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5-IV-2019 Sabine Meyer: la diva del clarinete

Valencia Primavera 2019. Abono 31. Palau de la Música. Sala Iturbi SABINE MEYER, clarinete. CARMEN AVIVAR, soprano. MARINA RODRÍGUEZ CUSÍ, mezzosoprano. EMPAR CANET, narradora. CORO NACIONAL DE ESPAÑA. MIGUEL ÁNGEL GARCÍA CAÑAMERO, director. ORQUESTA DE VALENCIA. RAMÓN TEBAR, director. Obras de Carl Maria von Weber y Felix Mendelsshon Bartholdy Aforo: 1.817 Asistencia: 98 % Oberón hecho sonido, el de las maderas de la Orquesta de Valencia, empastadas, coloridas y chispeantes, cobró vida para ser el nexo de unión de este concierto. Con él comenzó, tras la llamada de la trompa, en la obertura de la ópera homónima (1826) compuesta por…

Sabine Meyer en el concierto ofrecido en el Palau de la Música de València. Créditos. Eva Ripoll.

Valencia

Primavera 2019. Abono 31. Palau de la Música. Sala Iturbi

SABINE MEYER, clarinete. CARMEN AVIVAR, soprano. MARINA RODRÍGUEZ CUSÍ, mezzosoprano. EMPAR CANET, narradora. CORO NACIONAL DE ESPAÑA. MIGUEL ÁNGEL GARCÍA CAÑAMERO, director. ORQUESTA DE VALENCIA. RAMÓN TEBAR, director.

Obras de Carl Maria von Weber y Felix Mendelsshon Bartholdy

Aforo: 1.817 Asistencia: 98 %

Oberón hecho sonido, el de las maderas de la Orquesta de Valencia, empastadas, coloridas y chispeantes, cobró vida para ser el nexo de unión de este concierto. Con él comenzó, tras la llamada de la trompa, en la obertura de la ópera homónima (1826) compuesta por Carl Maria von Weber con tanto esfuerzo que le costó la vida. Una página en la que Ramón Tebar, a pesar de conseguir el equilibrio entre lo bucólico y lo brioso, tuvo que frenar a unos bronces que sobresalían demasiado del conjunto. Por el contrario, los chelos destacaron por su gusto en el fraseo y por dejarlo en suspenso con un bonito filado en su aparición previa al “Allegro con fuoco”. Poco después, esto mismo sucedió en el solo de clarinete.

Sin embargo, a pesar de tan magníficos y gráciles personajes, no fueron ellos los protagonistas de esta larga velada. El papel correspondió a Sabine Meyer (Crailsheim, 1959). Hace un par de años, Manuel Muñoz, subdirector de música del auditorio valenciano e intendente de su orquesta, recordaba lo que padeció cuando Herbert von Karajan defendió su ingreso en la Berliner Philharmoniker frente a la oposición de sus compañeros, a principios de la década de 1980 [Dones i música: el cas Sabine Meyer]. Hoy, con la sabiduría que aporta la edad, se presentó como lo que es: una gran dama del bel canto. Una diva. Prácticamente, la única que aparece en las clasificaciones de los mejores clarinetistas del mundo.

Y decimos bel canto, porque tanto el Concierto nº 1 para clarinete de Weber, como sus piezas compuestas para  Heinrich Bärmann entre 1811 y 1816, contienen suficientes elementos dramatúrgicos y un tratamiento vocal que las asimila a cualquier aria operística. Así lo entendieron Tebar, al introducir a la solista con teatralidad, y la alemana: cantó en los pasajes expresivos y brilló en los de bravura. En estos desplegó toda su fantasía. Presentó pianos carnosos con exquisita direccionalidad. Difuminó algunos finales de frase hasta el extremo con total dominio del fiato y se ayudó de la cadencia del tercer movimiento para cambiar la escenografía de un plumazo, es decir, el carácter. En el “Adagio” cumplimentó la percepción romántica del autor con una dicción plenamente mozartiana, dejándolo a caballo entre dos épocas.

Por si faltaba algo, regaló la primera sección del tercer movimiento del Quinteto para clarinete en si bemol mayor, J 182, en una exquisita versión dialogada con toda la cuerda, destacando, además, el carácter que demanda el manuscrito: Menuetto capricio. Presto.

Tras el descanso, el rey de los elfos y de las hadas asomó otra vez en Una noche de verano, música incidental para la comedia shakesperiana, completada por Felix Mendelssohn Bartholdy en 1842. Esta versión semiescenificada sucumbió enseguida a la dificultad de compilar el texto y presentar a numerosos personajes sin acción teatral. Así, poco a poco, a pesar de los esfuerzos iniciales de la actriz-narradora Empar Canet, este mundo de feéricas sonoridades se convirtió en soporífero. Una quietud conseguida plenamente por Tebar al final de la “Obertura”. Gustó el dúo de solistas, Avivar y Rodríguez Cusí, aunque el timbre de la segunda fue más reconfortante. También, el empaste y color de la sección de mujeres del Coro Nacional de España. Pero de nada sirvió abordar la partitura completa, ya que las breves acotaciones y subrayados musicales acrecentaban el desconcierto. El buen hacer de las maderas no fue suficiente para levantar la tensión; tampoco que el trompa solista se jugara el tipo en el pianísimo de una de sus entradas, ni unos tempi ágiles. Incluso los músicos parecieron necesitar algo que los espabilase: la salida del tiesto de la tuba en la “Bergamasca” concitó un discreto jolgorio entre ellos. Tal vez, la complejidad de la propuesta requería que el director hubiese estado al frente de todos los ensayos: la víspera dirigió el estreno de La Bohème en la Staatsoper de Viena.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI

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