Audioclasica

12-XI-2019 Verdadera revelación

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA BEATRICE RANA, piano Obras de Chopin, Albéniz y Stravinsky   Aforo: 2.324  Asistencia: 65% Cuando con la ilusión de lo nuevo, se echaba ese vistazo a los nombres que formarían parte de la siguiente temporada, con toda seguridad la mirada se detendría con entusiasmo en los Sokolov, Pollini, Argerich y todos los grandes nombres que empiezan a saltar ante nuestros ojos para deleite de la ilusión. Apriorismos o megalomanías no pocas veces acríticos con la calidad que también se posan habitualmente con aire distante e…

© Nicolas Bets

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

BEATRICE RANA, piano

Obras de Chopin, Albéniz y Stravinsky  

Aforo: 2.324  Asistencia: 65%

Cuando con la ilusión de lo nuevo, se echaba ese vistazo a los nombres que formarían parte de la siguiente temporada, con toda seguridad la mirada se detendría con entusiasmo en los Sokolov, Pollini, Argerich y todos los grandes nombres que empiezan a saltar ante nuestros ojos para deleite de la ilusión. Apriorismos o megalomanías no pocas veces acríticos con la calidad que también se posan habitualmente con aire distante e incierto escrúpulo ante otros nombres como sin ir más lejos el de Beatrice Rana, que tal vez por ello o por la gélida tarde madrileña, se encontró una asistencia poco abundante. “¿Quién es?” “¿Qué ha hecho hasta ahora?” “Qué joven es”. Y es cierto, solo veintiséis años, caso similar a Floristán, y en un ciclo como el de Grandes Intérpretes de Scherzo, que teniendo otro destinado a pianistas emergentes, apuesta en su cartel principal también por valores que a pesar de su juventud han alcanzado un nivel que les permite codearse con las figuras que ya forman parte del Olimpo tanto de la interpretación en general como del piano en particular, produciéndose un contraste generacional tan interesante como necesario. Tal es el caso de esta pianista italiana nacida en Copertino, en su primera aparición en este ciclo de los Grandes. Una intérprete que a raíz de premios obtenidos en prestigiosos concursos, ha irrumpido con fuerza en el panorama, recibiendo toda clase de reconocimientos y elogios, como los conseguidos por su exitoso registro de las Variaciones Goldberg de J.S Bach, impulso casi definitivo en el lanzamiento de su carrera.

Aun así, es un reconocimiento que por parte del público, también desde la ausencia de un impacto mediático general y al margen de los medios especializados, siempre tarda más en llegar. Ciertamente queda un lógico camino para terminar de convencer e instalarse en la lista de intérpretes preferentes, pero a juzgar por su actuación en Madrid, no tardará demasiado en recorrerlo. Estamos ante una intérprete con una indudable personalidad que se percibe desde el mismo momento en que se sienta ante su instrumento y que destaca por una serena sencillez y naturalidad casi hierática, transferidas a una energía y brillo interpretativo realmente deslumbrantes con los que la música y las propias obras cobran su merecido protagonismo. Algo que por otra parte y como es obvio, no le libra incondicionalmente de poder caer en planteamientos sonoros y criterios estilísticos que a la postre puedan resultar más o menos discutibles.

Su tarjeta de presentación trajo consigo todo un tour de force, con un programa que en su primera parte albergaba nada menos que los 12 Estudios op.25 de Frederic Chopin. Un ejercicio de trascendente virtuosismo, si es que este término como tal mantiene su vigencia como concepción musical más allá de una idea quizá ya anacrónica e insustancial de dificultad que desde nuestros días y por la evolución técnica y psicológica del intérprete, así como por la perspectiva de la expresión musical, ha podido quedar superado. Sea así o no, se trata a todas luces de una colección que supone constantemente una dura prueba dada su enorme complejidad.

Una lectura que por intensidad y empaque sonoro progresaría de menos a más, tratando a los estudios más en su esencia técnica que desde su cuerpo expresivo. Sí, el propio Chopin los definiría como ejercicios, pero su naturaleza y el tiempo los ha situado en otro escalafón compositivo elevándose a la categoría de obra, muy alejada del mero concepto de estudio. Los tres primeros de la serie quedaron tamizados por un escaso relieve dinámico, pese al sutil preciosismo sonoro y de la idoneidad de sus tempi, pero sin calar en el núcleo expresivo del polaco, amén de articulaciones puntuales un tanto particulares y un uso ciertamente recargado del pedal. Todo ello contando con que el piano no prestaba el mejor ajuste posible y carecía de la calidez apropiada en su timbre. En el cuarto y aún sin llegar a tocar la fibra, comenzaría a enderezar el rumbo con un Chopin más reconocible y fiel a su acento, apoyado por un impecable sentido rítmico y mayor ajuste del fraseo, especialmente delicado en los cantabile. Sea como fuere, Rana no parecía aún capaz de recorrer en su totalidad la distancia que le separaba de una música a la que era capaz de dotar de un sólido cuerpo, pero debilitado por la carencia de la intensidad y espíritu chopinianos, poniendo una fría tierra de por medio difícil de salvar para alcanzar su absoluta plenitud. Pero cuando las esperanzas ya flojeaban respecto del resto de números por llegar, se produciría la ansiada reacción sobre un carácter que ya no abandonaría, especialmente desde la estremecedora hondura dramática y lírica en el séptimo, en Do sostenido menor, ya desde su célebre introducción, dando paso a unos brillantes y enérgicos octavo y noveno. Soslayando la aparatosa e incomprensible versión de un atropellado estudio en octavas, llegaría a la cumbre que es ese Viento de invierno, el once de la colección y favorito con peor o mejor suerte, del apartado de propinas esta temporada, para dar de lleno por fin en el alma de su creador y también de sí misma. La progresión de su curva de intensidad expresiva quedaba definitivamente constatada con un contundente y pasional número doce. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Dicha que aumentaría en la segunda parte de la velada, reanudada con uno de los capítulos de esa biblia de la literatura pianística como es la Iberia de Isaac Albéniz en su majestuoso Libro III y ya con un piano felizmente reajustado para su cometido. Descontando cualquier tipo de juicio o valoración de tinte carpetovetónico al que se pueda ser proclive ante los intérpretes no natos en la Península que abordan estas páginas, Rana mostró una profunda complicidad con la escritura del genio de Camprodón, como constató en un temperamental Albaicín, impulsado certeramente desde su motor rítmico. Una intensidad colorista, caracterizando cada pasaje fiel a las indicaciones expresivas de su autor, bien definida, apartando algún exceso de pedal, en su sonoridad dentro de su compleja textura de planos y en la multitud de contrastes dinámicos que lo pueblan casi a cada compás. Aunque adivinen qué pudo interponerse entre la magia de esa música y su apasionada audición…premio, el virtuoso móvil de turno digno de todo elogio y acompañado como corresponde por las no menos portentosas toses. Resultó vibrante El Polo, en el que desbordaría su caudal poético apuntando a la pureza de expresión de un estilo coronado por su aire cálido y evocador, destacando en ello el magistral modo de timbrar su sutil contorno melódico. Una exhibición, sin pretensión alguna, de técnica y exquisito control sobre la pulsación. No obstante perdería cierto equilibrio en un Lavapiés demasiado fogoso y cuya algarabía tornó en embarullamiento desmedido. Algo que por otra parte no guarda tanta distancia con su intuición improvisatoria y que tampoco impidió percibir su aroma inspirador, girando alrededor de una abrumadora efusividad en su empuje rítmico y dinámico, deslizados desde un tempo soberbio por su extraordinaria inercia. Dignísima versión que hace albergar expectativas sobre un futurible registro integral a buen seguro interesante sobre una obra de proporciones casi inabarcables.

Pero la asistencia aún no había visto ni escuchado nada. Rana hizo honor a esa sentencia anglosajona the last but not the least con la última obra en programa, en la versión para el teclado de la Petruchka de Igor Stravinsky. Sin ánimo de exagerar ni entrar en otras comparaciones, sería posible afirmar que los presentes asistieron a la interpretación más sobresaliente respecto de cualquier otra en esta temporada del ciclo y una de las más relevantes versiones que se hayan podido acometer de esta “salvajada” pianística que empezando por el mismísimo Arthur Rubinstein, a quien fue dedicada, ha puesto contra las cuerdas a cualquier pianista por su extrema dificultad. Rana lo convirtió en un asombroso ejercicio de naturalidad y poderío interpretativo en el que por fin desplegaba sin ambages todo su potencial. Las cuentas se pierden en el desglose de virtudes de una lectura espectacular, descomunal por su fuerza, consistencia y dominio, en una perspectiva diferenciadora por la impresionante suntuosidad y riqueza de contrastes dentro de su abanico sonoro y por la precisión milimétrica de sus tempi y planos entre los que hizo posible escuchar cada uno de los recursos motívicos y tímbricos que el compositor ruso hubo pergeñado en su ideario sonoro para el teclado. Incluso el controvertido uso anterior del pedal encontró aquí su equilibrio. Así se pudo apreciar en una exuberante Danza rusa, un hipnótico y enigmático Cuchitril de Petruchka y en la apoteosis final de su Fiesta de la Semana de Carnaval. Un deleite único por el que cabe presumir que el propio Stravinsky hubiese quedado seducido. Auténtico homenaje a la perfección que en circunstancias más propicias en cuanto a expectación y mayor asistencia se refiere, y como sucediera en otro tiempo, quedaría para los anales como un hito de referencia en la interpretación pianística en el ámbito del recital.

Sólo quedaba la rúbrica ante un público que supo valorar lo ofrecido rindiendo su admiración, y para lo cual regalaría sendas propinas volviendo con firmeza sobre los pasos de Chopin en su Preludio op. 28 nº 13 y dejando una exquisita pincelada de su especial proximidad con J. S. Bach con la Giga correspondiente a su primera Partita. Mucho podemos esperar de Beatrice Rana. Y para cuando asalten dudas sobre algún nombre desconocido programado, nada mejor que vencer excusas como el frío y asistir para ser testigos, como fue el caso, de una verdadera revelación.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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