Audioclasica

29-X-2019 Personalidad versus convención

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA KATHIA BUNIATHISVILLI, piano Obras de Beethoven    Aforo: 2.324  Asistencia: 85% No anda escaso de excelentes pianistas el panorama actual, aunque es posible que no le sobren grandes figuras, de esas que alcanzan otra dimensión y se convierten en rutilantes estrellas de ese firmamento reservado a muy pocas de ellas. En ese mismo lugar ya se atisba el brillo de Kathia Buniathisvilli. La pianista nacida en Georgia ya balbuceaba notas en un piano más que palabras desde su tierna infancia y la consecuencia, en una…

© Ester Hasse

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

KATHIA BUNIATHISVILLI, piano

Obras de Beethoven   

Aforo: 2.324  Asistencia: 85%

No anda escaso de excelentes pianistas el panorama actual, aunque es posible que no le sobren grandes figuras, de esas que alcanzan otra dimensión y se convierten en rutilantes estrellas de ese firmamento reservado a muy pocas de ellas. En ese mismo lugar ya se atisba el brillo de Kathia Buniathisvilli. La pianista nacida en Georgia ya balbuceaba notas en un piano más que palabras desde su tierna infancia y la consecuencia, en una carrera bien orientada y lejos de esa órbita de opiniones ajenas a su naturaleza musical, es que posee una personalidad artística incontestable cuya presencia será una referencia en la interpretación para el teclado. Algo que ya queda acreditado por una trayectoria deslumbrante, figurando en las salas más prestigiosas, con grabaciones para los sellos más importantes y en colaboración con los directores, orquestas y solistas más destacados del circuito internacional. No puede tratarse de casualidad ni de mera apariencia.

Con horario de invierno recién estrenado y con la noche acompañando ya la entrada al Auditorio madrileño, Buniathisvilli visitaba el ciclo de Scherzo en su primer recital a solo, puesto que ya intervino en un concierto celebrado dentro del ciclo en el año 2014, interpretando el Concierto en la menor para piano y orquesta de Edvard Grieg bajo la batuta de Tugan Sokhiev y la Orquesta del Capitol de Toulouse. Para esta ocasión, en vísperas del esperado año Beethoven por el 250 aniversario de su nacimiento, que supondrá un más que justificado, o al menos debería serlo, acontecimiento planetario para la cultura musical, la intérprete georgiana afrontaría cuatro puntas de lanza, incluso más allá de lo propiamente pianístico, dentro del insondable catálogo del coloso de Bonn. Un programa de altas miras compuesto nada menos que por las Sonatas, todas en modo menor, Tempestad¸ Claro de luna, Patética y Appasionta ¿Alguien da más? Quién dijo miedo…De cualquier modo, aunque sobre el papel todo invitase a las mejores expectativas, es necesario que los hechos, más allá de los nombres, al menos las igualen, y en el global del conjunto se puede decir que no faltaron claroscuros girando en torno a una admirable pulsión expresiva y brillantez sonora.

Buniathisvilli, ataviada con un sofisticado y elegante aunque algo aparatoso vestido negro, aparecía en el escenario de una Sala Sinfónica por fortuna bien poblada para acometer la proeza propuesta comenzando por la Sonata nº 17 en Re menor op. 31 nº2 “La tempestad”. Obra con un halo narrativo-dramatúrgico de componente casi escénico que desafía a quien se presenta ante sus páginas respecto de su capacidad para convertir el discurso musical en una suerte de narración con tintes épicos, sin contar con la supuesta y discutible inspiración shakespeareriana que influyó en su concepción y excepcional estructura compositiva. Una lectura no demasiado convincente que resultó desmesurada en su arrebatado Largo-Allegro, apenas inteligible en su articulación y fraseo, casi tanto como en el desarrollo de su mencionado discurso. Tono que tornaba en una curiosa suavidad aterciopelada en la conclusión de una exposición que careció de repetición, para retomar después su precipitación inicial a la luz de un tempo e intensidad verdaderamente tempestuosos, que terminarían por ahogar la expresión hasta la conclusión del movimiento. No obstante, Buniathisvilli sí logró el más difícil todavía, adentrándose en las entrañas de su carácter y atendiendo con énfasis al elemento dramático que construye el perfil de la partitura. Quizá es abundar o caminar hacia el exceso, pero cabría la idea de que fuese como si se tratara de una yuxtaposición de visiones sobre un mismo eje estilístico y expresivo, en una especie de espiral metabeethoveniana. Solo queda pensar en lo que el mismo genio alemán planteaba en torno a la idea general de interpretación, contando con las dudas y criterios diferenciados que sus indicaciones de tempi han generado en los últimos tiempos. El segundo, Adagio, exquisito en su presentación por articulación y tempo¸ no alcanzó de pleno su misteriosa elevación onírica compensada eso sí por la envoltura magistral de su inefable y delicado cantabile, que no conectaría de lleno con ese milagro que es la sección de semicorcheas a contratiempo y en progresión armónica a pesar de la sutileza de su color tímbrico. Muy interesante el pasaje en fusas por el contraste expresivo que acertaría a imprimir. El Allegretto final supuso, aun con menos frenesí que en el primer capítulo, un retorno a lo convulso en cuya balanza lo poético y lo apasionado no se encontraron en el punto de lirismo más deseable, pero con un apreciable cuerpo interpretativo cuyo discurso en la frontera del paroxismo, sin contar desajustes, se ceñía coherentemente a la idea de su criterio expresivo, sin desdeñar en absoluto la claridad en sus respectivos planos sonoros o la excelente gradación de su abanico dinámico. Un verdadero torbellino. Cómo no, ni qué decir tiene que no faltó puntual a su cita otro de esos móviles insolentes para distraernos de empresas mayores y contrarrestar el deleite y el disfrute plenos. Van a tener que hacer registros a la entrada a este paso o quizá algún día se remediará mediante alguno de esos recursos tecnológicos que por desgracia se hallan destinados a sustituir la falta de educación y sentido común, despistes puntuales aparte.

Entonces sobrevino lo imposible, el hecho por el que se sabe con certeza que se está ante alguien que pertenece al club de los elegidos, comprobado en el más que celebérrimo Adagio sostenuto de la Sonata nº 14 en Do sostenido menor, op. 27 nº2 “Claro de luna”. Una versión de muchísima altura del archiconocido primer movimiento, modélica desde su ajustado tempo hasta el exquisito trato de su inconfundible línea melódica y sus planos, que ahondaron en una profundidad sublime. Es más que meritorio el ser capaz de arrojar luz sobre algo tan abundado. No solo lo tocó de manera ejemplar sino que además tuvo voz propia, algo especialmente complicado con una obra hipertrofiada por el número incalculable de versiones que posee y por las veces que ha penetrado en nuestros oídos sin contar con otros contextos ajenos a su propósito. Una visión personal que sin dejar de atender a la escritura beethoveniana, fue seña de identidad con mayor o menor fortuna durante toda la velada, por cierto enturbiada gracias a las tan familiares empero infames toses. La delicada gracia expuesta en el Allegretto sirvió de muestrario del abrumador dominio que posee sobre la sonoridad. Como en La tempestad, el tercero volvió a verse envuelto en llamas, un Presto agitato que más que agitado resultó convulso por su precipitación, con una articulación atropellada que apenas dejó entrever algún claro en medio de la tormenta que arrasaba cuanto encontraba a su paso y en la que el sentido de contraste quedó descompensado por la falta de coherencia en el conjunto. Muy probablemente hubiera sido mejor optar por una mayor contención. Aún así, no dejó de mantenerse y penetrar en el carácter y esencia de la obra, pudiendo rescatar con no poca satisfacción su fantástico control de la transición entre secciones con un sensacional sentido expresivo de la pausa. Una pianista con maneras de directora.

En todo caso, no pasó tampoco desapercibido el grado de concentración de Buniathisvilli, acorde a la gravedad y dimensión expresiva de las obras. Cabría la posibilidad de valorar el hecho de si tal ímpetu forma parte de su entrega a la música y su causa o son ínfulas del ego, pero es una dicotomía común en el mundo de la interpretación con balanzas inclinadas a ambos lados y a ninguno a la vez. Lo que es una realidad es que hay quienes velan más por su imagen y reconocimiento y quienes velan por la música, con una probable mayoría del primer sector, pero allá cada uno. Siendo honestos es relativamente fácil caer en ciertos juicios condicionados por otras percepciones. Y al menos quien suscribe estas líneas, no percibió esa posible intención en esta intérprete dentro de un cierto equilibrio. Antes al contrario, se advierte su conocimiento y compresión de las obras al margen de la visión que pueda ofrecer, y bajo una seguridad arrolladora que pudiera confundirse con otras intenciones.

Tal concentración se atisbó nuevamente tras la reanudación, y eso que atacó el acorde de la Sonata en Do menor op.13 “Patética” aún sin sentarse del todo en la banqueta. Brillante su lectura, directa al corazón de la obra, sin concesiones. Al borde la perfección en un desarrollo fluido en su articulación, justo con una obra donde ésta es prueba implacable para cualquier pianista y en la que mostró una desenvoltura propia de su nivel fuera de serie. Todo sin abandonar algún que otro impulso momentáneo. Ciertamente era posible que la música respirase con mayor amplitud, pero quedaba justificado por su don expresivo y por instantes como la vuelta al tema de la introducción, con el acorde como salido del espíritu mismo del eterno germano. He aquí otra de las virtudes de su arte interpretativo: hacer que la obra cobre vida en sus manos desde su interior en conexión con la significación de la música. Así fue en una interpretación memorable (lo de memorable no es parcela exclusiva de tiempos pretéritos) de otro hito beethoveniano como es este Adagio Cantabile, conmovedor por la hondura e inusitada belleza impregnada por las manos de Buniathisvilli. Lástima que alguien se tomara la molestia en exhibir nuevamente el sonido de su potente móvil para herir nuestra sensibilidad. No tan subyugador resultó el Rondó Allegro, redundando en un tempo acelerado a pesar de la brillante exposición del tema inicial, de su límpida sonoridad, con una deslumbrante nitidez, y de una estructura en la que el tempo empleado sometió a la espesura al propio fraseo.

Como colofón de semejante ascensión aún aguardaba esa cúspide del repertorio que es la Sonata nº 23 en fa menor op.57 “Appassionata”. Repetía presencia la monumental página de Beethoven tras la versión ofrecida por Juan Pérez Floristán en septiembre. Y lo hacía Buniathisvilli con una lectura vertiginosa, provista desde su Allegro assai de una intensidad desbordante, incluso en ocasiones demasiado, pero reforzada por un consistente sentido unitario de su discurso, sensacional en las transiciones, enfatizando el carácter intrínseco de cada pasaje. Todo en proporción a su necesidad expresiva y sin descuidar su personal perspectiva. El Andante con moto fue otra fuente de deleite por su tersura sonora y el magnético relieve cobrado por cada variación desde la solemnidad con que había alumbrado el tema principal. No hubo excepción en la impulsividad y arrojo mostrado especialmente en los movimientos finales y el casi ahogado Allegro ma non troppo –Presto no fue una excepción pese a su sonido cristalino, pero la connivencia por su apuesta musical con gran parte del público estaba servida en bandeja. Una pasión interpretativa que dejó en una anécdota las ciertamente no pocas imprecisiones que su produjeron en medio de la vorágine. Puede que su propuesta sea preferible a aquellas versiones más convencionales o menos intrépidas. Más aún si se tiene en cuenta el apreciable conocimiento milimétrico de la obra  y de una partitura llevada al límite de sus posibilidades. Conviene recordar en este punto los anteriormente comentados criterios historicistas de la interpretación para el teclado, en el propio estilo y el pensamiento beethoveniano al respecto, y detenerse a considerar determinadas cuestiones sobre ciertas líneas de tradición interpretativa. Es saludable el asumir riesgos que aporten y propongan perspectivas nuevas siempre que en nombre de sus autores originales no se caiga en lo meramente arbitrario o caprichoso, como se ha podido escuchar en algún momento de esta temporada. Como punto y final, una belleza con la que suele cerrar su tiempo ante el piano, con el Minueto en Sol menor  de la Suite inglesa nº3 en arreglo del mítico Wilhelm Kempff.

En tiempos tan poco dados a que lo interesante trascienda, hubo una pianista con la osadía suficiente y propia de la divina juventud que atesora, que en Madrid dio un recital digno de ser recordado por su oposición a la indiferencia, verdaderamente digna de ser trending topic en lugar de tanta sandez e insulto a la inteligencia por las que se muestra una preocupante complacencia. La ovación final mostró el reconocimiento de casi toda la sala a una Buniathisvilli que ofreció un Beethoven al desnudo, sin complejos, tan cálido como arrebatado, audible en su esencia y desprovisto de atavismos, cuya magnitud, como su intérprete, son dueñas de una proyección más que importante. Toda una muestra de personalidad frente a las convenciones.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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