Audioclasica

07-V-2019 De la belleza, la libertad y la controversia

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA JOSEP COLOM, piano Obras de Bach, Mozart, Beethoven y Chopin. Aforo: 2.324  Asistencia: 60% Resulta muy complicado definir las fronteras de lo admisible en la interpretación. Se puede partir de diversas premisas que van desde la fidelidad al estilo hasta la libertad de quien, atendiendo a su definición, interpreta, traduce y en todo caso aporta una visión que dentro de la constante diferencia entre iguales, puede circular desde la nada de lo excesivamente convencional hacia la controversia de lo demasiado arbitrario o incluso caprichoso. Cabría…

© Paz Fernández

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

JOSEP COLOM, piano

Obras de Bach, Mozart, Beethoven y Chopin.

Aforo: 2.324  Asistencia: 60%

Resulta muy complicado definir las fronteras de lo admisible en la interpretación. Se puede partir de diversas premisas que van desde la fidelidad al estilo hasta la libertad de quien, atendiendo a su definición, interpreta, traduce y en todo caso aporta una visión que dentro de la constante diferencia entre iguales, puede circular desde la nada de lo excesivamente convencional hacia la controversia de lo demasiado arbitrario o incluso caprichoso. Cabría aplicar aquí ese proverbio italiano: “traduttore traditore”, he ahí la cuestión, transformar lo escrito, abordar el sentido, averiguar la intención, y acaso sopesar entonces cuando la belleza puede justificar la libertad sin que ésta quede maniatada por sí misma, perdiendo su esencia.

Esa es la tesitura en la que se sitúa Josep Colom, nombre fundamental del piano en España cuya luz ha alumbrado el camino de generaciones posteriores de pianistas nacionales. Su participación en el ciclo de Scherzo ponía el punto y seguido respecto de su pausa estival, después de que el mes pasado lo hiciera uno de sus más insignes pupilos, Javier Perianes, en ese periplo de pianistas españoles dentro esta temporada que continuará y cerrará ya en septiembre Juan Pérez Floristán. Un magnífico trío generacional. El pianista barcelonés, ya desde su magisterio y el privilegio que le otorga la experiencia, continúa con su característica y particular búsqueda de lugares comunes entre compositores, enlazados desde una concepción caleidoscópica y una impronta tan personal como libre, pero sin perder de vista la analogía y naturaleza de sus respectivos estilos. Antes de comenzar, aparte de las magníficas notas al programa de que dispuso la cita, Colom, con su carácter cercano y aspecto huido de etiquetas, tomó el micrófono para dirigirse a la asistencia y explicar lo que se iba a escuchar, con la invitación final a disfrutar de ello. Un disfrute que después se vio sometido a cierto estado de confusión entre el qué y el cómo que propuso a continuación.

La música de Johann Sebastian Bach sería la primera en desembocar de sus manos, con una enfática lectura del Preludio y Fuga en Re mayor BWV 874, número 5 del segundo libro de El clave bien temperado. Es incontestable su conocimiento sobre el lenguaje del Cantor de Leipzig, refrendada por el color y contraste de las voces, dentro de un abanico sonoro que parecía emular registros organísticos sin descuidar su calado expresivo, que llevó a su máxima profundidad en la embriagadora fuga a cinco voces. Dudoso fue un tempo algo acelerado y el desconcertante enlace súbito que dio paso a la Sonata de Mozart K. 576, hermana de tonalidad pero no de más. La última de las compuestas por el inexplicable fenómeno salzburgués y que Colom pasó por su filtro en la resolución de algunos pasajes, con una libertad que pudo dejar en ciertos momentos la falsa sensación de una pérdida de su idea de desarrollo o hasta de posibles conatos de duda por parte del mismo intérprete. Una exploración que por otra parte concedían relieve y sentido propio a determinados giros melódicos, adornos o secuencias armónicas que en apariencia sirven como transición y que quizá pasan desapercibidos dentro de una escucha convencional, un aspecto interesante si se reconsideran los postulados de la forma en virtud de la belleza de cada elemento más allá de su función estructural, como un principio para otras vías de interpretación, con el riesgo eso sí de deformar en exceso el original. Si la interpretación puede ser más o menos libre, amén de tradiciones, academicismo, corrientes o criterios musicológicos, y siempre en permanente evolución de concepto, la composición se sujeta al principio de autoría, con aquellos parámetros musicales e interpretativos que posteriormente le han dado forma a lo largo del tiempo. Licencias y heterodoxia interpretativas refrescantes y necesarias aunque cuestionables si se atiende al principio de la composición en sí y a su justificación o trascendencia, un sentido de aportación que sin poner puertas al campo, para ser completo debe sostenerse por sí mismo como expresión. Conviene recordar en todo caso que tales prácticas, obviamente bajo otros preceptos musicales y estilísticos eran ya habituales en las épocas de las que proceden tales creaciones. No obstante, nada de ello desmereció una interpretación brillante desde su impoluto cuidado tímbrico y fluidez expresiva, atenta a detalles que destilaron instantes de verdadera exquisitez, como los que se pudieron apreciar en su adagio.

Ya sí habría un primer respiro antes de proseguir con una prácticamente inadvertida Bagatella op.126 nº3 que casi utilizó sólo como fugaz preludio para penetrar en los dominios beethovenianos, con ese monumento visionario y profético que es la penúltima de su colección de sonatas, la Op.110 nº31 en La bemol mayor. Colom concedió un paréntesis a su propia visión, con una sensacional versión fiel al contenido de una partitura que probablemente en ese aspecto le hubiese dejado más espacio a su praxis personal. Cada compás contó para una interpretación especialmente atenta a sus densos cantabile, encauzada sobre un espléndido desarrollo de su discurso conjunto al que logró dotar de una belleza inconmensurable. Menos ágil en la articulación y contraste dinámico de su Allegro molto, alcanzaría sin reservas el clímax en la hondura poética de ese conmovedor Arioso dolente del Adagio ma non troppo que Colom supo recitar vertebrada por una delicada tersura sonora, todo lo cual tuvo su correlato en el quasi homónimo Allegro posterior, cuya soberbia Fuga expuesta con solemne claridad daría paso a la apoteosis de unos soberbios L’istesso tempo finales de intensidad creciente, a la estela de ese poi a poi di nuovo vivente, indicador parcial del tempo que rubrica la partitura del coloso de Bonn. Y todo sin apenas una tos desde la audiencia, lo cual terminaba de rayar en el ensueño.

Ya saltaba a la vista en el programa de mano que la segunda parte se situaría en las antípodas de la indiferencia, con el binomio concebido por Colom entre Bach y Chopin, presente en su álbum de 2017 Confluences. Una suerte de espiral entre preludios sin fuga del primero perteneciente a su Clave bien temperado y estudios en el caso del segundo, enlazados por una serie de curiosos fragmentos casi a modo de pequeños tropos creados por el propio Colom, cuya presencia, lejos de la frivolidad, es tan grata y válida como cuestionable su sustancialidad artística prestando atención a su cometido dentro del continente, sin contar ya con su pertinencia o no en un recital enmarcado en un ciclo de estas características, jerarquías y prejuicios aparte. Una secuencia cuyo corpus comenzaba por el primer Preludio en Do mayor, esa “música de no podérselo creer” como la definiera en una ocasión el gran José Luis García del Busto. Aquí resultó algo más terrenal y apresurada por dar el testigo al portentoso Estudio op. 10 nº1 que más allá de algún desajuste poseía el rasgo primigenio de la música chopiniana por su pureza expresiva. Similar solución tuvo el resto de la serie, aun así con Bach algo mejor parado en el balance final que su partenaire, y que recogía los preludios BWV 860, 855, 850, 866, 853 y 847 en una lectura que bajo su óptica no quedó desprovista de momentos de sublime profundidad además de su excelente conocimiento del lenguaje y clara desenvoltura en la conducción de su entramado contrapuntístico. Preludios intercalados con los estudios de la op. 10, nº5, 6, 8, 11 y el último op. 25 nº 12 en la línea del que inauguraba la colección expuesta, más afines en el plano estilístico y provistos de una electrizante energía rítmica y contrastes dinámicos, aun sin poseer toda la agilidad que pudieran exigir los insuperables y trascendentales ejercicios del compositor polaco. En medio del maremágnum afloraría un nocturno, el inefable Op. 48 nº1 que ya ofrecería con diferencias apreciables Perianes en la anterior cita del ciclo, con una versión magistral en el tempo y fraseo a su inicio, que fue perdiendo intensidad desde el coral poco piú lento hasta un siempre complejo Doppio movimento final. La selección concluía como no podía ser de otro modo con la pieza Confluencia de Colom, excelsa fusión de ambos compositores y estilos a través del anterior Preludio en Do mayor de Bach coloreado por el imaginario armónico y expresivo de Chopin, una auténtica delicatesen con valor propio. Dos propinas también del Kapellmeister correspondían al reconocimiento de la asistencia para Josep Colom, que más allá del sesgo detractor o la defensa a ultranza, perceptibles en algunos de los comentarios a la salida, aportan una necesaria e interesante reflexión sobre la belleza, la libertad y sus controversias en la expresión musical y su diversidad interpretativa.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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