Audioclasica

24.III.2012. Generoso maestro Sokolov

Generoso maestro Sokolov. Filarmónica Nacional de Varsovia. Sala de conciertos. 24-III-2012. Jean-Philippe Rameau : Suite en Re. Wolfgang Amadeus Mozart: Sonata KV 310 (300 d). Johannes Brahms: Variaciones sobre un tema de Handel op. 24, 3 Intermezzi op. 117.   Varsovia. Filarmónica Nacional de Varsovia. Sala de conciertos. Temporada 2011/2012. 24.III.2012.   Jean-Philippe Rameau: Suite en Re. Wolfgang Amadeus Mozart: Sonata KV 310 (300 d). Johannes Brahms: Variaciones sobre un tema de Haendel op. 24, 3 Intermezzi op. 117. Varias Propinas.   GRIGORY SOKOLOV, piano   Aforo: 1.070 Asistencia: 100%     Sentir y saber que se está escuchando a una leyenda viva no…

Generoso maestro Sokolov. Filarmónica Nacional de Varsovia. Sala de conciertos. 24-III-2012. Jean-Philippe Rameau : Suite en Re. Wolfgang Amadeus Mozart: Sonata KV 310 (300 d). Johannes Brahms: Variaciones sobre un tema de Handel op. 24, 3 Intermezzi op. 117.

 

2 VARSOVIA_03-24-12_SokolovVarsovia. Filarmónica Nacional de Varsovia. Sala de conciertos. Temporada 2011/2012.

24.III.2012.

 

Jean-Philippe Rameau: Suite en Re. Wolfgang Amadeus Mozart: Sonata KV 310 (300 d). Johannes Brahms: Variaciones sobre un tema de Haendel op. 24, 3 Intermezzi op. 117.

Varias Propinas.

 

GRIGORY SOKOLOV, piano

 

Aforo: 1.070 Asistencia: 100%

 

 

Sentir y saber que se está escuchando a una leyenda viva no es algo que ocurra con frecuencia. Presenciar una ejecución de movimientos exactos y perfectos, es más que un prodigio. Todo eso ocurrió en la velada del pasado viernes en la Filarmónica varsoviana. Un concierto histórico, de esos que se recuerdan con los oídos, las pupilas y el espíritu.

La iluminación de la sala, inusualmente discreta y recogida, sumió en silencio a un auditorio repleto y sediento. La hora justa marcaba el reloj, se cerraron las puertas y hubo unos instantes de expectación, casi podría decirse que fueron minutos por los murmullos y sonrisas cómplices. El maestro se hizo esperar, con ese toque ceremonial y algo divertido con el que nos transmiten los grandes su próxima actuación. Salió directo al piano, casi saludó por cortesía. Y comenzó su intrépida marcha con Rameau. Ni un momento de duda ante el instrumento, la silla, las manos. Sentarse a tocar –a escuchar- éso hizo. Y del mismo modo se fue.

La interpretación de Rameau que abrió el concierto fue la que más se retuvo en la memoria. Una maratón de trinos precisos y abrumadoramente perfectos se escucharon a lo largo de la dilatada obra. Ni un error, ni una duda, ni un segundo de desconcentración o abatimiento. La máquina del piano se transformó en instrumento de mover afectos, y los matices, timbres y rectitud de interpretación, fueron como presenciar un milagro.

La coreografía de las manos era digna de admirar: ataques a vista de pájaro, incidiendo sobre la tecla en el momento justo, con la precisión exacta, y en un vuelo en picado de salto mortal difícilmente de describir. Pedales austeros, sonoridad brillante. ¿Cómo hacer que un piano suene tan exquisitamente bien que no se eche de menos al clave? Esa respuesta solo la tiene Sokolov. El público lo único que pudo hacer humildemente fue deleitarse ante el acontecimiento y admirar el delicioso momento reservado solo para ellos.

Mozart estuvo en cuerpo y alma. En una ejecución casi divina, en una transmisión que el propio maestro salzburgués hubiese aplaudido. Una apuesta arriesgada en las gamas de matices, sacando del piano contrastes que sin embargo no espeluznaban, sino que provocaban una delectación ensimismada.

La guinda fue Brahms. Qué recorrido por el teclado a lo largo de los siglos, con nombres tan significativos, con pìezas tan trascendentales, con sonoridades tan ilustrativas de la literatura del instrumento- una orquesta entre diez dedos-. Aquí ya se apreciaron las densidades y profundidades del romanticismo destilado –asimilado y hecho de sí- del maestro, de la madurez de unas obras de calado casi existencial.

Deliciosas líneas melódicas marcadas en contrapuntos que se funden y se destapan, con la sencillez del que sabe lo que dice y cómo lo hace. Los legatos en cada una de las capas del entramado reconocían detrás unos dedos que obedecían a una mente tan aguda como sensible. Los matices estallaron, en pianissimos que acurrucaron al público y lo dejaron casi sin aliento, hasta fortes que invadieron la sala con una potencia orquestal apabullante.

Un final, el del Opus 117 que sobrecogió en el silencio estático de la noche. El maestro se levantó, saludó una vez más y se fue por donde entró, consciente de que la música ya había terminado, sabiendo que su misión era simplemente esa. Los aplausos retumbaban en la sala, los bravos y silbidos, aunque discretos, trataban de hacerse oír. Y sobre el escenario, el solitario piano, que perdió su sentido y a su dueño.

Salió por fin el maestro, encorvado, humilde, dispuesto. Todos se arrancaron a levantar, y en ese preciso momento, Sokolov de nuevo ante el piano sin pestañear. Sabiendo ya su decisión ante las 88 teclas blancas y negras, el público en un similar y veloz gesto, se sentó en su asiento a saborear de nuevo la golosina. Y salió Schumann, y de nuevo Rameau, para volver al primero y, acabar – aunque ya nadie siquiera se atreviera a intuir el final- con el ruso Scriabin. Cuatro regalos que ampliaron el concierto con generosidad y corroboraron la circunstancia histórica presenciada.

Y así transcurrió la noche, en un tiempo que desapareció ante la grandiosidad acontecida. Los que tuvieron la oportunidad de saludarlo después, afirmaron que sus ojos estaban llenos de bondad, que su aspecto era benévolo, que su postura denotaba algo de cansancio, y que su mirada transparente transmitía eso que provocan los grandes maestros y que no puede reducirse a palabras. Una lección de humildad, de buen hacer, de rectitud, de agudeza mezclada con serenidad y, lo que distingue a solo unos pocos elegidos: de suma sensibilidad. Gracias maestro por obsequiarnos con este generoso concierto.

 

Inés R. Artola

 

Fotografía: Grigory Sokolov.