Audioclasica

29-V-2019 Libertad creativa y felicidad del oyente

València Primavera 2019. Abono 40. Palau de la Música. Sala Iturbi ALINA IBRAGIMOVA, violín. THE ORCHESTRA OF THE AGE OF ENLIGHTENMENT. THIERRY FISCHER, director. Obras de Sir Edward Elgar, Richard Strauss y Jean Sibelius Aforo: 1.817 Asistencia: 85 % Se esperaba a Vladimir Jurowski, pero una enfermedad le impidió dirigir la Orquesta del Siglo de Las Luces, por la que también había interés, aunque la entrada no lo reflejase del todo. Así, junto a la cancelación del ruso se anunció el debut en el auditorio del suizo Thierry Fischer. En líneas generales, el concierto fluctuó entre la claridad con la…

La Orchestra of the Age of Enlightenment, la violinista Alina Ibragimova y el director Thierry Fischer en el Palau de la Música de València. Créditos: PalauEvaRipoll. 

València

Primavera 2019. Abono 40. Palau de la Música. Sala Iturbi

ALINA IBRAGIMOVA, violín. THE ORCHESTRA OF THE AGE OF ENLIGHTENMENT. THIERRY FISCHER, director.

Obras de Sir Edward Elgar, Richard Strauss y Jean Sibelius

Aforo: 1.817 Asistencia: 85 %

Se esperaba a Vladimir Jurowski, pero una enfermedad le impidió dirigir la Orquesta del Siglo de Las Luces, por la que también había interés, aunque la entrada no lo reflejase del todo. Así, junto a la cancelación del ruso se anunció el debut en el auditorio del suizo Thierry Fischer. En líneas generales, el concierto fluctuó entre la claridad con la que se escucharon las partes internas del conjunto y la sabrosa tímbrica que emergió en muchos pasajes, sobre todo, de la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 (1902), de Jean Sibelius.

En la Serenata para cuerdas en mi menor, op. 20 (1882), de Sir Edward Elgar, enseguida se vio la intención del director de aligerar el fraseo y evitar el almíbar que, a veces, se vierte en este tipo de páginas del autor. Desde el primer compás del “Allegro piacevole” sobresalieron las violas al enunciar el motivo rítmico que recorre también el “Allegretto” final; y en éste, destacó el empaste de la parte grave. Es una obra sencilla que da cuenta del músico amante de los paseos en bici, del golf y de los canes. Él mismo la dirigió por primera vez, en privado y frente a una orquesta amateur femenina: la Worcester Ladies’ Orchestral Class. Un aspecto destacable también en la cuerda de la Orchestra of the Age of Enlightenment (OAE), cuyos primeros atriles estaban ocupados por mujeres.

El Concierto para violín y orquesta en re menor (1882), de Richard Strauss, es un opus temprano, el número 8, por lo que su escritura denota demasiada dependencia de la tradición, reiteraciones y algunas soluciones forzadas. La relevancia de las trompas es un homenaje del compositor a su padre, músico de la Ópera de la Corte de Múnich. La solista fue Alina Ibragimova, quien también se presentaba por primera vez. El empaque de la exposición orquestal dio paso a amplias melodías bien fraseadas. El sonido de la ruso-británica es pequeño pero timbrado y buena cuenta de ello dio en el llamativo oscurecimiento del inicio del segundo movimiento, expresado como un lamento. Ella y la trompa solista chocaron algunas veces en la afinación del dúo de la breve sección central de esta parte. Ibragimova inició el “Rondó” con jovialidad y puso mucha atención en superar sus dificultades técnicas y atraer a los oyentes. Un objetivo que logró a tenor de la larga ovación que le propiciaron. Sin embargo, no obtuvieron a cambio el bis que esperaban.

Hablábamos de la riqueza tímbrica de la Segunda Sinfonía de Sibelius y algunos ejemplos de ello se encontraron en las trompas, en el colorido de los oboes en el primer movimiento, en los tonos mates de la letanía enunciada por los fagotes en el segundo o en los equilibrados corales de los metales graves al final. Otro aspecto llamativo fue el interesante fraseo que Fischer imprimió en los pizzicati de los contrabajos y violonchelos al inicio del “Andante”. El “Vivacissimo” resultó torrencial a la par que diáfano. Fue el punto de partida de unas tensiones que manejó a su antojo para desarmar emocionalmente al espectador en cada envite. La primera vez que nos puso al borde del abismo fue en las progresiones que preceden al primer Lento de este mismo movimiento. Y total, para nada. Para comprobar que antes del bucólico solo de oboe no había nada. Tan sólo cinco golpes de timbal que nos dejaron con el alma en vilo. Lástima que al retorno del tempo inicial le faltase un punto más de electricidad. No obstante, Fischer insistió y en el trenzado de la transición entre los dos últimos movimientos dejó meridianamente claro adonde quería llegar: de un manotazo con la izquierda llevó a la orquesta al primer punto álgido y, sin dejarse ni una sola entrada después, lo expandió todo.

Sin duda, fue una “celebración musical de la libertad y la independencia” creativa. Un sello de la OAE y un lema, que pasó desapercibido en el auditorio, acorde con el motto que rige su temporada: “Vida, libertad y búsqueda de la felicidad”. Éste está tomado de la Declaración de Independencia de los EE.UU. y es contrapuesto a la sentencia de Carl Jung, que también citan, que dice: “Cuanto más busques la felicidad deliberadamente, más seguro estarás de no encontrarla.”. Es una postura marcada por el brexit y por el auge de los nacionalismos. Entre ellos, los que en su día acogieron a estos compositores y que han llegado a nosotros sobre ciertos tópicos: Elgar al servicio de Su Majestad, Strauss en su relación con el nazismo y Sibelius como independentista finés. Una oportunidad, en definitiva, de reflexionar sobre nuestro tiempo a través de la música, que en las notas al programa se limitó a mencionar al Padre Sopeña y su particular categorización de la buena y la mala música, que condicionó la recepción en este país de muchos compositores, sobre todo, si llegaban desde la Pérfida Albión. Al fin y al cabo, otra forma de nacionalismo.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI

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