Audioclasica

26-III-2019 Sui Géneris

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA ANNE QUEFFÉLEC, piano Obras de Bach/Busoni, Marcello/Bach, Vivaldi/Bach, D. Scarlatti, Händel/Kempff, Bach/Hess, Händel, Chopin, Debussy y Mozart. Aforo: 2.324  Asistencia: 60% Hay intérpretes que no necesitan presentación alguna, por trayectorias contrastadas y éxitos trascendentes de crítica y público. Otros, que lo merecerían, pero no se sitúan desafortunadamente en esa línea, como los que también están a medio camino, y o bien obtienen un reconocimiento excesivo por méritos añadidos o simplemente se han ganado con merecimiento un lugar en el circuito de la interpretación aunque sin…

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MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

ANNE QUEFFÉLEC, piano

Obras de Bach/Busoni, Marcello/Bach, Vivaldi/Bach, D. Scarlatti, Händel/Kempff, Bach/Hess, Händel, Chopin, Debussy y Mozart.

Aforo: 2.324  Asistencia: 60%

Hay intérpretes que no necesitan presentación alguna, por trayectorias contrastadas y éxitos trascendentes de crítica y público. Otros, que lo merecerían, pero no se sitúan desafortunadamente en esa línea, como los que también están a medio camino, y o bien obtienen un reconocimiento excesivo por méritos añadidos o simplemente se han ganado con merecimiento un lugar en el circuito de la interpretación aunque sin alcanzar esa dimensión que lleva hasta el aval unánime del gran público. Quizá sea aquí donde se sitúa la figura de Anne Queffélec, la excelente pianista francesa, con una trayectoria excepcional jalonada por galardones de prestigio pero que en cualquier caso no se halla en esa lista de nombres aspirantes al Olimpo. Hecho que hacía fácil aventurar que probablemente su visita al ciclo de Scherzo no encontrase la mejor respuesta en las butacas del Auditorio.

A todo lo dicho, se suma esa singularidad que Queffléc posee como artista e intérprete. Algo que en esta ocasión era posible vislumbrar tanto por el criterio del programa como por la curiosa “puesta en escena” del recital, en la que nada más acceder a la sala se podía ver el piano acompañado por una llamativa lámpara de pie con luz blanca a su izquierda situada sobre una pequeña tarima, tocada con una especie de paño negro debajo y una alfombrilla también negra entre la banqueta y los pedales. Una singularidad que por otra parte se agradece como novedad y factor diferencial del no poco apolillado concepto de recital, con esa figura del intérprete ensimismado y casi indiferente a todo cuanto le rodea.

Como correlato de lo comentado, el programa se presentaba bajo el doble epígrafe nada desdeñable de “Chopin ante el espejo” ó “El jardín secreto de Chopin” que hubiera encajado probablemente con mayor acierto en la idea de un apasionante recorrido evolutivo en los aspectos cronológico, estilístico y emocional. Una suerte de elogio a la pieza breve con una sonata más extensa como colofón, en una secuencia de esas encores tan reconocidas del repertorio, incluyendo las propias transcripciones. A priori un valor seguro para la que era su primera presentación en el ciclo de Scherzo, sobre el doble filo del riesgo que ello pudiera conllevar ante una escucha que quizá resultase más juiciosa si cabe por la asistencia.

Audioclásica. La pianista Anne Queffélec saluda a la finalización de su concierto en Madrid

 

Antes de comenzar, la pianista gala ofrecía a los presentes una explicación de lo que se iba a escuchar, lo cual parece acostumbra a hacer en sus recitales. Algo interesante si no fuera porque se vio convertida en una suerte de conferencia en inglés, previa disculpa por no ser en español, ciertamente ininteligible por la amplificación y su monotonía discursiva que se prolongó hasta los diez minutos y durante la cual se pudo advertir un atisbo de desconexión e inquietud a partes iguales desde el público, que en ese momento, paradojas de la vida, no irrumpió con toses ni móviles, esperando para ello a que comenzase la música.

Música que en su primera parte comenzaría el recorrido con piezas de J. S. Bach como protagonista transcrito y transcriptor. Con el Preludio de coral “Num Kromm’t der Heiden Heiland” BWV 659, transcrito por Busoni, en sustitución del anunciado en principio, y desde el que ya se pudo apreciar su preciosismo sonoro y la calidez de un timbre afín a la exquisita sensibilidad en el realce de su línea melódica, aunque eso sí, de una demasiado leve profundidad expresiva. Una escasez de intensidad cuya planicie prevalecería con sus diferentes matices en la monótona sucesión sin pausa ni contraste de todas las versiones subsiguientes, a la sombra de una emotividad que  no lograría brotar en las espinas de una melancolía con la que se hace necesario “sangrar” en cada nota. Así se sucedieron las transcripciones de Bach sobre los conciertos de Marcello y Vivaldi respectivamente, con el Adagio de Concerto para oboe en Re menor BWV 974 del primero y el Largo du Concerto para órgano en Re menor BWV 596 del prete rosso, con un fraseo algo precipitado que trataba de compensar con la presencia de unos ritenuti un tanto exagerados, como igualmente pasaría en la posterior versión de la celebérrima adaptación de Myta Hess sobre el Coral “Jesu, meine Freude” de la Cantata BWV 147. La ausencia de contraste se evidenció más si cabe en esa joya que es la Sonata en Re menor, K 32: Aria, saturada de resonancia por un empleo descompensado del pedal a pesar de la excelente conducción de su cantabile. Con la belleza tímbrica y melódica como salvoconducto, mostró mayor consistencia, equilibrio y unidad en un conmovedor Minueto en Sol menor de la Suite nº1, HWV 434 de Händel en transcripción del mítico pianista Wihelm Kempff, el momento de mayor logro en el primer bloque junto a la aún algo desigual pero más lúcida e intensa Chacona en Sol mayor, HWV 435 también del compositor anglo-germánico, con la que se llegaba al intermedio. Precisamente sería Chopin, eje de su programa, el peor parado en una desabrida interpretación de dos de sus intercalados Nocturnos, el Op.15 nº3 y el Op. 37 nº1, hermanados por la tonalidad de Sol menor. Versiones ambas muy personales y discutibles por una expresión falta de claridad, sometida a una articulación sin fluidez y un tempo arrebatado, con un desmedido sentido del rubato.

La reanudación trajo consigo un nuevo speech de la pianista parisina de otros casi diez minutos, pero la oscuridad iba a dar paso a la luz. Una luz de energía renovada en Queffélec desde el colorismo evocador de la música de Debussy, para el que tenía reservado una inspirada interpretación de sus Images nº1 Reflets dans l’eau y de su archiconocido Clair de lune. Entonces sí su timbre cálido y sutil cristalizó en una delicada y fluida articulación, no exenta de alguna que otra licencia, pero de una inefable belleza, especialmente compenetrada con el acento expresivo del genio francés. De nuevo aparecía Chopin en el horizonte para una deleitable lectura de su Berceuse en Re bemol mayor, op. 57, embriagadora por su aire poético y deliciosa ligereza. No tuvo más fortuna la inclusión de una consistente pero poco equilibrada Fantaisie-impromptu en Do sostenido menor, op. 66, que volvía a las andadas de lo anterior. Sólo un espejismo para afrontar la guinda, mayor que el pastel, de la Sonata nº13 en Si bemol mayor, K 333 de Mozart. Antes su último momento de vida, Chopin pidió que se tocara a Mozart en su nombre, y así lo hizo Queffélec, quien asegura a su vez que Mozart es “el hombre de su vida”. Y lo justificó con una interpretación canónica en su concepto, atenta a los detalles y realmente sensacional, tanto por su brillantez tímbrica, aun sin demasiado relieve dinámico, como por su sentido formal y la conducción del discurso melódico, todo sobre unos bien concretados tempi que encontraron su punto culminante en un sublime Andante Cantabile.

Tras la ovación más bien contenida pero agradecida del público, Queffélec se señalaba el reloj con gesto simpático para indicar que era tarde para más. Pero hubo lugar para una probablemente poco adecuada propina dada la esencia del recital, correspondiendo a la discreta demanda con la Gnossienne nº 2 de Erik Satie, del que es una consumada especialista. Una muestra de su excelencia pianística, que oscila entre lo maravilloso, lo entrañable y lo insólito, como rasgo distintivo de una intérprete de naturaleza verdaderamente Sui géneris…

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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