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22-VI-2019 ¿Frívola gravedad?

PARÍS TEMPORADA OPERA. OPÉRA COMIQUE (SALLE FAVART) LEBÈGUE, HELMER, GILLET, ROUGIER, LEGUÉRINEL, HUCHET, PEINTRE, BRÉMARD. CORO DE LA ÓPERA DE LIMOGES y  ORQUESTA DE CÁMARA DE PARÍS. Director: CAMPELLONE. Puesta en escena: KESSLER.  Offenbach: Madame Favart Aforo: 1500. Asistencia: 100% Madame Favart (1878) pertenece al último período de la vida de Offenbach, ‘opéra comique’ in tres actos, y narra nada menos que la historia ‘real’ –convenientemente aderazada- del matrimonio Favart, ella, Justine, una diva de inmensa popularidad, y él, Charles-Simon, autor de músicas y acciones escénicas exitosísimas, y que acabaría dando su nombre a la maravillosa sala de la Opéra…

© Stéphane Brion

PARÍS

TEMPORADA OPERA. OPÉRA COMIQUE (SALLE FAVART)

LEBÈGUE, HELMER, GILLET, ROUGIER, LEGUÉRINEL, HUCHET, PEINTRE, BRÉMARD. CORO DE LA ÓPERA DE LIMOGES y  ORQUESTA DE CÁMARA DE PARÍS. Director: CAMPELLONE. Puesta en escena: KESSLER. 

Offenbach: Madame Favart

Aforo: 1500. Asistencia: 100%

Madame Favart (1878) pertenece al último período de la vida de Offenbach, ‘opéra comique’ in tres actos, y narra nada menos que la historia ‘real’ –convenientemente aderazada- del matrimonio Favart, ella, Justine, una diva de inmensa popularidad, y él, Charles-Simon, autor de músicas y acciones escénicas exitosísimas, y que acabaría dando su nombre a la maravillosa sala de la Opéra Comique. Era un deber pues, más temprano o más tarde, proponer este título casi olvidado en vez de retomar una vez más uno de los que todos tenemos presente.

Hay quien piensa que en estas últimas composiciones el autor habría perdido en parte la inspiración, la frescura y sobre todo la mordacidad satírica, pero habría que recordar que el segundo Imperio había pasado, que la guerra francoprusiana había terminado recientemente y la Comuna de París lo había hecho muy mal y sólo siete años antes del estreno de esta obra.

© Stéphane Brion

A esta Madame Favart se la sigue con placer y una sonrisa, aguanta bien el paso del tiempo y no se puede decir que tenga tiempos muertos o música de rutina. Como en La grande duchesse hay un cuarteto protagonista (aparte del matrimonio están un amigo de Justine de los primeros tiempos, Hector, y su futura mujer, Suzanne, pese a que el matrimonio sea obstaculizado por el padre de ella, Mayor Cotignac. A estos y otros personajes minores se une el marqués de Pontsablé, impenitente mujeriego encaprichado con Justine –que entretanto se ha hecho pasar por Suzanne y luego se transforma, junto con su marido, en los servidores de la otra pareja con todos los equívocos que se puedan imaginar. Naturalmente planea todo el tiempo sobre el  fondo la figura histórica de Mauricio de Sajonia (el mismo que protagoniza Adriana Lecouvreur) que al parecer estuvo locamente enamorado de la Favart y quiso separarla de su marido a toda cosa y convertirla en su amante (esta situación pasa aquí en parte a Pontsablé).

No me apetece explicar argumentos, pero se trata de una ópera rara, que me temo que en eso se quede.

Esta función con entradas agotadas y personas que procuraban obtener una hasta el último momento fue un mentís a las críticas negativas de los cotidianos parisinos (no las he leído, pero se me dijo que el objeto de las iras era la puesta en escena de Anne Kessler, de la Comédie Française, y si no me equivoco en su primer encuentro con un teatro lírico, más bien ‘sencilla’, pero con una coreografía de Glyslein Lefever muy apropiada. Si la idea de hacer que todo suceda en el interior de la propia Opéra Comique (en particular en la sastrería) y con un niño que se mueve sin parar con ningún objetivo evidente más que el de fastidiar parece en más de un momento forzada o inadecuada, y puede descolocar al espectador, se trataría del único ‘defecto’ por resaltar. Por lo demás la acción no se detiene nunca, se procura dar una caracterización bien definida a los personajes, y la gente ríe y aplaude. ¿Está mal? Si no se sustituyen –qué horror- los diálogos originales que pecarán hoy de ingenuos pero no son en absoluto malos, ¿dónde está el problema? 

© Stéphane Brion

Laurent Campellone no es nuevo en el foso del Teatro y ha ya dirigido muchas veces –y bien- los títulos que se van sucediendo de una temporada a otra (bravo: mucho mejor que repetir siempre los mismos títulos y no de forma interesante como suelen hacer los teatros líricos ‘serios’). En esta ocasión se ponía al frente de la excelente Orchestre de Chambre de Paris y del coro de la Opéra de Limoges (que junto con el Palazzetto Bru Zane y el Teatro de Caen coproducen este nuevo montaje) preparado por Edward Ananian-Cooper, todos muy capaces.

© Stéphane Brion

© Stéphane Brion

Lo mismo se debe decir de los solistas, del primero al último. La protagonista no se encontraba en buena forma por enfermedad anunciada el 22 de junio, pero no se habría dicho a no ser por algunos problemas de descontrol en el agudo. Ni porr volumen ni por la desaforada interpretación se podrían poner pegas a la mezzo Marion Lebègue. Del mismo modo estaba bien el camaleóntico marido de Christian Helmer (barítono) , a quien se le podría pedir quizás que no cantara fuerte todo el tiempo. Hector era el tenor François Rougier, seguramente no un vozarrón del que no hay aquí ninguna necesidad y muy elogiable como intérprete. Los aplausos saludaban a  Anne-Catherine Gillet, Suzanne magnífica, siempre con su voz de soubrette que corre fácilmente. Y si Franck Leguérinel, ya un ‘must’ en los papeles característicos de su cuerda, era un excelente Cotignac, Éric Huchet resulta ‘el’ tenor característico (y no sólo) por antonomasia en un Pontsablè irresistible. También los papeles menores de Biscotin (en teoría propietario del hotel-ahora sastrería- donde en origen sucede la acción en el primer acto) y del sargento Larose eran impecables (Lionel Peintre y Raphaël Brémard, este último actor de relieve).

Jorge Binaghi

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