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11-IV-2019 Pasión, color, duende…Perianes

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA JAVIER PERIANES, piano Obras de Chopin, Debussy y Falla  Aforo: 2.324  Asistencia: 60% Si se permite tomar prestado el título del poemario de uno de nuestros más insignes poetas, Miguel Hernández, para ilustrar a uno de nuestros más insignes pianistas, Javier Perianes, este sería entonces aquel “Rayo que no cesa”. Lejos ya de aquella condición como artista revelación, hace tiempo que Perianes apunta ya su nombre al lado de los más grandes, cuando no como heredero de una tradición pianística española cuyo peso ha recaído…

© Igor Studio

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

JAVIER PERIANES, piano

Obras de Chopin, Debussy y Falla 

Aforo: 2.324  Asistencia: 60%

Si se permite tomar prestado el título del poemario de uno de nuestros más insignes poetas, Miguel Hernández, para ilustrar a uno de nuestros más insignes pianistas, Javier Perianes, este sería entonces aquel “Rayo que no cesa”. Lejos ya de aquella condición como artista revelación, hace tiempo que Perianes apunta ya su nombre al lado de los más grandes, cuando no como heredero de una tradición pianística española cuyo peso ha recaído en sus manos, y que ha asumido desde una admirable humildad. Recién adentrado en su cuarta década vital, su agenda dentro y fuera de nuestras fronteras es inabarcable, giras internacionales, colaboraciones puntales, grabaciones, y en todos los ámbitos de la interpretación posibles, siempre junto a figuras y formaciones de primer nivel. Un prestigio alcanzado que entre otros meritorios reconocimientos, le valió recibir el premio a Artista del año 2019 por los ICMA (International Classical Music Awards) que se suma como máximo galardón al merecido Premio Nacional de Música concedido en 2012. Un rayo que no cesa y que ha alcanzado una fascinante fase de madurez sin perder un ápice de su frescura y raíz.

De nuevo ha sido posible gozar de su presencia en el ciclo de Scherzo, en una sala que tal vez por la cercanía inminente de las vacaciones de Semana Santa no se vio tan poblada como hubiese sido deseable, aunque como no podría ser de otro modo, recibía con entusiasmo al pianista onubense. Su programa incluía para esta vez a Chopin, Debussy y Manuel de Falla, compositor del que a buen seguro es uno de sus grandes valedores en el panorama actual, con la clara expectativa de que lo sea aún más en el futuro.

Con paso enérgico y calmado a un tiempo, aparecía para sentarse ante la música de Chopin y sus dos Nocturnos op. 48 en Do menor y Fa sostenido menor respectivamente. Instante de espera y silencio invocado para una página, la del primer nocturno, que reclama una solemnidad ritual, frustrada cómo no por la insolente interferencia de un móvil nada más comenzar, al que siguió una interminable secuencia de bochornosos ruidos y toses. Algo que no perturbó la serenidad de Perianes pero que redujo significativamente el rictus que este nocturno requiere per se para ser percibido en toda su dimensión. Una obra que probablemente necesite venir de un impulso anterior, con lo que puede que la profundidad poética de su carácter no posea toda la idoneidad para abrir un programa, menos aún en semejantes condiciones “ambientales”. No obstante, si bien se pudo resentir su fuerza expresiva, la interpretación de Perianes no quedó desprovista de lucidez, desde el satinado equilibrio de sus dinámicas hasta la delicadeza de su fraseo sobre un intuitivo rubato. Una lectura espléndida aunque no del todo brillante también por el sonido de un piano que no parecía tener su mejor tarde. Circunstancia que no era la invitada ideal para forjar la mejor versión de esa montaña a prueba de medias tintas que es la Sonata nº3 op. 58 en Si menor. Su claridad y un implacable sentido unitario del discurso pudieron compensar de nuevo cierta falta de contundencia en el Allegro, remontados por un electrizante Scherzo y un inefable Largo cuya hondura y sublime cantabile lograron llegar al alma del compositor polaco. Perianes ya lograba que la música emergiese por sí sola, límpida, como si proviniera de un leve soplo con el que todo fluye, un don marca de la casa. Todo mientras que toses y demás ruidos continuaban empeñándose en poner viento en contra. Un sensacional Finale, tan desbordante como bien ajustado en su tempo Presto non tanto, revelaba definitivamente la capacidad del andaluz para apuntar a la esencia expresiva de cada movimiento.

Los mejores augurios esperaban tras el descanso. Para ello se aliaban las fragancias exóticas de las Estampas de Claude Debussy. Perianes dibujaría una versión más arquetípica, en una línea sujeta a los cánones interpretativos sobre el compositor francés, que salvando alguna ligera aspereza resultaría exquisita en su abanico dinámico, de magistral equilibrio, junto a un tempo evocadoramente suspendido. Así fue en unas sugerentes Pagodes, la sutilidad tímbrica impregnada en La soirée dans Grenade, o el cristalino fulgor rítmico en Jardins sous la pluie.

Y vendría Falla, convertido ya en seña de identidad para el pianista de Huelva. Perianes se transforma y se sumerge a pulmón abierto para llegar a las profundidades del gaditano. Y no escatimó energía en una deslumbrante lectura de ese mirífico retrato de su tierra madre que conforman las Cuatro piezas españolas. Perianes se abandonó a su instinto, con la fluidez que sólo la naturalidad y la frescura de éste puede dar cuando la música brota directa desde dentro. Sublime. Extraordinario el gracejo melódico con el que abordó la Aragonesa, no menos exuberante en una Cubana de una inercia rítmica deliciosa que supo contrastar con el carácter sobrio y reflexivo de la Montañesa, culminando en una insuperable y apasionada Andaluza, un prodigio de interpretación con Perianes envuelto en un torrente irrefrenable de intensidad que le llevaba incluso a zapatear con fuerza, como si las manos ya no fueran suficiente.

Por si no fue bastante, aún aguardaban las danzas de El sombrero de tres picos para terminar de subyugar a una asistencia aún ruidosa pero embelesada. Tres danzas, de la Molinera (fandango), de los vecinos (seguidillas) y del Molinero (farruca) con las que Perianes invocó sin remedio el conmovedor duende escondido en sus páginas para elevarlo al ensueño definitivo, sin alardes ni artificio, pura raíz.

Para calmar los ánimos pero no despertar de la magia, correspondió como primera propina con Debussy y su hipnótico preludio La cathedrale engloutie. Un respiro para encender de nuevo la llama de Don Manuel con una descomunal versión de su icónica y seductora Danza ritual del fuego, que condujo al delirio. No obstante, Perianes optó para concluir por otra pasión, la de la delicada melancolía de Chopin en su Nocturno Op. Póstumo en Do sostenido menor. Quizá para redimirse del comienzo, o sólo para cerrar el círculo. De lo que no cabe la menor duda, es que la pasión, el color y el duende, conviven por igual en el interior de Javier Perianes.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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