Audioclasica

26-XI-2019 Dos por uno igual a: “la única”

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA MARTHA ARGERICH, piano & KREMERATA BALTICA. Obras de Bach/Busoni, Weinberg, J.S. Bach y Liszt.     Aforo: 2.324  Asistencia: 85% Parada y fonda. Bajo una fría e inhóspita tarde madrileña que ya iluminaba el paso sobre sus calles al calor de las luces navideñas adornando sus árboles, el ciclo de Scherzo despedía la presente temporada. Y es inminente el inicio de la siguiente, tanto que incluso la parada estival es más larga que el tránsito de un ciclo completo al otro, desarrollado siempre dentro del año…

© Laura Szenkierman

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2019. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

MARTHA ARGERICH, piano & KREMERATA BALTICA.

Obras de Bach/Busoni, Weinberg, J.S. Bach y Liszt.    

Aforo: 2.324  Asistencia: 85%

Parada y fonda. Bajo una fría e inhóspita tarde madrileña que ya iluminaba el paso sobre sus calles al calor de las luces navideñas adornando sus árboles, el ciclo de Scherzo despedía la presente temporada. Y es inminente el inicio de la siguiente, tanto que incluso la parada estival es más larga que el tránsito de un ciclo completo al otro, desarrollado siempre dentro del año natural. Para el cierre de esta, broche de oro, nada menos que con la presencia de la gran dama viva del piano, Martha Argerich. Aunque eso sí, de nuevo no lo hacía en solitario sino escoltada esta vez por la brillante Kremerata Baltica con la que guarda una muy especial y duradera relación. Un concierto cabría decir “dos por uno”, puesto que la verdadera protagonista del cartel cedía el protagonismo a la formación impulsada por el violinista Guidon Kremer para la primera parte íntegra de la cita, haciendo esperar a su ansiada presencia a la reanudación tras el descanso.

Una espera que sin embargo mantuvo el ánimo calmo ante las dos obras que presentaba el conjunto, ambas sobre una atmósfera de profundidad, de corte dramático en un caso y meditativo en el otro. La primera correspondería al “meta-arreglo” para orquesta de cuerdas del propio Kremer sobre la versión de Busoni de la sublime Chacona en Re menor de Johann Sebastian Bach. Dirigida por su concertino, con suerte desigual en su cometido, la versión plasmada por el insigne violinista ya advertía sobre su particular concepto con una introducción grabada de la versión pianística, una idea cuando menos de dudosa consistencia acústica y estética, no demasiado efectiva para su posterior desarrollo. Todo desde un planteamiento estilístico fronterizo con el pastiche, apoyado en recursos compositivos y expresivos que podían recordar más a Vivaldi y a Händel, obviamente sin desdeño de éstos, que al propio Bach, y desde luego poco afín a la hondura dramática con la que el Cantor de Leipzig impregnó esta página. Todo ello reforzado además por una interpretación algo descafeinada en cuanto a intensidad y apresurada en su tempo que volvía en su final a tomar prestada una parte grabada esta vez a cargo del violín original, algo tan válido como irrelevante en cuanto a aportación se refiere sobre una versión bastante alejada en esencia de su concepción original. Cabría decir que de la triple nómina que firma esta revisión, entre la primigenia, el filtro y el propio revisor, es la del mismo Bach la que resultaría prácticamente excluida de la misma. Fría respuesta de una asistencia que mostró su falta de convicción ante lo escuchado.

La posterior Sinfonía de Cámara nº4 op.153 de Mieczyslaw Weinberg contaría con la intervención solista al clarinete de Mate Bekavac. Una composición dividida en cuatro movimientos cuyo perfil expresivo de carácter meditativo y sugerente, posee reminiscencias de un lenguaje cercano a la Pregunta sin respuesta de Charles Ives, al tiempo que se posiciona dentro de esa corriente de obras que a finales del S. XX resultaban opuestas a la vanguardia musical más radical. Podría ser oportuno el valorar hasta qué punto toda música que busca refugio en lenguajes anteriores (no continuadores y evolucionados de una tradición tonal como en su momento lo fue Shostakovic) con casos como el del propio Weinberg, fallecido en 1996 o ya en la actualidad con el británico Karl Jenkins, vulnera e invade la primacía de quienes asumiendo los riesgos de siempre comenzaron a transitar aquéllos caminos para que después otros osen a usurpar y sustituir su mérito quizá de un modo que merece la sospecha de pretenciosidad. Sobre todo si se atiende en parte a la fidelidad general del público a los preceptos tonales y acaso modales frente a la búsqueda y exploración de lo estrictamente contemporáneo, siempre más allá del ansia que en algunas ocasiones ha invadido el espíritu de la vanguardia deformando alguna vez el propósito con el resultado. Valga la reflexión. Sea como fuere, la composición de Weinberg posee su propio valor y es dueña de una belleza incuestionable. En todo caso, su lectura no mantuvo un recorrido regular, carente de un empaque interpretativo sólido en cuanto a su cuerpo sonoro, pobre en relieve dinámico, excesivamente melifluo al inicio, apenas suficiente para sostener las sutiles líneas de un edificio polifónico que no terminaría de exprimir el carácter meditativo de su expresión con claridad en una obra en que la concepción ciertamente estática de su escritura, conduce al riesgo de caer en una planicie expresiva carente de direccionalidad en su discurso. Una expresión que no obstante fue cobrando intensidad, especialmente en su tercero Adagio y un sobresaliente Andantino final que sí consiguió hallar el epicentro de su significación, deteniéndose en los detalles tímbricos enriquecedores de su aire evocador. Algo logrado en buena parte por los diálogos protagonizados por las partes solistas, sobre todo la correspondiente a la destacada del clarinete. Un papel que sin alardes y con algún ligero desajuste de afinación estuvo bien defendido por Bekavac, valorizando las cualidades sonoras de su instrumento frente al conjunto y que el público reconoció quizá muy acaloradamente como al resto de la formación.

© Kulturni dom Franca Bernika. El clarinetista Mate Bekavac

Aunque el verdadero acaloramiento general sobrevino cuando la gran “anti” diva del teclado entró en escena tras la pausa. Su sola e imponente presencia es capaz de apoderarse de cualquier ánimo e incluso expectativas, haciéndolas necesariamente buenas a veces frente al espíritu crítico, algo casi inevitable y que puede estar justificado por una trayectoria y vida musical reservada a su condición de mito viviente. Pero no conviene perder de vista la humana conditio.

Y cómo no, como ya sucediera en una de sus últimas visitas, presentaría obras que ya constan casi como franquicia propia, hay más, pero la Partita nº2 en Do menor BWV 826  de J.S. Bach y el Concierto para piano nº1 en Mi bemor mayor, S. 124 de Franz Liszt se hallan impregnados por la indiscutible impronta de su ya eterno legado.

Y eso que dentro de la energía cósmica que invade el escenario cuando aparece, se percibió a una Argerich con apresurada inquietud y casi desgana, de hecho comenzaría a tocar sin llegar a sentarse aún en la banqueta, como si quisiera despachar un compromiso más lo antes posible sin mayor esfuerzo y poner rumbo al aeropuerto o incluso como alguien que se encuentra distante dando respuestas automáticas en una conversación que no es tal. Quizá influyese en ello el hecho de que la sala no estuviese del todo llena. Porque sus tempi siempre han sido animados y su ataque contundente, pero el Grave  y el Andante de la Sinfonía, pasando por la Allemande y la Courante fueron visto y no visto, aunque de una autenticidad estilística y pureza musical tan fuera de lo común como su propio don. Entonces pareció reparar en que el calor que provenía de las butacas merecía mayor atención para hacer visible y por supuesto audible el lado al que se encontraban los mortales. A pesar de no ser la mejor de sus versiones, no sería necesario a partir de aquí realizar ninguna valoración interpretativa más allá de un hecho: era Martha Argerich tocando Bach, su Partita nº2, y no la del infinito compositor nacido en Eisenach, sino la que ya pertenece a ambos. El Rondeaux y Capriccio finales fueron una muestra indeleble de ello.  Imposible no advertir el equilibrio entre voces y la indefectible articulación del discurso sonoro provisto de una robustez y belleza tímbrica sin par. Por supuesto, ovación desbordada.

El Concierto nº1 de Liszt protagonizaría la algarabía final, en la versión con orquesta de cuerda de Gilles Colliard, que suple con garantías la ausencia del resto de secciones del original, sin llegar a prescindir del detalle tímbrico del triángulo, imprescindible en la expresión e identidad del tercer movimiento, para que luego digan. De nuevo la pianista argentina atacaría con la rotundidad que le caracteriza, en un inicio algo impreciso del Allegro maestoso pero único desde su sentido y carácter, dirigido magistralmente sin más gesto que el instinto musical salvaje de la solista y del propio discurso marcando el camino. El modo en que Argerich tiene interiorizada la música del húngaro es digno de una médium espiritual en contacto con el más allá. Inefable el Quasi adagio desde su delicado lirismo, con algún detalle de esos que dejan huella como fue el trino y arpegiado durante el solo de chelo, simplemente de otra galaxia. Así como la manera de regular dinámicas en un control de la pulsación inexplicable en términos lógicos de capacidad humana, como se pudo apreciar en el Allegro vivace-Allegro animato cuya vuelta al tema principal fue otro de esos instantes que perduran en la memoria gracias a esta elegida de la naturaleza. La Kremerata puso toda la carne en el asador para la conclusión en el Allegro marziale animato, en una excelente conducción conjunta atenta a destacar todos los contrastes tímbricos y planos de cada pasaje, en un deleite continuo con Liszt y sus hacedores en estado de gracia. Apoteosis musical con un público en pie completamente entregado y desgañitado en bravos.

© Laura Szenkierman. Saludo de Argerich y la Kremerata Baltica a la finalización del concierto.

Con todo aún habría para un poco más, con una vertiginosa Gavotte II de la Suite Inglesa nº3 en Sol menor de Bach y tras un episodio curioso, en que Argerich parecía advertir al concertino de la formación de su deseo de acabar frente a la petición del público, ofreció un poco a regañadientes pero con generosidad absoluta la Sonata en Re menor K. 141 (L. 422) de Domenico Scarlatti. Hay que entender que los intérpretes son humanos, no reproductores automáticos, y por muy grandes que sean y mucho que se les adore, también se agotan por el esfuerzo realizado y necesitan concluir.

Gran final de temporada, con este concierto “doble” en el que quedó claro que dos por uno es igual a una: “la única”.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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