Audioclasica

8.VI.12. Del cálido Mediterráneo a la fría estepa soviética

Valencia. Primavera 2012. Palau de la música. Sala Iturbi. 8-6-12   Aforo: 1.817 Asistencia: 75%       Valencia. Primavera 2012. Palau de la Música. Sala Iturbi   8-VI-2012   JOSÉ FRANCH-BALLESTER, clarinete. ORQUESTRA DE VALÈNCIA. RUBÉN GIMENO, director.    Andrés Valero-Castells: Concert Valencià para clarinete y orquesta. Dimitri Shostakóvich: Sinfonía nº 1º en Mi menor, op. 93   Aforo: 1.817  Asistencia: 75%   En el penúltimo concierto de abono Valero-Castells estrenó su Concert Valencià para clarinete y orquesta. Un encargo del Instituto Valenciano de la Música a petición del clarinetista José Franch-Ballester a quién está dedicado. El estreno estaba…

Valencia. Primavera 2012. Palau de la música. Sala Iturbi. 8-6-12

 

Aforo: 1.817 Asistencia: 75%

 

 

 

Valencia. Primavera 2012. Palau de la Música. Sala Iturbi

 

8-VI-2012

 

JOSÉ FRANCH-BALLESTER, clarinete. ORQUESTRA DE VALÈNCIA. RUBÉN GIMENO, director. 

 

Andrés Valero-Castells: Concert Valencià para clarinete y orquesta.

Dimitri Shostakóvich: Sinfonía nº 1º en Mi menor, op. 93

 

Aforo: 1.817  Asistencia: 75%

 

En el penúltimo concierto de abono Valero-Castells estrenó su Concert Valencià para clarinete y orquesta. Un encargo del Instituto Valenciano de la Música a petición del clarinetista José Franch-Ballester a quién está dedicado. El estreno estaba rodeado de gran expectación, ya que sus protagonistas son dos músicos –tres junto al director Rubén Gimeno– de honda raigambre en el mundo musical valenciano y de proyección internacional. A modo de estadística se podrían contabilizar las numerosas caras conocidas que llenaron la Sala Iturbi.

 

José Franch-Ballester es un joven concertista con un palmarés brillante. Por delante tiene una prometedora carrera cuya base de operaciones está en Philadelphia. Posee una técnica inmejorable que le permite desarrollar al máximo su natural musicalidad. Su digitación es virtuosa, su articulación, límpida, y su sonido, aunque no muy grande, maleable, terso y homogéneo. Todo ello se sustenta en un dominio absoluto de la columna de aire y de la respiración (hizo uso de la respiración continua en varias ocasiones). Utiliza un clarinete Backun, una poderosa y moderna herramienta, fabricada por una compañía canadiense especializada, que empezó como una pequeña tienda de reparaciones. Además, cuenta con el respaldo de un importante equipo de representación y promoción.

 

A Franch-Ballester el Concert Valencià le sienta como un guante ya que, además de que la colaboración ha sido estrecha, Valero-Castells ha comprendido la sutilidad de su timbre. Por lo que no ha compuesto una obra de sonoridades robustas, como lo podrían ser las de un clarinetista centro-europeo, sino llena de matices, para uno de tipo americano. Más próximo a un Stoltzman, que a una Sabine Meyer, por ejemplo. En el primer tiempo cita Per la flor del lliri blau, una melodía popular que pone música a una leyenda medieval (utilizada también por Joaquín Rodrigo en su obra homónima para orquesta de 1934) y el Bolero de L’Alcudia. En el tercero aparece la canción reivindicativa Tio Canya, del etnomusicólogo y cantante Vicent Torrent. El Concert Valencià no es descriptivo aunque tres íncipits enmarcan el contenido musical: ‘Cant mediterrani’, ‘Somni d’estiu’ y ‘Cròniques de La Pobla’. Lo que sí posee, como gran parte de la obra de Valero-Castells, es cierto carácter autobiográfico y la calidad necesaria para ser una obra exportable.

 

Por otra parte, aunque el compositor trascribe directamente los tres temas (lo que menos gustó a algunos asiduos al Palau), va más allá de una mera cita. Como Béla Bartók, destila lo popular para crear un aroma entre el cual sabemos que se encuentra ese poso, pero no llegamos a verlo claramente. Es lo más difícil y Valero-Castells lo consigue. Los temas son desarrollados y sus elementos transformados en ritmo, armonía o partes melódicas maceradas con otras ideas temáticas (la partitura está plagada de pequeñas células repetitivas y en el final, festeggiante, estos temas son literalmente desgarrados). Desde su inicio crea una música evocadora, a veces exuberante, y emotiva en el tiempo lento, ‘Delicato’ dice la partitura, que suena como una cajita de música. La obra obtuvo un rotundo éxito dada la cantidad de bravos escuchados, a lo cual contribuyó la seriedad e implicación de Gimeno en el podio y la atención que puso la orquesta.

 

En la segunda parte, la Sinfonía nº 10 de Shostakóvich. Una obra escrita entre la promulgación del Decreto Zhdanov (1948), que vuelve a condenar el formalismo en la música, y el inicio oficioso de la desestalinización de la URSS tras la muerte del dictador. El compositor escapó a las purgas y la tensión vivida se vislumbra en su música. En la Décima Shostakovich (ocho años han transcurrido desde el estreno de la última de sus sinfonías de guerra) retrata el terror, el desconcierto y la desolación de la época. Los dos movimientos finales son más serenos y casi optimistas, aunque no falta el característico y amargo vals que el ruso incluye en muchas de sus obras.

 

Rubén Gimeno dirigió a una entregada orquesta con autoridad. Planteó una versión equilibrada entre la potencia y la introspección y detalló sobremanera las dinámicas. Hizo sonar de forma muy clara tanto a las voces internas como al tema que unifica toda la sinfonía, el famoso DSCH. En el Allegretto consiguió un hermoso fraseo y acabó con un delicioso diminuendo. Narró con mucha atención y pulso firme el último movimiento, detallando todos los temas en la recapitulación. Nos gustó su capacidad de contener al público y mantener la tensión de la obra (también en el concierto para clarinete) entre cada uno de los movimientos. Todos los solistas aportaron un alto nivel.

 

Daniel Martínez Babiloni

 

Pie de foto: Rubén Gimeno sonríe a los músicos de la orquesta.

Crédito: Gerard Poch.