Audioclasica

13-XI-2019 Majestuosa inauguración

BARCELONA PALAU DE LA MÚSICA CATALANA LEONIDAS KAVAKOS, violín. NDR ELBOPHILHARMONIE ORCHESTER. ALAN GILBERT, director. Obras de B. Bartók y A. Bruckner. Aforo: 2.049 Asistencia: 99% Sencillamente majestuosa ha resultado en esta ocasión la inauguración de temporada del prestigioso ciclo Palau 100. Confiada a los valores seguros de una orquesta de solidez impecable –la NDR Elbphilharmonie, a cuya secuencia de últimos directores titulares Eschenbach / von Dohnányi / Hengelbrock se acaba de añadir Alan Gilbert, anteriormente director de la Filarmónica de Nueva York– y de quien es el violinista más interesante de las últimas generaciones, el ateniense Leonidas Kavakos, pocas…

Leonidas Kavakos
@ Marco Borggreve

BARCELONA

PALAU DE LA MÚSICA CATALANA

LEONIDAS KAVAKOS, violín. NDR ELBOPHILHARMONIE ORCHESTER. ALAN GILBERT, director.

Obras de B. Bartók y A. Bruckner.

Aforo: 2.049 Asistencia: 99%

Sencillamente majestuosa ha resultado en esta ocasión la inauguración de temporada del prestigioso ciclo Palau 100. Confiada a los valores seguros de una orquesta de solidez impecable –la NDR Elbphilharmonie, a cuya secuencia de últimos directores titulares Eschenbach / von Dohnányi / Hengelbrock se acaba de añadir Alan Gilbert, anteriormente director de la Filarmónica de Nueva York– y de quien es el violinista más interesante de las últimas generaciones, el ateniense Leonidas Kavakos, pocas dudas cabían de que nada podía salir mal en el evento. Pero es también de agradecer la enorme profundidad y compromiso del programa propuesto, integrado por dos títulos de altísima exigencia para los  intérpretes –y no menos, para el propio público–.

En efecto, el concierto se abrió con el Concierto para violín núm. 2 BB 117 de Bartók, obra de madurez del compositor austrohúngaro, compuesta por encargo del violinista Zoltán Székely y –diríamos que a pesar de eso–, intensamente original en su estructura variacional y con varios pasajes de diabólica complejidad técnica. La lectura de Kavakos, más allá de ese virtuosismo en las antípodas de lo exhibicionista que le caracteriza, enfatizó la tensión no exenta de ironía, a veces, ni de sentido trágico, en otros pasajes, de la partitura, dialogó sin vacilaciones con una orquesta muy atentamente conducida por Gilbert y cuajó, en resumidas cuentas, una magistral versión de la partitura de Bartók.

Para la segunda parte, un escenario necesariamente ampliado en su extensión acogió de nuevo a la formación orquestal alemana, esta vez para acometer la Sinfonía núm. 7 en Mí mayor de Anton Bruckner, obra inmoderada en su concepción, monumental en su arquitectura y grandilocuente en su lenguaje –de “elefentiásica la tachó Hanslick, no sin razón, por cierto–, como no pocas del maestro austríaco. Con Bruckner resulta difícil no sentirse apabullado y esa fue en muchos momentos la sensación que cundió en la preciosa bombonera del Palau, inundada de las frases inacabables y las notas solemnes, intensas, arrebatadas, de la Séptima. Su impresionante Adagio y su Scherzo apenas scherzante constituyeron los movimientos más redondos en la interpretación de la NDR Elbphilharmonie, pero lo cierto es que sus maestros brillaron a lo largo de toda la noche sin que pueda destacarse alguna de sus secciones sin incurrir en injusticia para con las otras.

Y no queda más que desear que los fantásticos auspicios manifestados en este rito de inauguración nos protejan a todos la temporada entera

Javier Velaza

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