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24-I-2020 El efecto Electra

València Temporada 2019/2020. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal Doris Soffel. Iréne Theorin. Sara Jakubiak. Štefan Margita. Derek Welton. Max Hochmuth. Michael Pflumm. Bonifaci Carrillo. Miranda Keys. Eva Kroon. Evgeniya Khomutova. Emilie Pictet. Aida Gimeno. Larisa Stefan. ROBERT CARSEN, director de escena. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANCESC PERALES, director. ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. MARC ALBRECHT, director musical. Richard Strauss: Elektra Aforo: 1412 Asistencia: 95% Al inicio del siglo XX dos escritores coincidieron en subir a las tablas sendas adaptaciones del drama de Sófocles titulado Electra. En 1901, Benito Pérez Galdós, de quien se celebra el centenario…

Ópera Elektra de Richard Strauss. Les Arts. Fotografías: Miguel Lorenzo / Mikel Ponce.

València

Temporada 2019/2020. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal

Doris Soffel. Iréne Theorin. Sara Jakubiak. Štefan Margita. Derek Welton. Max Hochmuth. Michael Pflumm. Bonifaci Carrillo. Miranda Keys. Eva Kroon. Evgeniya Khomutova. Emilie Pictet. Aida Gimeno. Larisa Stefan. ROBERT CARSEN, director de escena. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANCESC PERALES, director. ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. MARC ALBRECHT, director musical.

Richard Strauss: Elektra

Aforo: 1412 Asistencia: 95%

Al inicio del siglo XX dos escritores coincidieron en subir a las tablas sendas adaptaciones del drama de Sófocles titulado Electra. En 1901, Benito Pérez Galdós, de quien se celebra el centenario de su fallecimiento, estrenó su propuesta en el Teatro Español de Madrid. Dos años después, Hugo von Hofmannsthal hizo lo mismo con la suya en el Kleines Theater de Berlín. A pesar de que, lógicamente, cada obra difiere por su contexto, ciertas concomitancias entre ellas son evidentes. El fondo de la de Galdós es la pugna entre la ciencia y el integrismo religioso en plena Restauración alfonsina. Hofmannsthal apunta hacia la histeria y la violencia atemporal, una violencia diferente a la anterior, desde una lectura freudiana de la psique. Ambos mundos son oscuros. “Oscuro y mentiroso”, añadió Galdós; repelente de la razón.

En este punto se les unió Robert Carsen al transformar el texto alemán en una suerte de diálogo interior de la protagonista y el escenario en la materia gris que lo presencia. Es decir, cada uno de nosotros. El movimiento de una veintena de bailarinas, entre las que se reparten las doncellas y sirvientes del palacio micénico, fue plástico, preciso y significativo. Como elementos simbólicos aparecieron la tumba de Agamenón, su cuerpo putrefacto cual Cristo crucificado, la cama de Clitemnestra y el arma homicida. El vestuario era negro, excepto el de los amantes, y tenebrosa la iluminación. Con todo, Electra cayó en bucle en su propio pensamiento y nos hizo partícipes de su dolor (“Yo pertenezco a mi dolor”, remarcaba Galdós). Y así, desde su categoría de hermana mayor, impresionó por como utilizó sus armas, un “odio recóndito”, para convencer a sus hermanos de que el parricidio era inevitable. Empero, al final afirmará: “He sembrado tinieblas”.

Con su fino olfato teatral, Richard Strauss escribió una música de la que se dijo que era tan abominable como fea: “La orquesta protesta demasiado”. Pero Elektra es tan hija de Tristán, como de Hector Berlioz, cuyo Tratado de instrumentación revisó el bávaro poco antes de comenzarla (Instrumentationslehre, Hector Berlioz and Richard Strauss, Leipzig: Peters, 1905). Hoy, no resulta extraño su cromatismo, sus disonancias y su tonalidad límite. Sobre todo, en manos de Marc Albrecht, quien obtuvo en algunos pasajes una sonoridad exuberante, similar a la de El castillo del duque Barbazul, de Béla Bartók. Por otra parte, al condensar en extremo algunas texturas se pudo otear el ruidismo que llegaría años después. Sin embargo, también hubo momentos de trompas aterciopeladas, graves mullidos y ricas maderas en los que el director rubateó con sumo gusto y cuidado en no tapar a las voces.

Iréne Theorin como Elektra en Les Arts. Fotografías: Miguel Lorenzo / Mikel Ponce.

Iréne Theorin fue más lírica que visceral. Desarrolló un rol protagónico bien compuesto y de hermoso canto, que no siempre sobrepasó la densa polifonía instrumental. Máxime cuando tuvo que cantar en posiciones que le impedían proyectar su sonido. Por otra parte, se comentó que estaba enferma. Sara Jakubiak confeccionó una Crisotemis nerviosa e inquieta ante la situación. No dejó de moverse. Algunos graves le desaparecieron, pero sorprendió por su holgado caudal y vigorosa proyección. En la primera conversación con su hermana dejó muy claro su cometido: “Soy una mujer y quiero vivir el destino de una mujer. Es preferible morir, antes que vivir sin vivir”. Un aspecto que Galdós dejó para la propia Electra: “Dios me hizo mujer. Yo soy muy terrestre”.

Doris Soffel transmitió convincentemente la intención del compositor, ya que le demanda arrastrar algunas sílabas y decir otras con voz hueca en clara alusión al carácter de Clitemnestra. Derek Welton fue un Orestes completísimo y Štefan Margita un Egisto histriónico, de pulquérrima dicción. El conjunto de doncellas, aun en su excelencia, resultó irregular según la colocación de cada una de ellas en el escenario y la intervención desde platea del Cor de la Generalitat produjo una sonoridad estremecedora.

La producción era esperada y el público la disfrutó. Desde Salomé, hace una década, no sonaba en Les Arts música de Richard Strauss y, por extensión, repertorio netamente germánico, léase de cariz wagneriano. Jesús Iglesias Noriega parece haber fiado al “efecto Electra” el éxito de su primera temporada y lo ha obtenido. Un curso bien diseñado y pegado a la realidad, aunque no por ello exento de interés. Elektra tenía un peligro. Como argumentó Galdos: “destruye, trastorna e ilumina”. En el anecdotario queda que el estreno de su drama se llevó por delante al penúltimo gobierno de Práxedes Mateo Sagasta y el último se denominó “Gabinete Electra”. Pero con estos mimbres no fue el caso. Más bien lo contrario: alumbró de nuevo sobre la condición humana y, además, sobre el arte de programar.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI

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