Audioclasica

14-VI-2019 Gloria y grandeza de Amores

València Primavera 2019. Concierto extraordinario XXX Aniversario Amores. Palau de la Música. Sala Iturbi AMORES GRUP DE PERCUSSIÓ. ORQUESTA DE VALENCIA. ÁLVARO ALBIACH, director. Obras de Rusell Peck, George Enescu y Serguéi Prokófiev Aforo: 1.817 Asistencia: 90 % Lejos del erotismo y la pequeñez de la obra para piano preparado y trío de percusión de John Cage, Amores (1943), que dio nombre al trío valenciano, éste se presentó en la celebración de su trigésimo aniversario crecidito en experiencia, orondo en medios instrumentales y, como siempre, con ganas de que el público se lo pasase bien. No falló. Para la ocasión…

Amores Grup de Percussió: Pau Ballester, Ángel García y Jesús Salvador “Chapi”. Créditos: Amores Grup de Percussió

València

Primavera 2019. Concierto extraordinario XXX Aniversario Amores. Palau de la Música. Sala Iturbi

AMORES GRUP DE PERCUSSIÓ. ORQUESTA DE VALENCIA. ÁLVARO ALBIACH, director.

Obras de Rusell Peck, George Enescu y Serguéi Prokófiev

Aforo: 1.817 Asistencia: 90 %

Lejos del erotismo y la pequeñez de la obra para piano preparado y trío de percusión de John Cage, Amores (1943), que dio nombre al trío valenciano, éste se presentó en la celebración de su trigésimo aniversario crecidito en experiencia, orondo en medios instrumentales y, como siempre, con ganas de que el público se lo pasase bien. No falló. Para la ocasión eligió The Glory and the Grandeur, de Rusell Peck (1945-2009), un concierto para percusión y orquesta inédito en España, que ha hecho fortuna en EE.UU., tanto en dicha versión, como en su traslación para banda. Peck es un prolijo autor de música para percusión y piezas pedagógicas; por ejemplo, The Thrill of the Orchestra es una guía similar a la de Benjamin Britten, que se puede escuchar narrada por él mismo.

The Glory and the Grandeur es de estilo motown, un derivado del soul con la forma antifonal del góspel y melodías basadas en armonías brillantes y ritmos enérgicos y repetitivos. Está estructurada en cuatro secciones que, sin solución de continuidad, alternan diferentes timbres: tambores, metales, láminas y fugaces contrastes entre todos ellos, con una llamativa presencia de instrumentos étnicos y un guiño a las lijas y otros artefactos empleados por Leroy Anderson en sus composiciones. La primera parte es una paráfrasis de una pieza anterior, Lift-Off!; una cadencia en la que Pau Ballester, Ángel García y Jesús Salvador “Chapi” entablaron un diálogo que culminó en un acelerando, antes de dar paso a la llegada del director al podio, acrecentando así la vocación teatral de la obra.

Los movimientos del grupo entre el vasto instrumental fueron precisos, y con ellos, los de un sonido que viene y va constantemente. No cuajó la fusión con la orquesta, por lo que se percibieron dos bloques sonoros diferenciados. Además, los metales, aun con la pegada adecuada, no equilibraron bien su balance. También hubo contradicciones en la articulación: el natural ataque percutido de las láminas chocó con la blandura de la cuerda. A los pasajes expresivos de los solistas les faltó un puntito de delicadeza y le sobró volumen. La dirección de Álvaro Albiach fue tan flexible que la característica marcha que inicia la última sección no se llegó a percibir como tal. Finalmente, Amores regaló sabiduría en forma de pulida recreación de Libertango, de Astor Piazzolla. En ella “Chapi” puso de manifiesto, una vez más, sus dotes como vibrafonista.

Sin concluir la primera parte, tras el necesario cambio de atrezo, aparecimos en otro concierto. Albiach moldeó y cantó con gusto la Rapsodia rumana nº 2, de George Enescu, y estiró las dinámicas hacia el piano. Consiguió una sonoridad refinada. Este género se caracteriza por ser una especie de patchwork musical, por lo que resaltó la viveza de la canción popular que aparece al final sobre el carácter melifluo general. Por último, después de la cita de la Rapsodia rumana nº 1, la flauta concluyó la obra con un pianísimo delicado.

En la segunda parte sonó la Sinfonía nº 7 de Sergei Prokófiev. De ella dijo Shostakóvich que era un canto a la vida, a pesar de que su creador pasaba por una situación precaria y de derrota moral. La Sinfonía nº 6 lo había enemistado con el régimen soviético y pensó que con una obra directa y sencilla se congraciarían, además de que ganaría el Premio Iósif Stalin, cuya cuantía era suculenta. La lectura de Albiach resultó diáfana en lo temático y redonda en lo sonoro. Hizo que la orquesta cantase a placer, compacta y precisa. Propició detalles tímbricos sugerentes como algunos colchones armónicos o pasajes en los que el compositor funde arpa, piano o xilófono con las maderas. La cuerda sonó grande cuando tuvo que serlo y los solistas acertaron al entrelazar sus motivos para dar continuidad a la partitura. El vals mostró la proporción adecuada de ligereza e ironía y el inicio del “Andante expresivo” arrancó con la nostalgia con la que Gardel entona sus tangos y canciones. El último movimiento fue grácil y, paradójicamente, vívido hasta que los teclados (piano, xilófono y lira) iniciaron la cuenta atrás. Serguéi Prokófiev murió en Moscú a los cinco meses del estreno; el mismo día que Stalin, por lo que no quedaron flores para su capilla ardiente.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI

essay writing servicepay for essaybuy custom essays