Audioclasica

11-II-2019 Pollini y la luz del tiempo

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA MAURIZIO POLLINI, piano Obras de Chopin y Debussy Aforo: 2.324  Asistencia: 95% Hablar de Maurizio Pollini es hablar de historia viva del piano, es hablar del intérprete que doblegó el concepto de dificultad para convertir la perfección en norma, del músico que nunca se ha conformado con lo que de manera aparentemente sencilla podía alcanzar y evolucionó hacia lugares del repertorio aún inhóspitos para la comprensión del público. Del hombre que un día, siendo muchacho le llegó a decir no al piano para poco después…

© Cosimo Filippini

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

MAURIZIO POLLINI, piano

Obras de Chopin y Debussy

Aforo: 2.324  Asistencia: 95%

Hablar de Maurizio Pollini es hablar de historia viva del piano, es hablar del intérprete que doblegó el concepto de dificultad para convertir la perfección en norma, del músico que nunca se ha conformado con lo que de manera aparentemente sencilla podía alcanzar y evolucionó hacia lugares del repertorio aún inhóspitos para la comprensión del público. Del hombre que un día, siendo muchacho le llegó a decir no al piano para poco después pactar con él que juntos se elevarían a los altares mismos de la eternidad.

Después de mucho tiempo, su legendaria figura regresaba a este ciclo de Scherzo, siendo además la única ocasión que dentro de su gira lo haría en nuestro país, alicientes que convertían la cita de una fría pero agradable tarde de febrero en Madrid en algo más que un concierto. Muestra de ello ya se evidenciaba en la expectación generada por una asistencia muy superior a la que, incomprensiblemente por otra parte, suele darse en cada velada del ciclo. Una asistencia dispuesta a entregarse a un verdadero ídolo a quien el espejo del tiempo, siempre implacable, comienza a situarle ante a sí mismo, bajo una luz que si ya no brilla como lo hiciera antes, nunca se apagará desde la profundidad de su sabiduría e inmenso legado. Puede que las energías acompañen menos, pero Pollini es poseedor del ADN de la música, del piano, de las obras y de quienes las han creado, desde un pianismo noble, diáfano, que ahonda en la raíz y esencia de su significado y que ahora se antoja pretérito ante la búsqueda milimétrica, casi obsesiva respecto del más mínimo detalle técnico. Lo cual no es ni mejor ni peor, sino sólo el factor diferencial entre el rumbo de los tiempos y sus naturalezas sujetas a nuevas búsquedas, si bien es verdad que la pureza de ese pianismo de último mohicano que conserva Pollini quizá pueda estar más cerca del corazón y de su verdad.

Testigos de todo ello fueron sus dos protagonistas en el programa, un díptico conformado por Chopin y Claude Debussy, compositores a los que el maestro milanés ha encumbrado como pocos lo han hecho.

Bajo una tenue y cálida iluminación, acomodaba concienzudamente su banqueta para afrontar la selección de obras del polaco, que comenzaría por los Nocturnos op. 62 en Si mayor y Mi mayor respectivamente, probablemente de los más complejos de la colección en cuanto a carácter, sobre todo el primero, especialmente sugerente en su recorrido melódico y audaz elaboración armónica. Aderezados por las siempre puntuales e infames toses, además de un extraño canturreo de ultratumba que parecía provenir del segundo anfiteatro, se podía advertir cierta falta de fluidez sobre un tempo algo elevado, compensado eso sí por un fino rubato con el que fue capaz de contener su delicadeza, especialmente emotiva en esa suerte de nostálgica despedida que entona el segundo del par. Sin obedecer a los protocolos programados, ni falta que hace, aplauso, saludo, abandono y vuelta al escenario, y tras un reajuste más de su asiento, la portentosa Polonesa op. 44. Versión que correría una suerte desigual, con desajustes en los que se evidenciaba un notable esfuerzo en los momentos de mayor exigencia al tiempo que parecía rejuvenecer rescatando instantes sólo reservados para los elegidos, como igualmente sucedería en la intermitente interpretación del  Scherzo nº3 op 39 que cerraba la selección, tan desabrido en el desarrollo como magistral en su celebrado e identificativo episodio de cristalinas corcheas  racheadas. Previo a éste último, un inciso,  materializado a través de una inenarrable Berceuse op. 57, propuesta por Pollini desde una sutileza y levedad lírica verdaderamente únicas, deslizadas sobre un luminoso fraseo. No obstante, la sensación al término del capítulo chopiniano desprendía un cierto regusto de agridulce inquietud, entre el desasosiego y la admiración.

Vendría el piano de Debussy a refrendar su egregia figura con la versión completa del primer libro de Preludios. El generoso descanso de unos veinticinco minutos del que disfrutó el maestro italiano pareció renovar en él fuerzas suficientes para combatir la incertidumbre generada antes de la pausa. Y lo hizo para regalar una versión de profundidad inigualable, maravillosa desde su exquisitez tímbrica, consonante al perfume evocador que emana de sus páginas, así como por su equilibrio expresivo, fiel a las singulares indicaciones de su autor, aunque es cierto que pudo contener algo más sus tempi resolviendo el conjunto en apenas media hora respecto de sus cuarenta minutos de duración media. Pollini apuntó certero al carácter de cada preludio, dotándolos de su prístina espontaneidad y aire improvisador, soberbio en la consecuente articulación y sentido unitario de su forma provista de una claridad natural y reveladora. Destacables si caben fueron el color armónico impregnado en Les son et les parfums tournent dans l’air du soir, la espléndida consistencia rítmica en Les collines d’Anacapri y La sérénade interrompue, desbordante en Minstrels o la sublime hondura poética conferida a Des pas sur la neige, si bien fue el celebrado La Cathédrale engloutie el que terminó de aglutinar todas las virtudes de una interpretación literalmente sensacional por su belleza. La monumental ovación e insistencia del público le llevó a conceder como propina un poderoso Feux d’artifice, perteneciente al segundo libro. Cuando parecía concluida la velada y gran parte del público había abandonado ya la sala, el inagotable aplauso de cierto sector le llevó a otra pieza extra, con el Estudio nº 11 op. 25 de Chopin, en una ejecución ya un tanto forzada que pudo hacer retornar la inquietud de lo anterior.

Pollini se despedía con gestos de gratitud, la misma que se le debe a alguien cuya luz sobre el tiempo ya es inextinguible.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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