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27-IV-2019 Entre Falstaff y el gran Lebowski

MADRID. Temporada de Ópera. Teatro Real MISHA KIRIA, Falstaff. RAQUEL LOJENDIO, Alice Ford. ÁNGEL ÓDENA, Ford. TERESA IERVOLINO, Mrs. Quickly. JOEL PRIETO, Fenton. ROCÍO PÉREZ, Nannetta. CHRISTOPHE MORTAGNE, Mr. Caius. MIKELDI ATXALANDABASO, Bardolfo. VALERIANO LANCHAS, Pistola. GEMMA COMA-ALABERT, Meg Page. ORQUESTA TITULAR DEL TEATRO REAL. DANIELE RUSTIONI, director. Dirección escénica de LAURENT PELLY. Giuseppe Verdi: Falstaff Aforo: 1.746 Asistencia: 99 % La ópera verdiana más moderna y singular ha tenido una corta trayectoria en el Teatro Real, al que llegó en fecha temprana -1894, solo un año después de su estreno, aunque con escaso éxito- y ha vuelto apenas en 1919 -con el…

Roberto de Candia y Rebecca Evans en una escena del Acto II de Falstaff (crédito fotográfico: Javier del Real)

MADRID. Temporada de Ópera. Teatro Real

MISHA KIRIA, Falstaff. RAQUEL LOJENDIO, Alice Ford. ÁNGEL ÓDENA, Ford. TERESA IERVOLINO, Mrs. Quickly. JOEL PRIETO, Fenton. ROCÍO PÉREZ, Nannetta. CHRISTOPHE MORTAGNE, Mr. Caius. MIKELDI ATXALANDABASO, Bardolfo. VALERIANO LANCHAS, Pistola. GEMMA COMA-ALABERT, Meg Page. ORQUESTA TITULAR DEL TEATRO REAL. DANIELE RUSTIONI, director. Dirección escénica de LAURENT PELLY.

Giuseppe Verdi: Falstaff

Aforo: 1.746 Asistencia: 99 %

La ópera verdiana más moderna y singular ha tenido una corta trayectoria en el Teatro Real, al que llegó en fecha temprana -1894, solo un año después de su estreno, aunque con escaso éxito- y ha vuelto apenas en 1919 -con el legendario Tita Ruffo- y 2002. Magro balance para un título que resume doscientos años de ópera italiana e influyó poderosamente en dos autores esenciales del siglo XX como son Puccini y Strauss, y cuyos ecos resuenan poderosamente en obras como Gianni Schicchi o Der Rosenkavalier. Pese a su modernidad en términos de dramaturgia, las fuentes shakespearianas del libreto traicionan uno de los presupuestos fundamentales de la tradición bufa, que es la contemporaneidad de los personajes, distanciándolo así de la acidez de los subtextos sociales de, por ejemplo, los Fígaros mozartiano y rossiniano, y situándose en un registro nostálgico y otoñal, a solo unos pasos del neoclasicismo. La neutralización de la virilidad del propio protagonista, una versión senil y obesa de los nobles libertinos protagonistas de Las bodas y el Don Giovanni, desactiva cualquier rastro de amenaza y, con ello, el conflicto social rebaja notablemente su intensidad, de modo que la seducción no es ya una forma de abuso ni los celos una forma de humillación, sino que se convierten en el motor de una cadena de enredos que enfrentarán a sus protagonistas con su propia naturaleza -la naturaleza humana-, a la vez ridícula y arrogante. Un mensaje profundo a la vez que huidizo y que exige una planificación teatral y una compenetración entre los actores prácticamente milagrosas.

La producción de Laurent Pelly, director de escena especialista en la comedia francesa y avalado por sus antológicos Offenbach y su celebradísima La fille du régiment, acomete esta difícil tarea restableciendo la contemporaneidad de los personajes al transportarlos a una suerte de años 1950 británicos. Mientras la casa de los Ford, un laberinto de escaleras sin excesivo encanto, resalta la geometría y el juego de los conjuntos vocales, la hiperrealista taberna de Falstaff reduce al protagonista a un nivel de indigencia que termina de contravenir una de las reglas fundamentales de la comedia, consistente en que el humilde gane la batalla al poderoso, y no al revés, pues de este modo no tendría ni mérito ni gracia. Este paso, quizá escasamente calculado, transmuta al protagonista en un gran Lebowski que podría haber dado mucho juego, pero para ello habría sido necesario suprimir el carácter aleccionador de varios personajes y desnaturalizar la inocencia de Fenton y Nannetta. Pese a sus buenos momentos, la producción nos dejó, en definitiva, una sensación de que no estaba claro el sentido del humor de la obra o las piezas no acababan de encajar del todo para hacerlo valer.

Apadrinado por Gianandrea Noseda y Antonio Pappano, el director de orquesta Daniele Rustioni hizo su presentación en el Real de forma solvente, teniendo en cuenta las dificultades que la partitura ofrece simplemente desde el punto de vista de la concertación. El segundo reparto, dominado por voces nacionales, estuvo protagonizado por el joven barítono georgiano Misha Kiria, quien dibujó con su aterciopelada y coloreada voz un Falstaff más bonachón que sinvergüenza. En el resto del reparto brillaron los nombres nacionales: Ángel Ódena hizo un Ford vocalmente inmenso aunque poco dado a las sutilezas, mientras Raquel Lojendio dominó el ingrato rol de Alice con gusto y entusiasmo. Rocío Pérez cantó un bello y dulcísimo «Sul fil d’un soffio etesio», gracias a un legato que no asistió a Joel Prieto como Fenton, pese a las cualidades de la voz. Teresa Iervolino, por su parte, hizo una correctísima Quickly a la que solo le faltaron unos cuantos lustros de carrera para alcanzar la plenitud, mientras la extraordianaria voz de Valeriano Lanchas nos hizo lamentar que Verdi no le hubiera escrito lagunas líneas más a su Pistola.

RAFAEL FERNÁNDEZ DE LARRINOA

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