Audioclasica

09-I-2020 A media luz…

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2020. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA JAN LISIECKI, piano Obras de Bach, Mendelssohn, Chopin, Rubinstein y Beethoven. Aforo: 2.324  Asistencia: 60% Nueva temporada de Grandes Intérpretes, y no una más, el ciclo organizado por Scherzo alcanza con esta la admirable cifra de veinticinco temporadas. Toda una hazaña en los tiempos que corren pese a estar consagrado a un instrumento que como solista ha sido, sino el que más, muy probablemente uno de los más venerados y aclamados a lo largo de la historia. Desde que un 18 de abril de 1996,…

© Christoph Köstlin/DG

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2020. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

JAN LISIECKI, piano

Obras de Bach, Mendelssohn, Chopin, Rubinstein y Beethoven.

Aforo: 2.324  Asistencia: 60%

Nueva temporada de Grandes Intérpretes, y no una más, el ciclo organizado por Scherzo alcanza con esta la admirable cifra de veinticinco temporadas. Toda una hazaña en los tiempos que corren pese a estar consagrado a un instrumento que como solista ha sido, sino el que más, muy probablemente uno de los más venerados y aclamados a lo largo de la historia. Desde que un 18 de abril de 1996, Grigori Sokolov, probablemente el pianista vivo más grande y verdadero estandarte por su fidelidad al ciclo y en el que estará una vez más, lo inaugurase tocando a Bach, por la tarima de la Sala Sinfónica del Auditorio capitalino ha desfilado hasta hoy la más alta representación del teclado a nivel mundial, contando también con una imprescindible y espléndida presencia de insignes pianistas españoles. Leyendas, emergentes promesas, figuras consagradas y algún que otro cometa fugaz del que se perdió su estela con el paso del tiempo, conforman desde diferentes generaciones la larga lista de nombres ilustres del teclado con los que cuenta su ya dilatado archivo histórico de participaciones. Algo que sin duda, ha permitido asistir y ser privilegiados testigos de una extraordinaria evolución en la concepción misma del instrumento. Los participantes para esta temporada tan especial vienen a constatarlo de nuevo, con una pléyade de nombres a cada cual más relevante e interesante.

El peso de la responsabilidad para alumbrar esta andadura recaería en el joven valor Jan Lisiecki, un signo del cambio generacional impulsado desde la Fundación, habida cuenta del pequeño ciclo que se celebra de manera paralela dedicado a esos nuevos valores, y que pese a su mocedad firmaba así su segunda presencia en el grande de Scherzo. Quizá sea una mera coincidencia pero es sin duda significativo que el canadiense de ascendencia polaca haya sido el encargado de inaugurar las bodas de plata del ciclo cuando él mismo también cumplirá en breve el cuarto de siglo. Apenas un mes de vida tenía cuando Sokolov bautizaba el ciclo en aquel ya lejano año 1996. Sin embargo, tanto Lisiecki, aún no del todo reconocido en el panorama concertístico, como el propio programa, a duras penas soportaron el peso de semejante acontecimiento, más aún ante el ambiente de una sala tristemente muy poco poblada para la ocasión, algo que quizá también pudiese estar condicionado por ser en fecha tan cercana a la reciente festividad navideña.

En cuanto al programa, no careció de interés o coherencia en su propuesta tanto como de cierta enjundia, que si no en su conjunto, sí pudo resultar poco consistente en la configuración de sus unidades, pudiendo ser más propio de una audición académica que de un recital de primer nivel. Un recorrido en torno a la proverbial forma breve del romanticismo, a excepción de un atípico Bach, pero Bach a fin de cuentas. Tono intimista salpimentado por la forma del Capriccio como hilo conductor. Mendelssohn, feliz rescatador del sabio de Eisenach y la música de Chopin, ejercerían el papel de protagonistas en pleno aniversario de un Beethoven que contó con una testimonial y acaso frívola presencia situada junto al fulgurante y “propinístico” virtuosismo de salón firmado por Anton Rubinstein.

Todo bajo una apropiada y tenue iluminación a la postre metafórica por lo vivido, y con la que el pianismo de Lisiecki transitó de manera ciertamente desigual por las páginas propuestas. El pianista nacido en Calgary posee una indiscutible sensibilidad y elegancia, algo rígida incluso, que traslada al teclado para revestir su sentido de la interpretación de un cristalino preciosismo sonoro que en ocasiones puede llegar a dejar cierta impresión de superficialidad, más a la hora de reparar en una mayor atención y cuidado que emerge de los detalles expresivos de la escritura y calan en la psicología de las obras. Si bien mostró un brillante sentido del discurso sonoro, manejado con fluidez y tempi acertados, dejó destellos verdaderamente deslumbrantes, entremezclados con sorprendentes arrebatos no demasiado justificables. Una música que independientemente del estilo, parecía pertenecerle a ráfagas sin lograr un equilibrio deseable que también podría reclamar a su vez una mayor dosis de talante artístico en la complicidad con la obra y su instrumento. Pecados veniales de juventud que previsiblemente limará en una madurez más que prometedora. Un caso muy cercano al de su casi coetáneo Juan Pérez Floristán, presente en el ciclo el curso anterior.

Comenzaba la velada con el Capriccio en Si bemol mayor, BWV 992 de un Johann Sebastian Bach desenfadado, casi un oxímoron tratándose del Cantor de Leipzig pero que una vez más rinde cuentas con su infinita sabiduría. Lisiecki se dispuso a capturar la singularidad de estas páginas con vigorosidad, especialmente atento a su expresión, como fue en un sutil Adagiosissimo, un movimiento cuya indicación nos da la idea del rasgo pintoresco de esta composición en su inabarcable catálogo, y siempre asentado en torno a una límpida claridad de planos, destacando el perfil orquestal de su entramado contrapuntístico, de lo que es ejemplo su última Fuga all’imitatione della cornetta di Postiglione, brindada con una llamativa intensidad desde su gesto que no obstante desembocó en una cierta planicie falta de contraste entre secciones. La misma con la que se resintió la colección de las seis Canciones sin palabras, Op. 67, de Félix Mendelssohn, cuya perfección tímbrica no llegó a adentrarse en el aliento poético de las tres primeras desde un fraseo de escaso recorrido contrarrestado por un soberbio impulso rítmico decisivo a partir de la cuarta Presto: Spinnerlied que abrió el camino para un mayor calado expresivo en las dos últimas. Volvería a la superficie con Chopin en su pareja de Nocturnos, Op. 27, desprovistos del acento esencial del polaco, más intensos en su gesto que en la propia interpretación, aunque no sin instantes espléndidos tan rescatables como el crescendo de la sección central del primero o el final del segundo. Dejando algún que otro desajuste aparte, mantuvo un fino sentido del rubato siempre sobre unos pintiparados tempi y una superlativa sonoridad que volvía a encontrar a su peor enemigo en otra de esas estelares y súbitas intervenciones regaladas por los móviles fuera de control en manos irresponsables. Beethoven asomaría a modo de cameo con un centelleante Rondo a capriccio en sol mayor, Op. 129, de sólida contundencia y firmeza rítmica en la que Lisiecki exhibió un poderoso dominio técnico no ajeno a los detalles que apuntalan su desarrollo pero falto de gracejo a favor de una ligereza meramente virtuosística.

En el también Rondo capriccioso en Mi mayor, Op. 14, nuevamente de Mendelssohn, con el que llegaba al descanso e inefable por su belleza inicial, la lectura de Lisiecki permitió apreciar el encuentro entre el carácter romántico y la concepción clásica del compositor alemán, al tiempo que dejó entrever el aire hermético del canadiense sobre un piano tan efervescente como retraído, brillante pero intermitente en su traslúcida visión interpretativa no exenta de astucia en dar con los puntos estratégicos de la partitura, aún desde un predominante virtuosismo que no alcanza la profundidad que desvela el misterio último al que sin duda el tempo le hará llegar. Sentido virtuosístico válido para páginas más ligeras como el casi anecdótico sin menoscabo de su autor Anton Rubinstein, Valse-Caprice en Mi bemol mayor, con el que reanudaba la sesión. Deslucido por un exceso de efusividad que condujo a una audible secuencia de imprecisiones. Una corriente vertiginosa que arrastró a los siempre complejos Nocturnos Op. 62 de un Chopin que vio aún más resentida su aura evocadora que en sus anteriores compañeros de serie, desprovistos de expresión a pesar una vez más de sublimar determinados momentos. De nuevo se podía advertir ese “permafrost” en su expresión ora errático ora superficial, al margen de su calidez sonora y perfección técnica.

Lejos del desaliento, el esprín final apuntaba a remontada épica, y así fue con una magnífica versión de las Variation Sérieuses, Op. 54 del vencedor de la velada, Félix Mendelssohn, en una progresión en la que por fin la brillantez sonora encontraba su justo correlato en la propia intensidad de la expresión, pleno en el sentido y carácter de cada variación, especialmente las últimas, absolutamente arrolladoras, como si se hubiera estado reservando durante todo el recital para esta obra. Sin embargo regresaría la incertidumbre para el cierre con la Balada nº4, Op. 52 de Chopin, que resumió las luces y sombras comentadas a lo largo de una cita en la que los oídos transitaron de manera permanente entre lo sublime y lo inerte. Acogida moderada de un público del que una parte, y eso que era poco, debería controlar sus impulsos y descuidos, ante una nómina de ruidos que esta vez hizo rozar el bochorno. Una poco reclamada y solitaria propina devolvió a Bach con una hermosa versión del Aria inicial de sus Variaciones Goldberg para sellar una inauguración de aniversario a media luz…

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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