Audioclasica

25-V-2019 El beso de Tosca

PARÍS TEMPORADA OPERA. OPÉRA DE PARIS (Bastille) HARTEROS, PUENTE, LUCIC, CAVALLIER. CORO Y ORQUESTA DEL TEATRO. Director: ETTINGER. Puesta en escena: AUDI G.Puccini: Tosca Aforo: 2700. Asistencia: 100% Tosca volvía en el aún nuevo espectáculo dirigido por Pierre Audi que, como dije en su momento, no molestaría si no fuera por los terribles decorados de Christof Hetzer – una pesadilla el último acto con su tienda de campaña o de boyscouts en vez de cárcel y el castillo del Sant’Angelo, pero tampoco era para tomar a la ligera el primero- pese al vestuario más que bueno de Robby Duiveman. El…

© Ópera de París/ Svetlana Loboff

PARÍS

TEMPORADA OPERA. OPÉRA DE PARIS (Bastille)

HARTEROS, PUENTE, LUCIC, CAVALLIER. CORO Y ORQUESTA DEL TEATRO. Director: ETTINGER. Puesta en escena: AUDI

G.Puccini: Tosca

Aforo: 2700. Asistencia: 100%

Tosca volvía en el aún nuevo espectáculo dirigido por Pierre Audi que, como dije en su momento, no molestaría si no fuera por los terribles decorados de Christof Hetzer – una pesadilla el último acto con su tienda de campaña o de boyscouts en vez de cárcel y el castillo del Sant’Angelo, pero tampoco era para tomar a la ligera el primero- pese al vestuario más que bueno de Robby Duiveman. El coro, en sus intevenciones puntuales (y preparado como siempre por José Luis Basso), muy bien. La orquesta se adecuaba a las indicaciones de Dan Ettinger, de tiempos un tanto ‘sui generis’ (con predominio de la lentitud al principio y las prisas al final, con, por ejemplo, un ruido ensordecedor durante el fusilamiento y posterior, que impidió oír las frases fundamentales de la protagonista, aunque no por fortuna la que cierra la ópera).

© Ópera de París/ Svetlana Loboff

Muy esperado en el papel del pintor, Jonas Kaufmann se ausentó en las funciones de mayo (al parecer volvería para una o dos de junio, pero habrá que ver aunque esta vez su ya más que habitual cancelación parece tener motivos fundamentados). Habrá o ha habido otros sustitos, así como otro Scarpia y –dicen- otras dos protagonistas (pero una está embarazada y ya ha tenido que cancelar funciones del mismo papel en Berlín).

En esta oportunidad el reemplazo era Marcelo Puente, buena figura, canto convencional, voz oscura -demasiado- sin capacidad de lograr una media voz decente y mucho menos el canto a flor de labio, engolada y por tanto con un registro agudo muchas veces al límite y más bien tenso y de menor volumen que en los otros sectores.

Scarpia había sido en el momento del estreno de esta producción Ludovic Tézier en su debut en el rol. No es el caso de Zeljko Lucic, voz importante pero monótona y que si muchas veces no logra convencer en Verdi sólo hace falta pensar en las frases (tantas) de este personaje pucciniano. Además, el timbre sonaba opaco.

Entre los comprimarios decepcionaban Rodolphe Briand (un pálido Spoletta), y  Christian Rodrigue Moungoungou (voz de bajo importante, pero con una técnica de emisión discutible y un italiano salido de un curso de diez clases para turistas).  Peor aún resultó el insuficiente Angelotti de Krzystof Baczyk, y sólo discreto Igor Gnidil (Sciarrone).  Muy bien el niño que encarnó al pastorcillo (su nombre no figuraba en el programa), y como de costumbre muy competente –algo claro en un par de momentos-  Nicolas Cavallier, un buen Sacristán.

© Ópera de París/ Svetlana Loboff

Lo precedente equivale a decir que la representación sólo valía la pena por la protagonista encarnada por la gran Anja Harteros, en estado vocal deslumbrante (la ovación interminable después de ‘Vissi d’arte’ era más que merecida, debida), pero también como intérprete aunque tratándose de una cantante refinada nos presentaba una diva más joven (primer y último actos) e intimista y que, por ejemplo, en algunas frases cruciales (‘Giuro!’ del primer acto o algunos de los momentos del altercado con Scarpia) estaban algo faltos de intensidad, pero siempre interesante (en cambio, momentos memorables como ‘lo dici male’, o su modo de recitar cantado el final del segundo acto). El terrible do de la ‘lama’ en el tercero era perfecto, con la entonación justa, y lo mismo puede decirse de otros momentos comprometidos del segundo acto y la famosa frase final.

Jorge Binaghi

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