Audioclasica

11-IX-2019 Habemus pianista

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA JUAN PÉREZ FLORISTÁN, piano Obras de Ligeti, Beethoven y Mussorgsky. Aforo: 2.324  Asistencia: 65% Cuando aún se resistía a abandonarnos el aroma vacacional y septiembre ya comenzaba a pesar sobre los párpados en horas vespertinas, tras el regreso al fragor de la vorágine cotidiana, el ciclo de Scherzo retomaba el pulso a la temporada tras la obligada pausa estival con esta madrugadora cita. Y qué mejor impulso para ello que la frescura y efervescencia millenial de Juan Pérez Floristán. El pianista sevillano se unía así…

© K. Bashkirov

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

JUAN PÉREZ FLORISTÁN, piano

Obras de Ligeti, Beethoven y Mussorgsky.

Aforo: 2.324  Asistencia: 65%

Cuando aún se resistía a abandonarnos el aroma vacacional y septiembre ya comenzaba a pesar sobre los párpados en horas vespertinas, tras el regreso al fragor de la vorágine cotidiana, el ciclo de Scherzo retomaba el pulso a la temporada tras la obligada pausa estival con esta madrugadora cita. Y qué mejor impulso para ello que la frescura y efervescencia millenial de Juan Pérez Floristán. El pianista sevillano se unía así a la terna de pianistas españoles que de manera consecutiva se han presentado en esta edición, precedido nada menos que por Perianes y Colom. La trayectoria del joven pianista a sus veintiséis años es admirable, convertido probablemente en el intérprete más destacado de su generación, brillante ganador, entre otros galardones, del Concurso de Piano de Santander “Paloma O`Shea” en 2015. Sin dejar de aludir a su cada vez más habitual presencia en conciertos y festivales así como su colaboración con intérpretes y formaciones de primer nivel mundial. Un músico de miras amplias, por su actividad, muy comprometido con la nunca suficientemente bien considerada música de cámara, y por repertorio, posando su mirada sobre partituras de muy diverso corte estilístico y cronológico, de las que deja constancia a través de sus más que interesantes registros discográficos. Y por supuesto, digno merecedor de recibir ese testigo que le acredita como valedor de una importantísima tradición del piano en España, y que recoge para continuar manteniendo vivo su espíritu y valor, sin dejar de dar pasos hacia adelante. Y aunque sin duda, la juventud del hispalense segrega adrenalina en un pianismo directo y diáfano, deslumbrante por momentos, el recorrido de una mayor altura interpretativa se encuentra inmerso de lleno en un natural proceso de maduración, que con un techo difícil de vaticinar, invita al más caluroso optimismo respecto de su aún lejana plenitud.

Muestra de todo ello fue el enciclopédico programa presentado en su debut en el ciclo. Un programa de enjundia por su inmensa dificultad y arriesgado por cuanto se trata de tres hitos trascendentales en el devenir de la literatura para el instrumento y ante los cuales los oídos afilan sus exigencias con el peso de la experiencia tras de sí. Un alambre que encandila a la audiencia pero en el que se puede perder el equilibrio con facilidad si se le pierde el miedo a su abismo insondable. Equilibrio que Floristán buscó con suerte dispar, en una confrontación de efusividad quasi superficial y sutileza a partes iguales que por instantes entraría en conflicto con la unidad de la obra, incluso desde el plano de su psicología expresiva.

Antes de dar comienzo, con llamativo aspecto desenfadado, ese que pone en jaque a la ya débil tradición del chaqué, tomaba el micrófono para dirigirse a la asistencia. Práctica que comienza a tomar auge entre algunos intérpretes y que puede resultar tan estimulante, por su carácter comunicador con el público, como incómoda por su cuestionable necesidad si se entiende desde la información y el planteamiento respecto del programa, habida cuenta de las habituales notas firmadas por plumas de prestigio y que más allá de su frecuente uso como abanico improvisado nos sitúan con autoridad, si es que se leen, ante lo que se va a escuchar. Entre otras cosas, quizá sea algo que reste misterio a esa magia cuyo hilo invisible queda tejido con la sola presencia de quien se sitúa ante el público y la música que va a sonar. Bienvenida sea la comunicación siempre que la música no quede supeditada al protagonismo del intérprete y menos aún cobre carácter de monólogo de club de la comedia, cada uno en su casa. Y además este no sea probablemente el lugar para semejante iniciativa, más adecuado en el ámbito de lo pedagógico. Sin contar además con el inestimable tiempo empleado en ello, y más en días laborables para el común de los mortales.

El punto de partida por fin lo marcaría la Musica Ricercata de György Ligeti, auténtico vórtice y pilar para el teclado de la mitad del S. XX en adelante, cuyo valor afortunadamente se abre paso en la justicia del tiempo, una vez más frente a los trasnochados prejuicios, lección de la historia que continúa sin ser del todo bien entendida. Una obra que nace con vocación pedagógica para compositores e intérpretes en torno a una milimétrica escritura que desde su perfil instructivo no deja demasiado espacio a la conjetura desde su concreción, tanto en el ejercicio de su ejecución como en el de una expresión ponderada por la objetividad en su propósito musical y estético. En este aspecto cobró distancia la impulsiva versión ofrecida por Floristán, a la luz de una visión impregnada de un cierto subjetivismo de tinte romántico en el plano expresivo, reforzado a la vez por el enfoque virtuosístico y por su propio gesto. Un camino al que sin quitar valor ni derecho como posible criterio a seguir, no correspondió con el núcleo creativo de una obra en la que cada parte posee su particular profundidad e inercia, en orden a los mecanismos que genera el propio trazo y las indicaciones del eximio compositor húngaro, que nos dejó en 2006. Así episodios tan reconocibles como el segundo, al que el pianista andaluz aludió en su extenso “speech” referido a su integración por Stanley Kubrick en la banda sonora de su película Eyes wide shut, no atendió a su explícito carácter Mesto e ceremoniale, abordado desde un tempo algo pasado de frenada a pesar de su exquisito manejo sonoro. Eso sí, debió invocar a los espíritus porque de la nada surgió una voz fantasmal que por desgracia finalmente provenía de un como siempre insolente e inoportuno móvil, que aún depararía otro episodio más lamentable y polémico. El cuento de nunca acabar. El resto acusó también una sensible falta de claridad en la articulación, otro de los puntos fuertes de esta composición, como fue en el tercer número. La fidelidad al elemento rítmico, sin contar con un puntual uso del rubato, y un excelente control de un aquí capital perfil dinámico, compensaría al menos en parte las carencias de una perspectiva desprovista de su esencia estilística, cuya objetividad no está exenta de lirismo, como sucede en ese prodigio que es el séptimo de la serie, y cuya exigencia para la mano izquierda se dejó notar. No obstante, los últimos números, del octavo en adelante, se vieron sustentados al menos por una mayor contundencia y rigor, aun sin dar de lleno en la base de su concepto.

No es muy probable, pero fue lo que quizá le condujo a un inexplicable, abrupto y desdibujado comienzo de la Sonata Appasionata op. 53, del coloso de Bonn. Habría que pensar, si tanto se habla de ponerse en la mente del compositor, qué hubiera dicho Beethoven de haber presenciado tal comienzo con una de sus sonatas predilectas. Nada halagüeño cabe sospechar viniendo del carácter de “Der spagnol” como su familia parecía apodarlo. Una lectura en la que este monumento apareció y desapareció entre instantes sublimes y los repentinos además de poco justificables arrebatos, como resultó en el revelador Allegro assai, restando cuerpo y fluidez al conjunto de un desarrollo sujeto a un tempo de nuevo relativamente acelerado. Algo que impidió que su excelente sentido del fraseo, apreciable en el Andante con moto, pudiese respirar con mayor amplitud, desembocando incluso en alguna imprecisión. Sin embargo el sevillano lograría la cuadratura del círculo. Porque a pesar de lo no poco achacable y de su línea discontinua, sin dejar de hacer destacada mención a su deslumbrante capacidad gestionando la sonoridad, dejó aflorar para el Allegro final su imponente instinto de animal pianístico para abrirse paso en su propio maremágnum y llegar casi por inercia hasta Beethoven apuntando a la fuerza de su expresión y pureza de carácter. Misteriosa paradoja de los grandes, que aún siéndolo, siempre son susceptibles de mejora.

Y no podía haber mayor constatación de ello que esa epopeya final que en sí misma resulta esa “criartitura” si se permite el palabro, de Cuadros de una exposición alumbrada por Mussorsgky. Floristán reaparecía en el escenario de la sinfónica, empuñando una vez más el micrófono en modo “showman” para dirigirse a la asistencia e ilustrarle sobre la obra del compositor ruso. Dicho está, simplemente innecesario. Salvo que acaso fuese, y vaya aquí la sugerencia, para exponer una impresión muy personal, más allá de un supuestamente pretencioso afán de protagonismo, que nos situase ante el propio intérprete respecto de esa música que va a tocar. Pero el programa de mano interactivo en este escenario se halla a todas luces fuera de lugar, ya estaba escrito. Hay que plasmar las impresiones en lo que se ha desgranado de la partitura desde su conversión a la expresión sonora  y en todo caso, si se explica, que la idea expuesta tenga su correlato en ello y no se desdiga a sí mismo una vez que la música comienza a sonar.

Floristán afrontaba, de una vez por todas, esa serie épica que son para la música y su intérprete estos Cuadros, por las implicaciones que conlleva su recorrido. Con un primer Paseo (Promenade) bien compensado y luminoso en la puesta de largo de su tema y transparente contorno armónico, pudiendo caer del lado del preciosismo de las versiones que apuestan por su aire más dulce y ensoñador, en detrimento de la precisa indicación de carácter más crudo y musculado con su Allegro giusto, nel modo russico, senza allegrezza, ma poco sostenuto, sujeta a dinámica en forte, y que Ravel captaría a la perfección para sellarlo en su memorable orquestación. A partir de aquí, regresaría a la inestable tónica del recital, a merced de vaivenes “jeckyllhydeianos” que no terminaban de encontrar relación entre sí, aunque una vez más, sin perder la cara al piano, al espectro sonoro y a una expresividad en permanente búsqueda del interior de la obra. Así salieron al paso unos frenéticos Gnomos o un vecchio castello cuyo misterio estremecedor se quedó en mera intriga, desprovisto de su hondura poética, para darse de bruces con las Tulleries y el Bydlo más extraordinarios que se hayan podido escuchar de entre cualquier versión, valga la del mismísimo Richter, aun no siendo todo lo contundente que hubiera podido. Mientras los Promenade proseguían su camino como impecables hilos conductores, sin perder de vista su función de enlace como en otras lecturas sucede. Pero reincidía en el exceso con unos polluelos que destruían el cascarón de su ballet tornando en depredadores de altos vuelos. Entonces alguien se tomó la molestia de interrumpir el viaje gracias a su móvil, haciendo las delicias de un Floristán que se detuvo a la espera tensa de su finalización, fuera por su bien o por el del resto del público. Desconcertante, bochornoso y desgraciadamente ya habitual, por no contar el criminal envoltorio de los caramelos, asesinos de la sensibilidad y el pleno disfrute. Similar destino aguardarían a los cuadros posteriores. Desbordados aun con mejor articulación resultaron Samuel Godenberg und Schmuyle y Limoges. Su portentosa técnica irradió los cristalinos tremolos del Con Mortuis in Lingua Mortua, dentro de una Catacombae bellísima en su cantabile pero no especialmente profunda. Técnica brillante que por otra parte deberá librar importantes batallas con un instrumento que en determinados planos aún le gana la espalda. Pese a la intensidad del discurso, no lograría alcanzar toda la dimensión expresiva que posee esta partitura, en ausencia de una evolución y unidad claras dirigida hacia los puntos de clímax que marcan su progresión. Una inquietante y sin artificio Cabaña de patas de gallina (Baba-Yaga), abriría magníficamente La gran puerta de Kiev, atravesada con paso solemne en su acertado tempo pero no rotundo en su expresión, debilitada por la presencia de un piano súbito que impidió atacar con poderío la ascensión hacia la apoteosis final de una música que al calor de la sangre, debe hacer brotar sudor y lágrimas en quien la hace para provocar semejante reacción en quien la escucha.

Incontestable de cualquier forma el mérito de Floristán ante un programa que pone a cualquiera contra la pared y del que se le vio salir muy entero. Lo suficiente como para ofrecer tres piezas fuera de programa, que precedidas por un aquí sí bienvenido comentario previo, le permitieron entregar esa parte interior de sí mismo quizá oculta tras la presión del programa, dando luz a una inefable Danza de la moza donosa, de Ginastera, al según su criterio, un ineludible en los recitales Chopin, con su portentoso, demasiado tal vez, Estudio op. 25 nº11 “Viaje de invierno” preferido, interesante sería saber por qué, de las propinas en esta edición del ciclo, y el siempre cálido y ensoñador Momento Musical nº3 en Fa mayor op.94, de Schubert, con cuya sensible versión hizo las delicias de un respetable que ya no demandaría más.

Floristán se codea con los grandes por cuanto respecta a un ciclo con los que comparte cartel, algo que, pecados de juventud aparte, le debe colocar inexorablemente en la misma posición. Para unos, deslumbrante, para otros superficial, para la música y para el piano, alguien con un recorrido y potencial extraordinario obligado a continuar creciendo y madurando. De lo que no hay duda, es de que Habemus pianista.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

essay writing servicepay for essaybuy custom essays