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GIORDANO

ANDREA CHÉNIER The Metropolitan Opera Orchestra. James Levine, director. Pavarotti, Guleghina, Pons, Christin DECCA 074 3421 1 DVD 123 MIN (1997) Subtítulos en inglés, francés, alemán, italiano, español, chino NTSC 4:3 LPCM Stereo DTS 5.1 Surround Imagen: **** / Valoración: **** Distribución: Universal   Andrea Chénier es una ópera particularmente mimada por en DVD. Favorita absoluta de tenores líricos y spinto por los grandes momentos de lucimiento que les ofrece, es relativamente fácil encontrar en soporte audiovisual las interpretaciones de grandes nombres de la segunda mitad del siglo XIX, a comenzar por el mítico Mario del Monaco (Legato, VAI). Los…

D GiordanoANDREA CHÉNIER

The Metropolitan Opera Orchestra. James Levine, director. Pavarotti, Guleghina, Pons, Christin

DECCA 074 3421 1 DVD 123 MIN (1997)

Subtítulos en inglés, francés, alemán, italiano, español, chino

NTSC 4:3 LPCM Stereo DTS 5.1 Surround

Imagen: **** / Valoración: ****

Distribución: Universal

 

Andrea Chénier es una ópera particularmente mimada por en DVD. Favorita absoluta de tenores líricos y spinto por los grandes momentos de lucimiento que les ofrece, es relativamente fácil encontrar en soporte audiovisual las interpretaciones de grandes nombres de la segunda mitad del siglo XIX, a comenzar por el mítico Mario del Monaco (Legato, VAI). Los Tres Tenores no podían faltar tampoco a la cita, y tras la publicación de las encarnaciones de Plácido Domingo (Euroarts, DGG) y José Carreras (Pioneer) llega la de Luciano Pavarotti en su casa discográfica oficial, que recientemente ha recuperado otros títulos procedentes de funciones televisadas desde el mítico coliseo neoyorkino (ErnaniTosca, Un ballo in maschera, L’elisir d’amore), duplicando la alternativa audiovisual de algunos de ellos.

El tenor de Módena ya había dejado testimonio de su poeta en una grabación de estudio parcialmente fallida por la protagonista femenina (Caballé), acompañado de un excelente Nucci y bien dirigido por Riccardo Chailly (Decca, 1984). El presente DVD mejora la buena encarnación ya ofrecida entonces: en 1997 la voz argentina de Pavarotti había ensanchado en el centro sin perder luminosidad en el registro agudo, de manera que no tiene necesidad de ensanchar artificialmente el sonido y puede afrontar más confortable la densa orquestación. Los medios más consistentes no han fracturado la homogeneidad entre registros, ni impiden un canto más matizado que en estudio, con las medias voces marca de la casa, en una interpretación que recuerda más la senda de Bergonzi o Gigli (aunque sin llegar a su nivel de virtuosismo) que no el canto heroico de Corelli o Del Monaco, ajeno a su naturaleza vocal. Como no podía ser de otra forma, brilla en todas sus intervenciones, culminando en un “Improvviso” más conseguido quizás que “Come un bel dì di maggio”, con agudos refulgentes, y con un “Sì, fui soldato” vehemente pero no exagerado. La excepcional calidad de la dicción y la expresividad del acento ponen la guinda a una interpretación canora redonda. Bien es cierto que Pavarotti nunca se ha distinguido como actor, su movilidad sobre el escenario y su capacidad de actuación son más bien escasas. Ciertamente no le favorece que la toma visual privilegie en su caso -e imagino que por estas mismas razones- los primeros planos que acentúan los efectos del maquillaje teatral. Pero, como decía Joan Sutherland en sus memorias, con la voz que tenía tampoco le hacía falta ser un gran actor, le bastaba plantarse en medio de la escena y cantar para conseguir que el teatro se viniera abajo. Dicho y hecho.

Maria Ghuleghina ha hecho de Maddalena di Coigny uno de sus caballos de batalla, habiendo debutado precisamente con la parte en el Metropolitan en 1991. Los medios naturalmente spinto y la plenitud del instrumento la hacen ideal para la parte y, a diferencia de otras colegas con voces grandes, matiza constantemente la interpretación de la aristócrata, en la que alterna los piani y medias voces más delicados con los fortissimi más poderosos. Resulta juvenil, incluso encantadora, con una encarnación llena de fuerza y con un dominio del estilo absoluto, libre de los excesos más denostados del verismo. Para ejemplo, su “Mamma morta”, realmente buena. Más fresca y matizada que en la grabación posterior desde Bolonia con José Cura (TDK, 2006), sería de justicia valorar a partir de ahora su Maddalena por esta grabación.

Hasta donde sé, no había testimonio del Carlo Gérard de Juan Pons, ni en estudio ni en directo. Este DVD muestra una interpretación sentida, con medios menos atractivos que los de otros colegas como Cappuccilli o Milnes, pero no por ello menos adecuados. Su criado es más humano y matizado que resentido, buscando poner de relieve las complejidades del papel. Ya da buena muestra de ello cuando increpa a los nobles en el primer acto, pero sobre todo se crece en el tercero, desde “Nemico della patria” hasta la defensa justa y denostada del poeta frente a los excesos del tribunal revolucionario. No cabe duda de que dentro de la impostación dramática de la función es la mejor vía posible.

En una ópera con tantos comprimarios sorprende el altísimo nivel de los secundarios, cuando es fácil que resulten heterogéneos o descuidados. La primera en llamar la atención es Judith Christin como Condesa de Coigny. Tantas veces confiado a viejas glorias de medios ajados, la cantante revela su edad sin que perjudique en lo esencial a su canto, desplegando además una actuación entre lo cómico y lo patético. Stephanie Blythe, entonces menos conocida, tiene unos medios impresionantes para la vecchia Madelon -si acaso se puede objetar que suena demasiado joven- y centra toda la atención en su intervención. No queda atrás tampoco la fresca mulata Bersi de Wendy White, devota de su señora. Igualmente impecables los compañeros masculinos. Paul Plishka, que tantos grandes papeles ha encarnado en el Met, está simplemente perfecto como el viejo revolucionario sans-culotte Mathieu, dando mayor relieve del habitual al papel. Por su parte, el francés Michel Sénéchal, experto tenor de carácter, aporta toda su sabiduría con casi setenta años al escurridizo Incredibile. Los actores están magníficamente escogidos, con fisionomías perfectas para sus cometidos.

James Levine ya había consagrado al disco la que posiblemente sea la mejor dirección de la obra (RCA, 1976). Dos décadas más tarde la función del Met resulta menos vibrante, pero igual de equilibrada en su alternancia entre el lirismo más melódico y los contrastes dinámicos más fuertes. Hay que resaltar la continuidad narrativa de que dota a una partitura con momentos irregulares, culminando perfectamente en unos clímax dramáticos que algunos desdeñan por evidentes, pero que resultan perfectamente naturales y teatrales bajo su batuta. La orquesta -¡qué bien los detalles instrumentales!- y el coro del Met responden a una, con evidente complicidad.

La producción de Nicolas Joël es absolutamente tradicional y realista -ya se sabe que el público del teatro americano no lleva bien las puestas en escena trasgresoras- funcional en su uso del espacio y en su concepto, permitiendo un desarrollo dramático y musical fluido.

 

Raúl González Arévalo