los cantantes e instrumentistas más importantes del momento. Entre ellos, la soprano Jenny Lind, “el ruiseñor sueco”,…

III acto de I Masnadieri en el Palau de Les Arts. Créditos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

València

Temporada 2018/2019. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal

MICHELE PERTUSI. STEFANO SECCO. ARTUR RUCIŃSKI. ROBERTA MANTEGNA. BUM LOO LEE. GABRIELE SAGONA. MARK SERDIUK. GABRIELE LAVIA, director de escena. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANCESC PERALES, director. ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. ROBERTO ABBADO, director musical.

Giuseppe Verdi: I masnadieri

Aforo: 1412 Asistencia: 95%

Cuando Giuseppe Verdi compuso I masnadieri  (1874) tenía 33 años. Era joven y, sin embargo, famoso. Her Majesty’s Theatre de Londres puso a su disposición algunos de los cantantes e instrumentistas más importantes del momento. Entre ellos, la soprano Jenny Lind, “el ruiseñor sueco”, y el violonchelista Carlo Alfredo Piatti, quienes condicionaron su escritura: las arias para la diva resultaron más ornamentadas de lo habitual y el “Preludio” es un solo para dicho instrumento. Además, el coro es tan importante que, como personaje colectivo, da título al drama. Pero no todo es innovador. El compositor estructuró la obra como lo habían hecho sus predecesores: por números. Es decir, cada aria o conjunto se construye sobre una estructura fija: recitativo o cavatina, pasaje lento, elemento perturbador que hace avanzar la acción (diálogo, coro…) y cabaletta, conclusión virtuosa que informa del estado emocional del protagonista y libera de tensión al oyente.

Sin embargo, a pesar de su rigidez y reiteración, este entramado resultó uno de los elementos más útiles ante tan deslavazado argumento. El libretista, Andrea Maffei, resumió los cinco actos del drama Die Räuber (1781), de Friedrich Schiller, en cuatro y fue tan esquemático que en una primera audición es complicado entender sus entresijos. Por tanto, no es de extrañar que los cantantes hablaran en la presentación del título de lo difícil que fue construir sus roles y que algún confuso compañero de butaca preguntase durante la representación, y a buen volumen, cuántas veces había muerto Massimiliano, conde de Moor (y no es un chiste de Chiquito de la Calzada), o por qué fue asesinada Amalia.

De todas formas, un tema se alza por encima de los consabidos celos, ambiciones y engaños del malvado Francesco, hijo del Conde: la libertad. Libertad reivindicada desde la exclusión: Carlo, su hermano, había decidido vivir a su manera y por ello fue repudiado por su padre. Es el mismo sentir al que cantó José de Espronceda en El pirata, El cosaco, El mendigo, El reo o El verdugo, o el que años después matará a la gitana Carmen, de Bizet. No en vano, el director de escena, Gabriele Lavia, grafitea con grandes letras góticas “Libertà Moor” en el fondo del escenario. Un aspecto que concuerda con el planteamiento que  hace Verdi desde el mismo inicio: virulencia orquestal (sociedad) frente al solo de chelo (individuo), en un marco extremadamente hostil. Éste es un descampado, siempre el mismo y con una iluminación expresiva, dominado por diversas tribus urbanas. La de los bandidos parecía extraída del film Gans of New York, de Martin Scorsese. Pero, no obstante, no es tan fiero el lobo… pues estos desalmados cantan su terrible amenaza a ritmo de vals. Un vals y un estilo muy próximo a cualquiera de nuestros amables coros de zarzuela, en las voces de un Cor de la Generalitat robusto, preciso y expresivo, tanto en escena como fuera de ella.

El otro elemento que hizo inteligible el drama fue la música. El necesario grado de terribilità lo puso Roberto Abbado. Sus tempi fueron ágiles y apremió a cantantes y músicos para que todo resultara fluido, sin impedir que cada uno se expresase a placer. Rafał Jezierski, cello solista, marcó la alta temperatura que continuaría. Las maderas lucieron color y empaste, al igual que los trombones en los pasajes más oscuros del final. Artur Ruciński estuvo esplendido en lo vocal y detestable en su malvada caracterización: sonido regular, timbrado, homogéneo y bien dosificado. Derrochó musicalidad. Para enmarcar, el fraseo de “Io t’amo, Amalia!”. Roberta Mantegna construyó una Amalia inocente, de muy bonito color, pero conformista en la coloratura; la dijo muy bien pero sin arriesgar. Stefano Secco fue quien más pareció acusar el cansancio durante el trascurso de la función. No obstante, fue un Carlo convincente, mas un tanto justo en los agudos. Michele Pertusi llenó el papel de Massimiliano, vocal y escénicamente. Toda una lección. Joo Lee, Sagona y Serdiuk cumplieron con creces. Los dúos y números grupales redondearon un conjunto que agradó mucho al público asistente.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI

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