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9, 16, 23 y 24.II.2013. Mvsica movet affectus

febrero lirico

San Lorenzo del Escorial. Real Coliseo de Carlos III. Febrero Lírico 2013.   9, 16, 23 y 24.II.2013 WOLF MATTHIAS FRIEDRICH, RACHEL ELLIOTT, AGNIESZKA GRYWACZ, MARÍA ESPADA E IÑAKI FRESÁN, voces.     Obras de Haendel, Soler, Telemann, Rameau, Monteverdi, Frescobaldi, Vivaldi y Scarlatti.   Aforo: 348 Asistencia: 45%   Nuestra incursión en la séptima edición del Febrero Lírico de San Lorenzo del Escorial, celebrado durante todos los fines de semana del segundo mes del año, se inauguró el sábado 9 de febrero de la mano del barítono Wolf Matthias Friedrich quien nos ofreció una hermosa lección de profesionalidad. A…

febrero lirico

San Lorenzo del Escorial. Real Coliseo de Carlos III. Febrero Lírico 2013.

 

9, 16, 23 y 24.II.2013

WOLF MATTHIAS FRIEDRICH, RACHEL ELLIOTT, AGNIESZKA GRYWACZ, MARÍA ESPADA E IÑAKI FRESÁN, voces.

 

 

Obras de Haendel, Soler, Telemann, Rameau, Monteverdi, Frescobaldi, Vivaldi y Scarlatti.

 

Aforo: 348 Asistencia: 45%

 

Nuestra incursión en la séptima edición del Febrero Lírico de San Lorenzo del Escorial, celebrado durante todos los fines de semana del segundo mes del año, se inauguró el sábado 9 de febrero de la mano del barítono Wolf Matthias Friedrich quien nos ofreció una hermosa lección de profesionalidad. A pesar de padecer significativos problemas de salud, logró defender más de una hora de música. Esto se tradujo en evidentes problemas técnicos entre los que destacamos la total falta de potencia en los graves (perceptibles en varias ocasiones sólo a través de la dicción de consonantes al final de notas prolongadas) y, en menor medida, de control en los agudos. Pero, ¿cómo es posible lograr sostener semejante programa con tales carencias? La respuesta la encontramos en un viejo argumento: gracias a una intensidad musical resultado de una apasionada entrega al texto (musical y literario) que, desde luego, consiguen que el oyente se sobreponga a casi cualquier problema técnico. Además, un brillante repertorio nutrido de obras de Haendel, Telemann y Caldara, así como el buen acompañar de Markus Märkl al clave y Sören Leupold a la cuerda pulsada, consiguieron sustentar una digna velada. Mvsica movet affectus: la música debe mover los afectos, conmover, zarandear el alma humana a lo largo y ancho de las diferentes pasiones. Este es el más importante de los planteamientos estéticos que rigen la creación artística durante los siglos XVII y XVIII. Tal es lema que debe marcar el objetivo, el fin último y eso es algo que Friedrich y sus acompañantes entienden bien. Al entrar por primera vez en la sala pudimos ver sobre el escenario, escrito en la tapa del clave que nos acompañó durante todo el ciclo, la máxima latina a modo de advertencia.

Casi providencial o, incluso pedagógico, podríamos calificar el concierto del sábado 16 de febrero, ya que se reveló como un acontecimiento musical, por así decirlo, complementario respecto al anterior. Las sopranos Rachel Elliott y Agnieszka Grzywacz, acompañadas hábilmente por Alberto Martínez Molina y Patricia Mora, nos ofrecieron un exquisito programa compuesto por obras del Barroco Temprano: Monteverdi, Frescobaldi y Caccini, fundamentalmente. Los componentes del grupo Hippocampus dispusieron dos claves y un órgano positivo sobre el escenario con el objetivo de lograr un efectivo contraste tímbrico alternando cuerda y viento. Pues bien, nos encontramos, como anticipábamos, ante la otra cara de la moneda ya que ambas sopranos poseen una técnica depurada, una hermosa voz, buen control del aire, buena dicción, articulan con coherencia musical…, pero de afectos, poco. Resultó paradójico escuchar el celebrado prólogo concebido por Monteverdi para su Orfeo acometido sin el decoroso apasionamiento. Quizá hubiese bastado con volver la vista hacia los músicos y sus instrumentos para reencontrarse nuevamente con la máxima que marca el camino: Musica movet affectus. Así pues, el buen oficio y entendimiento de los acompañantes no pudo paliar esta carencia de las cantantes. Además, hay que destacar importantes problemas de afinación en los instrumentos (según lamentó la clavecinista) derivados del calor emitido por los potentes sistemas de iluminación que impedían el correcto empaste entre el órgano y el clave. No se puede luchar contra los elementos. Ambos conciertos nos permiten ilustrar un viejo debate presente hoy y siempre en los conservatorios: técnica frente a emoción.

Las máximas expectativas estaban, sin ningún género de dudas, volcadas en el concierto del sábado día 23, teniendo en cuenta que en este escenario habían sido citadas figuras tan mediáticas como los hermanos Zapico y María Espada. Una vez más, Haendel y Scarlatti compusieron el grueso del programa. Pues bien, conviene puntualizar algunas cosas: en primer lugar cabe decir que, quizá, éste fue el concierto más brillante de todo el ciclo. En segundo lugar, no podemos perder de vista que María Espada es una soprano de arrolladora personalidad musical, con un precioso timbre (de un dramatismo y belleza poco habitual en su registro grave, por cierto) y con una técnica tan depurada que –precisamente– consigue que uno olvide cualquier cuestión técnica al oírla cantar, para centrarse exclusivamente en la música. Posiblemente no exista mejor elogio que se pueda dirigir a un intérprete. En esta ocasión, la tapa del clave había sido desmontada por cuestiones técnicas, por lo que nuestro lema no estuvo a la vista de público e intérpretes, pero no hizo falta. En otro orden de cosas, hay que apuntar que los hermanos Zapico tocan bien, tienen ”dedos” como se dice en la jerga y hacen alarde de una gran seguridad sobre el escenario. Ahora bien, puestas sus virtudes sobre la mesa, nos atrevemos a confesar que no logramos entender el porqué de tal éxito mediático y repercusión internacional. Hay que reconocer que la idea de presentar a tres hermanos músicos tocando juntos no deja de ser tentadora para cualquier promotor o discográfica pero, para empezar, no forman un grupo homogéneo en lo que a estilo, sonido y aptitudes se refiere. Además, cabe destacar el que pudiera ser su talón de Aquiles: no terminan de dominar el noble y complejo arte de acompañar al canto, el cual requiere ante todo flexibilidad, discreción. Así pues, si bien en las piezas instrumentales que había programadas sí que podemos hablar de resultados aceptables, obviando algunos recursos fuera de estilo (aunque muy a la moda) como el abuso de glisandi, golpes en la tapa del clave o la guitarra, etc., no así en las vocales.

El cierre del festival, la tarde del domingo 24, se vio preludiado por una circunstancia no demasiado frecuente en estas latitudes: una intensa nevada. Probablemente este hecho condicionó la escasa asistencia (apenas unas cuarenta personas) a este último concierto. Imponderables aparte, conviene destacar la buena disposición de Iñaki Fresán ante tan mermado auditorio. El barítono navarro es un músico entregado que goza de musicalidad y técnica, que transmite buenas sensaciones, pero que no logra culminar el proceso retórico-musical: su gestualidad sobre el escenario no termina de convencer, se desarrolla en una tesitura que transluce cierta tensión y que en ocasiones no acompaña al texto. Es éste un particular que se verifica en muchos cantantes, siendo un asunto muy importante, especialmente cuando tratamos de repertorio barroco. Por otra parte, Léon Berben es un profesional de reconocido prestigio, con sólida formación recibida de figuras míticas del mundo de la música antigua y un bagaje digno de tener en consideración como demuestra, por citar un ejemplo, su pertenencia al conjunto Musica Antiqua Köln. Además, es un buen acompañante y la tarde del domingo lo demostró pero, pese a ello, el músico holandés nos desconcertó porque parecía tener prisa y lo dejaba entrever en el caso de las obras instrumentales que interpretó. Quizá se tratase de un empeño en no dejar espacio a los aplausos entre piezas, esto no quedó del todo claro. El punto álgido a este respecto lo pudimos ver en la transición de la sonata Rv.24 a la Rv.26 de Antonio Soler con un hecho insólito: sin levantar la mano izquierda del teclado, manteniendo la resonancia del acorde cadencial de Re menor, Bergen se apresuró a pasar páginas hasta llegar al encuentro de la nueva sonata (esta vez en Mi menor) para atacarla sin dejar ni un segundo de transición. El efecto fue el de un cambio de tonalidad planteado sin respetar los preceptos de la célebre Llave de la modulación, que hubiese hecho saltar al mismísimo gato del Padre Soler.

El balance del ciclo nos conduce a valoraciones que en términos generales nos remiten a la pasada edición. En primer lugar, se puede hablar de una escasa asistencia de público como tónica general, cercana al 45% de media, que no deja de sorprendernos a pesar de la mala climatología que acompañó gran parte de los conciertos. Haciendo justicia al auditorio, hay que apuntar que se trata de un público entregado y entusiasta que en muchos casos involucra a los propios músicos participantes del festival. En segundo lugar, un cartel digno, aunque irregular, compuesto por intérpretes nacionales e internacionales con currículos consolidados y emergentes. Y en tercer lugar, una impecable organización en este singularísimo y apasionante espacio. Esperemos que en sucesivas ediciones el ciclo experimente un merecido despegue y reconocimiento.

Raúl Jiménez
Pie de foto: el barítono Wolf Matthias Friedrich