Audioclasica

04-III-2019 El “caso Sokolov”

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA GRIGORY SOKOLOV, piano Obras de Beethoven y Brahms Aforo: 2.324  Asistencia: 95% Tal vez recurriendo a lo que podría valer como título de un relato de misterio de Sir Arthur Conan Doyle, se podría llegar a la conclusión, elemental mi querido Watson, de que Sokolov es verdaderamente un caso en sí mismo, un individuo único en su especie, digno de estudio científico. Porque la crítica ya lo ha dicho todo, y poco queda que decir en algo que ya se limita a la constatación casi…

© Klaus Rudolph

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

GRIGORY SOKOLOV, piano

Obras de Beethoven y Brahms

Aforo: 2.324  Asistencia: 95%

Tal vez recurriendo a lo que podría valer como título de un relato de misterio de Sir Arthur Conan Doyle, se podría llegar a la conclusión, elemental mi querido Watson, de que Sokolov es verdaderamente un caso en sí mismo, un individuo único en su especie, digno de estudio científico. Porque la crítica ya lo ha dicho todo, y poco queda que decir en algo que ya se limita a la constatación casi notarial de un hecho al que sólo le caben todos los parabienes posibles, aunque ciertamente, no deje de resultar sorprendente hasta lo abrumador. Y es que  lo que a estas alturas cabe preguntarse es cómo puede alguien albergar esa capacidad, en los límites de lo humanamente posible, manteniendo un estado de concentración trascendental durante casi dos horas y media sin perder el equilibrio lo más mínimo en ningún momento. Además, Sokolov no sólo consigue tocar de manera impecable en cuanto a sonido, control de los tempi, fraseo y conducción del discurso superlativos, intensidad y profundidad absolutas, sino que además probablemente sea capaz incluso de superar lo escrito, alguien que se mueve con naturalidad única en el filo de lo imposible. Se podría apostar todo sin mucho miedo a perderlo, que los propios Beethoven o Brahms, cartel de su concierto, estarían de acuerdo si escuchasen tocar sus obras en manos del pianista ruso. No se puede pedir más de un intérprete, un gigante del que solo queda celebrar que cada año regale al público de Madrid su presencia afortunadamente habitual en el ciclo de Scherzo. Esta vez lo haría con un potente programa de corte plenamente germánico, entre el efusivo e incipiente espíritu romántico aunque formalmente clásico de juventud del coloso de Bonn y el cenital romanticismo en la madurez de su eterno discípulo hamburgués.

Con paso sereno, casi como si no fuera a hacer nada, se dirigía hacia el piano para abrir la velada con el primero de los protagonistas, Beethoven, y la temprana pero ya reveladora Sonata op. 2 nº3 dedicada a su maestro Haydn. El abominable móvil que adornó el comienzo quizá hizo resentirse una exposición del Allegro con brio inicial que resultó más fluida en su repetición, pero que a la postre no fue impedimento para que Sokolov se adentrara en la vorágine beethoveniana desde la espléndida fluidez y contundencia expresiva a la que acostumbra, sin perder nunca de vista la fidelidad al estilo, todo alrededor de una admirable visión panorámica de la obra, cuyo sentido unitario y formal logran que cada pasaje cobre el relieve y la intensidad necesarios, y es que el de San Petersburgo hace que se escuche todo, incluso lo que no está escrito, siempre desde una nobleza y sencillez imperturbables. Conmovedora fue la solemnidad en los claroscuros expresivos del milagroso Adagio, fulgurante el tercero Scherzo. Allegro y tan cristalino como rotundo el Allegro assai final, fronterizo con lo insuperable por su extrema lucidez interpretativa. Lástima que las abundantes e impertinentes toses, valga así la alusión, se entrometieran para disfrutar más si cabe de algunos detalles, como los inefables pianissimi o la belleza de unos trinos ajenos a este mundo. Ovación incontenible a su conclusión a la que Sokolov correspondió con una apresurada reverencia para acometer sin pausa las Once bagatellas op.119.

Interesante y curiosa la elección de estas piezas. Una especie de work in progress del compositor alemán cuya elaboración se extendió a lo largo de buena parte de su vida, constituyendo una colección de sencillas y agradables piezas de salón de una aparente fácil ejecución, muy relacionadas hoy día con el entorno académico en los niveles más básicos. Sólo una apariencia, y por supuesto Sokolov se encargaría de mostrar su “más allá” en una lectura cuyo pianismo desorbitado lograría extraer la esencia de su belleza, vitalidad y autenticidad musical. Un verdadero deleite por su equilibrio y delicadeza, como sus aterciopelados cantabile, impulsadas también por una vigorosa consistencia rítmica que tuvieron quizá su momento especialmente álgido entre la cuarta y la séptima de la serie. Convertir lo sencillo en algo magistral, una inconmensurable lección de interpretación de un pianista inigualable.

La segunda parte de la cita tuvo su nombre propio en Brahms, en el esfuerzo titánico de acometer sus dos últimas colecciones para teclado, las Klavierstücke op. 118 y 119 respectivamente, con el llamativo paralelismo del segundo opus con las Bagatellas de su antecesor. La culminación definitiva de todo lo comentado, con la figura del de San Petersburgo erigida en rapsoda de su instrumento, algo difícil de explicar en palabras y que hace necesario el acto de escuchar para poder creer. Una versión imponente por su lirismo poético, con Brahms y el piano elevados a su máxima expresión. Su sentido del fraseo y el tempo, dinámicas inimaginables y la extrema claridad de sus planos sonoros en su siempre complejo entramado armónico. Una interpretación sin solución de continuidad en cuyo recorrido Sokolov pareció establecer una línea creciente de intensidad entre las diferentes piezas que alcanzaría su clímax en la Op. 119. Especial mención al segundo y sexto intermezzi del opus anterior, que anudó la garganta de la asistencia mientras el pianista ruso parecía desbordarse a sí mismo arrastrado por la insondable profundidad de esta música. Podía recordar a esos versos de la Oda a Salinas de Fray Luis de León: “El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada, Salinas, cuando suena, la música extremada por vuestra sabia mano gobernada…”. No podía encontrar otro final en esa suerte de despedida que es la Rhapsodie, que una apoteosis desbordante y triunfal, con el piano, Brahms y Sokolov transfigurados en una perfecta trinidad como instrumento, compositor e intérprete y que condujo al delirio definitivo de los allí presentes. Definitivamente sobrehumano.

Y aún le quedaba energía suficiente para su ya habitual y gigantesca tanda de propinas, hasta seis, de ahí no baja, que circularon desde su íntimo Impromptu nº2 Op. 142 de Schubert, Chopin, con una inefable Mazurka op. 68 nº2, los aires folclóricos de nuevo con Schubert y su Melodía Húngara D. 817, su arrolladora, casi hasta demasiado, versión del Preludio nº20 nuevamente de Chopin y la evocación hasta lo hipnótico del preludio Des pas sur le neige de Claude Debussy, algo ciertamente sorprendente en su registro. Justo cuando a título personal, quien suscribe estas líneas reflexionaba sobre la posibilidad de que Sokolov, como su predecesor en el ciclo Maurizio Pollini, explorara otros repertorios y abriese otras puertas para las que sin duda, tiene la llave siendo un especialista en el arte de superar las expectativas, que es otro rasgo más de su misteriosa capacidad. Y una pregunta final ¿Estamos probablemente ante el pianista más grande de la historia reciente? Así es, y quien lo haya visto y escuchado puede asegurarlo, tanto por lo que hace por cómo es. Caso resuelto.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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