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30-V-2019 La belleza de una “Aida” minimalista

VENECIA Temporada de ópera 2018/2019. Teatro la Fenice ROBERTA MANTEGNA, FRANCESCO MELI, IRENE ROBERTS, ROBERTO FRONTALI, RICCARDO ZANELLATO, MATTIA DENTI, ROSANNA LO GRECO. Orquesta y Coro del teatro La Fenice. MAURO BOLOGNINI/BEPI MORASSI, Dirección Escénica. RICCARDO FRIZZA, direción musical. Verdi: Aida Aforo: 1000 Asistencia: 99% Aida, sin duda entre las óperas más conocidas del repertorio, es dentro de la producción de Verdi la que presenta la partitura mas exquisita: al mismo tiempo simple y compleja, refinada y llena de ímpetu dramático, elegante y fuerte, basada en una escritura dominada ante todo por sonoridades nuevas, aterciopeladas y a menudo casi impresionistas.…

©Michele Crosera. Un momento del “concertato” del final del segundo acto de Aida

VENECIA

Temporada de ópera 2018/2019. Teatro la Fenice

ROBERTA MANTEGNA, FRANCESCO MELI, IRENE ROBERTS, ROBERTO FRONTALI, RICCARDO ZANELLATO, MATTIA DENTI, ROSANNA LO GRECO. Orquesta y Coro del teatro La Fenice. MAURO BOLOGNINI/BEPI MORASSI, Dirección Escénica. RICCARDO FRIZZA, direción musical.

Verdi: Aida

Aforo: 1000 Asistencia: 99%

Aida, sin duda entre las óperas más conocidas del repertorio, es dentro de la producción de Verdi la que presenta la partitura mas exquisita: al mismo tiempo simple y compleja, refinada y llena de ímpetu dramático, elegante y fuerte, basada en una escritura dominada ante todo por sonoridades nuevas, aterciopeladas y a menudo casi impresionistas. Para entender esto hay que dejar de lado la escena del Triunfo del segundo acto (que dura tan solo 20 minutos) y centrarse en el resto de la obra. Solo de esta forma el espectador puede darse cuenta de lo que es esencial y fundamental en su dramaturgia. O sea, las relaciones íntimas entre los personajes, el drama racial, el entramado político e la ambientación preciosamente exótica. No tanto el implante escenográfico y monumental del antiguo Egipto. Su éxito se obtiene con una escena limpia, esencial, donde la luminosidad del desierto, visible al principio del drama, se transforma lentamente en la magia de un Nilo bajo la luna y el drama de la oscuridad de una tumba donde acaba el amor entre Aida y Radames. La histórica puesta en escena escogida esta temporada por La Fenice y firmada por Mauro Bolognini con las esenciales escenas en madera del escultor Mario Ceroli (espectáculo presentado por primera vez en el coliseo veneciano en 1978 bajo la batuta de un joven Giuseppe Sinopoli), continúa siendo ideal en relación con los aspectos subrayados anteriormente. Sigue impactando el minimalismo de la escena y la belleza de los trajes, inventados por Aldo Buti, así como la perfecta iluminación, en esta ocasión a cargo Fabio Barettin y las coreografías nunca exageradas de Giovanni di Chicco. Lo que convenció menos fue la adaptación de Beppi Morassi. Innecesario resultó ante todo el hacer el Preludio con el telón abierto, donde dos figuras con sus movimientos detraían continuamente de la música. ¿Cuándo entenderán ciertos directores de escena que la introducción musical previa al inicio de una ópera no esa nunca música descriptiva (como si fuera música de cine de bajo nivel) sino más bien evocativa? Tampoco ideal fue el trabajo con los intérpretes. La actuación resultó de hecho a menudo vacua, casi insoportable en ciertos momentos, y sobre todo poco atenta a las indicaciones presentes en la dramaturgia musical verdiana. Una verdadera lástima ya que habría sido la ocasión de presenciar a una Aida totalmente eficaz, diferente y justamente despojada de la innecesaria y habitual parafernalia monumental.

©Michele Crosera. Irene Roberts como Amneris de espaldas en el segundo acto de Aida

El apartado musical estuvo absolutamente a la altura de las intenciones verdianas y de la idea originaria de la puesta en escena. Riccardo Frizza que es un director que sin duda conoce muy bien la obra de Verdi consiguió encontrar en todo momento el justo equilibrio entre las secciones más íntimas y las que requerían, contrariamente, una carga dramática más intensa. Las primeras no siempre sobresalieron de forma exquisita, ya que el trabajo de encaje alrededor de la dinámica y del timbre de la orquesta resultó impactante solo a momentos, mientras que las segundas sobresalieron a la perfección gracias a una innata capacidad de Frizza en entender el tiempo teatral adecuado y la peculiar dramaturgia verdiana. En estado de gracia estuvieron la orquesta y sobre todo el coro, dirigido magistralmente por Claudio Marino Moretti.

©Michele Crosera. Irene Roberts y Francesco Meli en el final del tercer acto de Aida

La correlación entre foso y los cantantes resultó asimismo perfecta. En el reparto destacó sobre todo el Radames de Francesco Meli. El cantante genovés supo brindar al personaje esa necesaria mistura entre dulzura y gesto heroico que a menudo se pierde cuando el intérprete no es un tenor lírico. Perfectas fueron la línea vocal, el ligado, así como las medias voces. Lástima que aún pudiendo (como hizo en 2017 en la Aida dirigida por Muti en Salzburgo) no realizara el final en “pianissimo” en su excelente “Celeste Aida”. De más a menos fue la Aida de la debutante Roberta Mantegna. La voz fue sin duda ideal para el papel, también por la ductilidad en utilizar la dinámica, sin embargo, el esfuerzo exigido en los primeros tres actos lo pagó en el ultimo, donde la sección aguda se vio comprometida por un timbre siempre más desgastado. Excelentes fueron la Amneris de Irene Roberts (intensa en su interpretación y con una excelente presencia escénica, aunque en lucha constantemente con un registro grave todavía poco desarrollado) y el Amonasro de un impecable Roberto Frontali. Muy bien el Rey de Mattia Denti, insuperable, por belleza de voz y fraseo, el Ramfis de Riccardo Zanellato como muy lograda la Gran Sacerdotisa de Rosanna Lo Greco, mientras que impresentable resultó el Mensajero de Antonello Ceron. Éxito contundente para todos los artistas al final de la velada en un teatro completamente agotado.

Gian Giacomo Stiffoni

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