Audioclasica

11.I.2013. Deslumbrante Tchaikovsky

  L’Auditori. 29ª Temporada Ibercámera   11-I-2013   JORGE LUIS PRATS, piano. ORQUESTA SINFÓNICA DEL TEATRO MARIINSKI. VALERI GERGIEV, director.   Obras de Tchaikovsky Aforo: 2.203 Asistencia: 95%   No sé si quedará todavía quien albergue dudas sobre el hecho de que el Tchaikovsky de Gergiev sea una referencia en nuestro tiempo –y no sólo de él–. Si así fuese, podría haberlas despejado asistiendo a este deslumbrante concierto vertebrado sobre dos títulos diversos y distantes –cronológica y emocionalmente– del catálogo del compositor, su Concierto para piano y orquesta n. 1 en si bemol, op. 23 y la Sinfonía n. 5…

 

L’Auditori. 29ª Temporada Ibercámera


 

11-I-2013

 

JORGE LUIS PRATS, piano. ORQUESTA SINFÓNICA DEL TEATRO MARIINSKI. VALERI GERGIEV, director.

 

Obras de Tchaikovsky


Aforo: 2.203 Asistencia: 95%

 

No sé si quedará todavía quien albergue dudas sobre el hecho de que el Tchaikovsky de Gergiev sea una referencia en nuestro tiempo –y no sólo de él–. Si así fuese, podría haberlas despejado asistiendo a este deslumbrante concierto vertebrado sobre dos títulos diversos y distantes –cronológica y emocionalmente– del catálogo del compositor, su Concierto para piano y orquesta n. 1 en si bemol, op. 23 y la Sinfonía n. 5 en mi menor, op. 64. Y es que en él habría comprobado no sólo la profunda comprensión que Gergiev exhibe de la complejidad psicológica y creativa de Tchaikovsky, sino también su capacidad para transmitir todo su drama en su magnitud exacta, sin incurrir en las traiciones de la dulcificación o de la hipérbole. El de Gergiev es un Tchaikovsky sin concesiones, patético en el más pleno y etimológico sentido del término, portentosamente crudo y al mismo tiempo deslumbrante.

La batuta del maestro ruso –sólo metafórica en esta ocasión, puesto que ambas manos anduvieron siempre libres para ejercitar su peculiar expresividad– contó con dos aliados de privilegio. El primero, una Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky absolutamente fantástica en todas sus secciones, desde la exuberante cuerda a los broncíneos metales y a una madera cálida y dúctil; la asombrosa juventud de muchos de sus maestros no es óbice para la madurez de un conjunto que pone de manifiesto además una permanente comunión con su líder. El segundo, el pianista cubano Jorge Luis Prats, un artista que posee sin discusión la “colossal virtuoso force” que Tchaikovsky reconocía en Nikolai Rubinstein, para quien escribiera originalmente la obra. Prats –en quien son reconocibles los rasgos de la escuela rusa en la que se formó– ofreció, en efecto, una interpretación soberbia del concierto, generosa de claridad y vehemencia, en algún momento incluso un punto altisonante. Para la propina recurrió, sin embargo, a unas deliciosas Danzas cubanas de Ignacio Cervantes que le sirvieron a él para demostrar su musicalidad virtuosista e incluso su gracia y al público para darse un respiro tchakovskiano antes de la intensa segunda parte que le aguardaba.

La Quinta fue, en efecto, un prodigio de hondura. Gergiev apenas si se apartó de los tempi que Tchaikovsky describió minuciosa y escrupulosamente en su partitura, pero no necesitó hacerlo para reproducir en la sala la atmósfera de pathos que la sinfonía tiene en tan alta medida como la que habría de seguirle en la producción del autor. Si puede decirse que las tres últimas sinfonías constituyen una suerte de épica interna, la lectura que de ellas realiza Gergiev pone el énfasis en su lenguaje común, de modo y manera que, al apagarse la última nota de la Quinta, uno parece requerir que le siguieran inmediatamente las aterradoras primeras de la Patética. Quizás conocedor de ese efecto, el director escogió para su única propina una página radicalmente diferente, el Preludio del acto I de Lohengrin, con cuya interpretación, igualmente brillante y rabiosamente cromática, acabó de rendir al público en una velada memorable.

 
Javier Velaza

 

Crédito: @ Erich Maier