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20.XII.2012. Un Verdi para nuestro tiempo

Temporada de Ópera. Teatro Real. 20-XII-2012.  Giuseppe Verdi: Macbeth Aforo: 1.854 Asistencia: 99%   Madrid. Teatro Real. 20.XII.2012. DIMITRIS TILIAKOS, DMITRY ULYANOV, VIOLETA URMANA, STEFANO SECCO. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. TEODOR CURRENTZIS, director. Giuseppe Verdi: Macbeth Aforo: 1.854 Asistencia: 99%   El paso de Verdi por un coliseo operístico corre en nuestros días un enorme riesgo de convertirse en un ritual decadente y rutinario. Decadente por la falta de disponibilidad de cantantes-artistas capaces de satisfacer con justicia sus exigentes demandas, y rutinario porque a menudo se ha creído -erróneamente- que para conjurar esta decadencia el mejor remedio era impedir…

Madrid Macbeth

Temporada de Ópera. Teatro Real. 20-XII-2012. 

Giuseppe Verdi: Macbeth

Aforo: 1.854 Asistencia: 99%

 

Madrid Macbeth

Madrid. Teatro Real.

20.XII.2012.

DIMITRIS TILIAKOS, DMITRY ULYANOV, VIOLETA URMANA, STEFANO SECCO. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. TEODOR CURRENTZIS, director.

Giuseppe Verdi: Macbeth

Aforo: 1.854 Asistencia: 99%

 

El paso de Verdi por un coliseo operístico corre en nuestros días un enorme riesgo de convertirse en un ritual decadente y rutinario. Decadente por la falta de disponibilidad de cantantes-artistas capaces de satisfacer con justicia sus exigentes demandas, y rutinario porque a menudo se ha creído -erróneamente- que para conjurar esta decadencia el mejor remedio era impedir la renovación de la dramaturgia y su adaptación a las nuevas sensibilidades. Como si el cartón piedra tuviera el poder de preservar las esencias del canto y los culpables de la extinción del gran estilo vocal fueran los directores de escena, y no otras causas mucho más complejas y difíciles de imputar a nadie en concreto.

Gracias a la concurrencia de estas dos circunstancias, desde su reapertura hemos asistido en el Real a distintos títulos verdianos con una extraña y alienante sensación: como si asistiera a un ceremonial fantasmagórico envuelto en amables decorados, mensajes neutralizados, y en el que el público supuestamente más verdiano intentaba restablecer los viejos tiempos de gloria repartiendo vítores y abucheos de forma desaforada a unos cantantes que, en general, no valían tales ditirambos ni merecían semejantes humillaciones. 

Teniendo en cuenta estos precedentes, podemos felicitarnos de haber presenciado esta producción de Macbeth firmada por Dmitri Tcherniakov y dirigida en lo musical por el griego Teodor Currentzis, que pese a sus puntos débiles y aspectos polémicos, ha cumplido sobradamente con el objetivo de revitalizar el mensaje de la obra, demostrar su vigencia en pleno siglo XXI y -ya que le es imposible ennoblecer el canto- al menos a contribuir a que éste sea sincero y orientado a algún propósito.

Tcherniakov es un maestro a la hora de eliminar todo rastro de melodramatismo en el movimiento de los cantantes (que parece tengan grabado en el ADN). Su talento para trasponer las acciones y los gestos a registros de un naturalismo cinematrográfico casan muy bien con el libreto verdiano: No se dan aquí ni la brutal tergiversación de sus Diálogos de Carmelitas ni la incomodidad ante el sentimentalismo tchaikovskyano del Evgeny Onegin. Siguen molestando los figurantes que se parten de risa, se comen una bolsa de gusanitos o se zampan un bocadillo de mortadela mientras un protagonista entona su aria (en la edición en vídeo apenas molestan, pues se les dedica unos instantes, pero en el teatro están todo el tiempo “ahí”, desviando la atención), algunas posibilidades parecen desaprovechadas (que Banco hubiera sido visible fuera del marco del pequeño escenario en las alucinaciones que siguen al Brindis), pero a cambio queda una experiencia nueva del inmortal título verdiano y un puñado de escenas memorables, entre ellas el coro “Patria opressa” o el apoteósico final.

En la parte musical, nos resultó muy grato el Macbeth de Dimitri Tiliakos, una voz reminiscente de la de Renato Bruson (joven), quizá no tan ancha ni densa como se espera de un barítono verdiano, pero de una admirable flexibilidad y, sobre todo, sin trucos. Violeta Urmana dio la sensación (sobre todo en su aria del Acto I) de cantar un rol que no le corresponde a su voz, valiente pero demasiado pesada y sufrida en el agudo. El Banco de nuestro admirado Dmitry Ulyanov demostró una vez más sus imponentes medios, aunque su aria resultó plana en su concepción y requeriría algo más de planificación y escuela. Aparte del Macduff provinciano de Stefano Secco, los bajos del coro merecen una mención especial por sus resonantes graves de campana del coro del Acto IV, el único en el que Currentzis relajó el tiempo que mantuvo al coro desincronizado en la mayor parte de sus intervenciones. Por su parte, el director griego trató de compensar con los apabullantes clímax (Finales de los actos I y IV) el color asordinado que obtuvo de la orquesta a lo largo de la representación.

Un Verdi imperfecto pero plenamente vivo, una gran privilegio que no nos importaría que Mortier concediera a Donizetti o Puccini.

 

Rafael Fernández de Larrinoa

 

Pie de foto: Dimitri Tiliakos en el Finale del Acto II.

Crédito: Javier del Real.