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BRAHMS – BERG

CONCIERTOS PARA VIOLÍN Orquesta Filarmónica de Viena. Daniel Harding, director. Renaud Capuçon, violín Virgin 50999 9373962 5 DDD CD 67:14 2011 Sonido: *** / Valoración: *** Distribuidor: EMI   La trayectoria discográfica brahmsiana del violinista francés Renaud Capuçon ha trazado hasta la fecha un más que solvente recorrido. En el ámbito de la música de cámara –en el que es especialista, gracias entre otros motivos a su intensa colaboración con maestras de la talla de Martha Argerich– tiene ya en su haber las Sonatas junto al pianista Nicholas Angelich (Virgin, 2004), los Tríos (Virgin, 2003) y los Cuartetos con piano…

A BrahmsBergCONCIERTOS PARA VIOLÍN

Orquesta Filarmónica de Viena. Daniel Harding, director. Renaud Capuçon, violín

Virgin 50999 9373962 5 DDD CD 67:14 2011

Sonido: *** / Valoración: ***

Distribuidor: EMI

 

La trayectoria discográfica brahmsiana del violinista francés Renaud Capuçon ha trazado hasta la fecha un más que solvente recorrido. En el ámbito de la música de cámara –en el que es especialista, gracias entre otros motivos a su intensa colaboración con maestras de la talla de Martha Argerich– tiene ya en su haber las Sonatas junto al pianista Nicholas Angelich (Virgin, 2004), los Tríos (Virgin, 2003) y los Cuartetos con piano (Virgin, 2007) –junto a su hermano Gautier y al violista Gérard Caussé– y el Quinteto con clarinete (Virgin, 2006), a los que habría que añadir ya en el ámbito concertante el Doble concierto –publicado junto al Quinteto– con la Gustav Mahler Jugendorchester y el director coreano Myung-Whun Chung.

Apoyado en un dominio técnico y un sentido musical fuera de toda duda, Capuçon ha cultivado un Brahms sobrio e intimista en un sentido que podríamos tildar incluso de bachiano, si no fuera porque la variedad y riqueza de texturas de la obra del hamburgués añade unas posibilidades de juego camerístico más libres y hedonistas de las permitidas en la obra del genial maestro de capilla. Una serenidad que, no obstante, no satisfará a los aficionados que esperen sentir más a flor de piel en esta música el fuego que late en su interior. Llegada la hora del desafiante y reñido Concierto de Brahms, Capuçon lo hace acompañado nada menos que por la Filarmónica de Viena, quizá en un intento por evitar los pequeños –pero sorprendentes en un registro de estas características– desajustes exhibidos por la joven agrupación europea en la citada grabación del Doble concierto.

La asociación de Capuçon con Harding resultaría, a la luz de estas premisas, de lo más pertinente, habida cuenta del estilo escasamente temperamental del director británico, cultivador de un “profesionalismo” que ha resultado mucho más acertado e inspirador en un Britten o un Szymanowski que en un Brahms o un Tchaikovsky –como prueba de lo dicho podemos consultar las neutras y descafeinadas sinfonías brahmsianas dirigidas a la Deutsche Kammerphilharmonie (Virgin, 2007)– pero que sin embargo ha sabido encontrar un tono orquestal fresco, novedoso y atractivo –por su convincente tempranorromanticismo– para los conciertos de Mendelssohn y Schumann en el muy destacable registro al frente de la Mahler Chamber Orchestra (Virgin, 2003), también con Renaud Capuçon en la parte solista.

El Concierto de Brahms que aquí traemos se decanta muy pronto del lado de las expectativas menos favorables –el de las descafeinadas sinfonías–, aunque lo más llamativo del caso es quizá lo poco reconocible que resulta la Filarmónica de Viena en sus manos: lo afeitado de su proverbial virtuosismo, la escasa individualidad de sus voces solistas, el recato y la uniformidad del timbre… solo el puntual repunte del toque ligeramente desabrido –orgiástico– de los violines en el registro más agudo que es una seña de identidad de esta agrupación, diríamos que estamos más en Leipzig, Colonia o Bremen que en Viena.

Ya desde la introducción orquestal del Allegro inicial, Harding parece evitar sugerir la grandeza de concepción de este movimiento, para situarse inmediatamente después en un segundísimo plano frente a un Capuçon que se entrega desde su primer solo a una ensoñación tan poética como ineficaz a la hora de remontar la tensión. Si en algún momento ambos músicos se plantearon llevar a cabo una lectura “camerística” de este épico concierto, quizá olvidaron que esta cualidad no consiste tanto en que la orquesta renuncie a mostrar su dimensión “sinfónica” –volumen, color– como a intensificar la interacción entre ésta y el solista. Como curiosidad, Capuçon hace suya en este registro la cadenza de Kreisler en lugar de la más habitual y ortodoxa de Joachim. Una elección que resulta algo extraña dada la discordancia existente entre la roma serenidad prestada a la obra y el virtuosismo algo descarriado de la cadencia kreisleriana, por mucho que aquí Capuçon se esfuerce –con buen gusto e infalible técnica– en difuminarlo.

Tras un Adagio que se adapta bastante bien a las intenciones poéticas de los intérpretes –a costa de conceder al oboe solista un perfil más bien bajo– el Rondó final es abordado sin estridencias pero con alguna dosis más de espontaneidad. No lo suficiente, en todo caso, para mejorar la impresión global del concierto, tejido con buenos mimbres pero maniatado por una batuta que no encuentra su camino en esta obra y frente a esta orquesta.

El que parece ser el primer registro oficial del Concierto para violín de Berg por la Filarmónica de Viena se ve afectado en mucha menor medida por los problemas apuntados más arriba. En parte, por el tono elegíaco de la obra –más favorable a la digresión poética–, pero también porque aquí Harding no amordaza a la orquesta y se suma al francés en la tarea de desmenuzar el contrapunto y revelar el suave colorido de la obra, atemperando las explosiones expresionistas del Allegro –transmutadas aquí por los ominosos ecos de metales y contrabajos– y conduciendo la obra en el Adagio hacia una disolución de sí misma que quizá de tan explícita acaba por restar efectividad e incandescencia a la coda.

 

Rafael Fernández de Larrinoa