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17-VIII-2019 La misa de Verdi y el mito de Edipo

FESTIVAL DE SALZBURGO 2019 Verdi: Messa da Requiem Enescu: Oedipe Asistencia media: 99% La programación del Festival de Salzburgo 2019 ha presentado este año interesantes propuestas operísticas como por ejemplo Idomeneo de Mozart dirigido por Teodor Currentzis con musicAeterna de la Ópera de Perm y la sugestiva pero también algo controvertida puesta en escena de Peter Sellars, el casi desconocido Oedipe de Geroge Enescu– director Ingo Metzmacher – Medée de Cherubini con la batuta de Thomas Hengelbrock, el divertido Orphée aux enfers de Hoffenbach (con Anne Sofie von Otter y Enrique Mazzola como director) – todas con la Filarmónica de Viena – y las reposiciones de Salome…

© Salzburger Festspiele/Monika Rittershaus. La parición de Tiresias en el primer acto de Oedipe

FESTIVAL DE SALZBURGO 2019

Verdi: Messa da Requiem

Enescu: Oedipe

Asistencia media: 99%

La programación del Festival de Salzburgo 2019 ha presentado este año interesantes propuestas operísticas como por ejemplo Idomeneo de Mozart dirigido por Teodor Currentzis con musicAeterna de la Ópera de Perm y la sugestiva pero también algo controvertida puesta en escena de Peter Sellars, el casi desconocido Oedipe de Geroge Enescu– director Ingo Metzmacher – Medée de Cherubini con la batuta de Thomas Hengelbrock, el divertido Orphée aux enfers de Hoffenbach (con Anne Sofie von Otter y Enrique Mazzola como director) – todas con la Filarmónica de Viena – y las reposiciones de Salome de Strauss, vista el año pasado (siempre con Franz Welser-Möst en el podio) y de Alcina de Händel con Cecilia Bartoli (dirección de Gianluca Capuano y puesta en escena de Damiano Michieletto), presentada en el festival de Pentecostés. En le sección dedicada a lo conciertos el programa ha sido siempre muy amplio con la habitual presencia de los Wiener Philharmoniker y otras grandes orquestas (este año llega la Gewandhaus de Leipzig con su titular Andris Nelsons, mientras Kirill Petrenko vuelve con su Berliner Philharmoniker). Sin olvidar los conciertos de famosos solitas y la programación siempre exquisita del Mozarteum con sus matinés mozartianas, sus conciertos de cámara y las actuaciones de la Camerata Salzburg.

© Salzburger Festspiele/Marco Borelli. La sala del Grosses Festspielhaus durante la ejecución del Requiem de Verdi

Hemos asistido a uno de los conciertos y a una de las óperas el 17 de agosto: por la mañana el habitual concierto de Riccardo Muti con los Wiener Philharmoniker en el Grosses Festspielhaus y por la tarde Oedipe en la Felsenreitschule. Muti dirigió la tercera de las tres tradicionales funciones demediados de agosto heredando, ya desde hace algunas ediciones del Festival, una exclusiva que era reservada sólo a Herbert Von Karajan durante su dirección de festival. De hecho, Muti ha querido recordar justo al gran director austriaco a treinta años de su fallecimiento con una ejecución de una de las obras que el director napolitano ha dirigido más en su carrera, la Messa da Requiem de Verdi. Además de los Wiener Philharmoniker, acompañaron a Muti el coro de la Ópera de Viena y un cuarteto de solistas de primera fila. Sorprende como Muti, pese a la enorme cantidad de ejecuciones que tiene a sus espaldas, sepa cada vez sacar nuevo partido de una partitura que sin duda conoce como pocos y que lo ve como uno de sus grandes interpretes ya históricos e irrenunciables. En esta ocasión el director ha querido renunciar parcialmente a la “teatralidad” que caracterizaba sus anteriores acercamientos al Requiem verdiano, para evidenciar más el sentido espiritual pero al mismo tiempo humano de la obra, a la luz de un recorrido que, desde el casi silencio inicial lleva a través de diferentes estaciones a la terrible constatación de la ineluctable llegada de la muerte; evidente sobre todo en un Libera me nunca oído antes tan tremendo e inquietante. Muti supo sacar a luz de forma turbadora los susurros del íncipit, el estruendo amenazador del Dies Irae, la espectacular como abrumadora potencia del Tuba Mirum, así como la sublime dulzura y melancolía del Recordare del Lacrimosa y del Agnus Dei; sin olvidar la impresionarte finura instrumental de piezas como el Domine Jesus y el Benediuctus. Fue la suya una lectura muy moderna de la obra que en varios momentos parecía anticipar el estilo tardío que caracteriza las Cuatro piezas sacras de Verdi. El cuarteto de solistas siguió al director sin fisuras eliminando, como exigía la interpretación de Muti, todo rastro de innecesarias actitudes operísticas y donde destacaron sobre todo el timbre cálido y redondo de la excepcional mezzo Anita Rachvelishvili y del bajo Ildar Abdrazakov, la luminosidad del tenor Francesco Meli y la intensidad dramática, sobre todo en el Libera me, de la soprano Krassimira Stoyanova.

© Salzburger Festspiele/Marco Borelli. Muti dirige los Wiener Philharmoniker en un momento de Requiem de Verdi

No menos atractiva y de gran relevancia artística la producción de Oedipe del violinista y compositor rumano Geroge Enescu (1881-1955). La historia de la ópera del siglo XX está repleta de obras que han tardado varias décadas para ser apreciadas en su justa medida: las óperas de Janácek (que por suerte ahora han entrado de forma estable en el repertorio de los teatros), las de Busoni, el Palestrina de Pfitzner o la Julietta de Martinu. No cabe duda de que entre ellas un lugar privilegiado debería tener también el Oedipe, un título que presenta no sólo un estilo musical y una dramaturgia muy peculiares pero que lleva en escena una versión del mito de Edipo gracias a un libreto de excelente calidad de mano del escritor judío suizo, pero naturalizado francés, Edmond Fleg, seudónimo de Edmond Flegenheimer (1874- 1963). Enesco trabajó en la obra desde 1910 (cuando quedó enganchado por la interpretación del Edipo de Sófocles del actor francés Jean Mounet -Sully) hasta 1931, esperando cinco años para su estreno que ocurrió en el Palais Garnier de París solo en 1936. Basada en la entera parábola del mito – contado en el Edipo rey y en Edipo a Colono de Sófocles (desde su nacimiento hasta la llegada con la hija Antigone a Colono y su desaparición en el bosque sagrado de las Euménides) – la partitura de Enescu se caracteriza por una variedad de estilos musicales que al principio dejó desconcertados pero que sigue una estricta y muy eficaz idea de obra coral basada en una elaboración del sonido de las voces de la orquesta siempre en perenne movimiento. De ahí la presencia de ecos orquestales casi mahlerianos que conviven con melodías sacadas del folclore rumano, con momentos en que se utiliza el glissando y los cuartos de tono y, por lo que se refiere a la voz, al Sprechgesang. Ingo Metzmacher ha sabido sacar a luz a la perfección este entramado por medio de una interpretación compacta (elegante pero también capaz de impactantes sonoridades) atenta en todo momento a cada detalle y a lo que ocurría en el escenario con la colaboración de una soberbia Filarmónica de Viena. Edipo interpretado por un excelente Christopher Maltman (triunfador de la velada) encabezaba un amplio reparto donde destacaron sobre todos el Tiresias del veterano John Tomlinson, la Yocasta de Anïk Morel y el Creonte de Brian Mulligan.

© Salzburger Festspiele/Monika Rittershaus. Christopher Maltman en el quinto acto de Oedipe

La puesta en escena de Achim Freyer supo releer en clave onírica y muy convincente el mito tebano utilizando – siempre de forma original, pero al mismo tiempo respetuoso de la dramaturgia musical – su habitual caleidoscopio de figuras a medias entre el circo y un universo de pesadilla. El amplio y peculiar escenario de la Felsenreitschule así como el eficaz juego de luces de Franz Tscheck funcionaron perfectamente para el deslizamiento de imagines que mantenían toda su carga arquetípica, como debe ser a la hora que se elige de escenificar el mito que, justamente, por su atemporalidad, sufre las interpretaciones habituales en las puestas en escena de hoy en día. Puestas en escena excesivamente ancladas al tejido de la contemporaneidad que, si por un lado parecen acercar el mito a la actualidad, en realidad lo distancian de su mensaje universal restándole fuerza como modelo arquetípico de comportamiento.

Gian Giacomo Stiffoni

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