Audioclasica

20-VI-2019 Pura fiesta para los sentidos

PICANYA (València) II Festival dels Horts. Música de cambra amb sabor a terra. Villa Rosita. Hort de Montesinos. ROSARIO LA TREMENDITA, cantaora. ERZHAN KULIBAEV, violín. ISABEL VILLANUEVA, viola. IRIS AZQUINEZER, violonchelo. FRANCISCO MESTRE, contrabajo. ANTONIO GALERA, piano y director artístico. Obras de Joaquín Turina, Federico García Lorca y Javier Martínez Campos El Festival dels Horts es un festival sinestésico: a los vivos colores de las jacarandas, buganvillas, rosas y lirios que pueblan el jardín de l’Hort de Montesinos, al perfume de plantas aromáticas y de naranjos se suma el canto de algunas aves que acompañan el tañer de los instrumentos,…

Villa Rosita es el escenario del Festival dels Horts. Antonio Galera, piano. Créditos: Contra vent i fusta.

PICANYA (València)

II Festival dels Horts. Música de cambra amb sabor a terra. Villa Rosita. Hort de Montesinos.

ROSARIO LA TREMENDITA, cantaora. ERZHAN KULIBAEV, violín. ISABEL VILLANUEVA, viola. IRIS AZQUINEZER, violonchelo. FRANCISCO MESTRE, contrabajo. ANTONIO GALERA, piano y director artístico.

Obras de Joaquín Turina, Federico García Lorca y Javier Martínez Campos

El Festival dels Horts es un festival sinestésico: a los vivos colores de las jacarandas, buganvillas, rosas y lirios que pueblan el jardín de l’Hort de Montesinos, al perfume de plantas aromáticas y de naranjos se suma el canto de algunas aves que acompañan el tañer de los instrumentos, el sabor de la cerveza artesanal que se sirve para acompañar unas tapas y el ligero roce de la brisa. El mar no queda lejos y es plena canícula. En este entorno, Antonio Galera, director musical, y su equipo han consolidado un ciclo de tres conciertos que comenzó el año pasado con inusitado nivel artístico.

En esta edición, además, han incrementado el goce sensitivo y el intelectual. El primero, con la instalación Rumors d’aigua, so i traç [Rumores de agua, sonido y trazo], de Fuencisla Francés (Segovia, 1954), una artista no se sabe bien si más visual que sonora, o viceversa, creadora de esculturas que estallan en mil pedazos en una mímesis perfecta con Bereshit [El comienzo], una pieza a solo de la chelista Iris Azquinezer, que ella misma interpretó en uno de los tres miniconciertos que precedieron a la actuación principal de la tarde. Después, Isabel Villanueva continuó, en otro rincón de la finca, con la presentación de Pirin, una atractiva suite para viola sola de la compositora búlgaro-británica Dobrinka Tabakova (1980), y Erzhan Kulibaev, en un patio, con primorosos arreglos para violín de Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega (1852-1909), y de “Canción que mi madre me enseñó” de las Melodías gitanas, B104, op. 55, de Antonín Dvořák (1841-1904).

Iris Azquinezer interpreta Bereshit ante la instalación de Fuencisla Francés. Créditos: Contra vent i fusta.

 

El segundo estímulo, el intelectual, vino de la pluma de la pianista y comisaria musical Marta Espinós (Xàbia, 1979), quien en las notas al programa hizo gala de la misma capacidad de comunicación que muestra en sus recitales, al explicar que las tres veladas fluctuaron, nunca mejor dicho, alrededor de composiciones inspiradas en paisajes fluviales que aglutinan, en definitiva, aquel “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar…”. Así, en las sesiones anteriores a la que comentamos se escuchó música de Robert Schumann, por el Rin, y piezas de Bedřich Smetana, por el Moldava.

En este concierto los cauces representados fueron el Guadalquivir, o río grande, y el Túria, que en su parte alta se denomina Guadalaviar, o río blanco. El oleaje del primero se aprecia en los seisillos que asoman de vez en cuando en el Cuarteto con piano, op. 67, de Joaquín Turina (1882-1949), una pieza andalucista de 1946 de colorido francés. En ella el trío de cuerda formó un bloque compacto frente al contrapunto del piano, que resultó luminoso en manos de Antonio Galera.

Curiosamente, esta obra firmada por el primer Comisario General de la Música fue emparejada con otra del poeta que quiso ser músico (si ambas cosas no son lo mismo), asesinado en el 36. Así insistía él tres años antes: “Ante todo, soy músico”. Era el Federico García Lorca (1898-1936) al que, como se ha dicho, antes de la década de 1920 era más natural escuchar en una sonata que en un soneto. Avezado pianista, adalid del cante jondo junto a Manuel de Falla y compañero de lo más granado de la música y la intelectualidad española en la Residencia de Estudiantes.

Lorca armonizó y grabó en 1931, junto a Encarnación López Júlvez, La Argentinita (1895-1941), doce Canciones Populares Españolas en cinco discos de pizarra. Parece ser, que por iniciativa del su llorado Ignacio Sánchez Mejías. El poeta pensaba que este soporte preservaba mejor que las partituras los más mínimos quiebros en la entonación y las sutilizas del folklore andaluz al que se acercó como investigador además de poeta. Como afirma el musicólogo Marco Antonio de la Ossa, de esta manera legó el único testimonio sonoro conservado de su faceta musical. En 1989 una parte de estos discos se pasaron a cinta magnética en los estudios de Abbey Road. Otra, ante la negativa de sus propietarios a que salieran de España, se transformó en Madrid. El resultado fue la primera edición moderna en el sello Sonifolk. Su digitalización llegaría en 1994.

Dada la popularidad de estas Canciones, frecuentadas por numerosos artistas en los más variados estilos y su calado en el ideario colectivo, especialmente en el republicano, la velada se convirtió en una fiesta. El numeroso público, además de jalear o dar palmas, tarareó algunas de las melodías. Y todo comenzó con Rosario la Tremendita al cante y Galera al piano en una emocionante versión de “Las morillas de Jaén”. El resto, “El café de Chinitas”, “Zorongo”, “Nana de Sevilla”, “Los cuatro muleros” y “Anda, jaleo”, fueron acompañadas por el cuarteto sin perder su prístina sencillez.

Rosario La Tremendita y Antonio Galera en Canciones Populares Españolas de García Lorca. Créditos: Contra vent i fusta.

 

Caída la noche, un encargo al compositor Javier Martínez Campos (1989), natural de la ciudad del Túria, concluyó la sesión y el festival. Una apuesta ciertamente arriesgada que hay que valorar, ya que los estrenos se suelen disimular en la primera parte junto a pizas más conocidas. El autor acudió a los versos del poeta y guitarrista almeriense Alejandro Aparicio para escribir Tan solo río. Una pieza en la que el motivo generador que surge de mudar las iniciales del verso y las cifras de 2019 en sonidos (do, mib, re, do#, la, do y lab) forma variaciones armónicas, tímbricas y de textura dentro de una soleá  suigéneris. Pronto se pudo apreciar el movimiento arpegiado de la cuerda que simula el de un río que, como enunciara Heráclito, siempre es el mismo pero jamás lo es el agua que acaudala. Y es que como decíamos más arriba, coincidiendo con Aparicio, su única certeza está en el final: el mar. Así lo cantó, lo recitó y lo expresó La Tremendita junto al cuarteto en una esforzada versión, un punto inmadura, que aun así dejó aflorar  el aroma andalucista que impregnó todo el concierto.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI

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