Audioclasica

11.III.2013. Lírica de supermercado

  Invierno 2013. Abono 13. Palau de la Música. Sala Iturbi 11-III-2013   CECILIA BARTOLI, mezzosoprano. I BAROCCHISTI. DIEGO FASOLIS, director.   Arias y oberturas de Agostino Steffani   Aforo: 1.817 Asistencia: 98%   Bravo, bravi, brava, guapa, guapísima, increíble… son algunos de los piropos que el público dedicó a Cecilia Bartoli. En diciembre visitó Madrid y Barcelona para presentar Mission, su último lanzamiento discográfico. Por ello no hablaremos de la obra de Steffani ni del disco, a riesgo de redundar. Los atentos lectores lo han podido seguir con detalle en Audioclasica.com. En marzo, casi en plenas Fallas, lo hizo…

 

Invierno 2013. Abono 13. Palau de la Música. Sala Iturbi


11-III-2013

 

CECILIA BARTOLI, mezzosoprano. I BAROCCHISTI. DIEGO FASOLIS, director.

 

Arias y oberturas de Agostino Steffani

 

Aforo: 1.817 Asistencia: 98%

 

Bravo, bravi, brava, guapa, guapísima, increíble… son algunos de los piropos que el público dedicó a Cecilia Bartoli. En diciembre visitó Madrid y Barcelona para presentar Mission, su último lanzamiento discográfico. Por ello no hablaremos de la obra de Steffani ni del disco, a riesgo de redundar. Los atentos lectores lo han podido seguir con detalle en Audioclasica.com. En marzo, casi en plenas Fallas, lo hizo en Valencia y pocos días después en Oviedo. Pero tal alud de elogios y vítores no se puede achacar a la alegría de las fiestas josefinas, por más que ésta sea una ciudad dada a lo barroco y recargado. En otros lugares goza de la misma incondicionalidad del público. No obstante, a pesar del fervor con el que se acude a sus recitales, habría que procesar detenidamente la información que tanto la diva romana, como el merchandising que la rodea, nos ofrece.

Como si de novela negra de supermercado se tratase, llena de intrigas, asesinatos y turbios asuntos (veremos si llega la sombra del llamado porno para mamás), la italiana y su entorno eligen a una serie de compositores poco frecuentados, rodeados de un halo misterioso y de calidad musical indiscutible. Los visten con ropajes musicológicos (para esto la Musicología también parece estar de moda) y lanzan una acertada campaña publicitaria que incluye la aparición en televisión, tanto en informativos como en programas especializados (ver Programa de mano de 2 de marzo). Así sucedió con Sacrificium, con Salieri, con Opera Proibita, con la Malibrán y ahora, con Agostino Steffani –incluido un preciosista DVD rodado en Versalles–. Otra pista de los mecanismos utilizados es la secuela literaria del disco, escrita por la novelista policíaca estadounidense Donna Leon. También, las impactantes fotografías de la cantante travestida de cura intrigante (ya salió de sacerdote en Opera proibita). No se olvidan, por supuesto, de rodearse de los músicos del momento (Minkowski, Rattle…) y de visitar los principales templos de la lírica. Tampoco, de las apariciones estelares como la del Silvesterkonzert de este año.

La cantante contribuye con su natural simpatía y con cierta afectación a lo diva, sobre un escenario que nunca abandona (¡qué porte cuando se sienta en el sofá para escuchar las piezas instrumentales!). Su implicación con los músicos y el director es absoluta. Pero sobre todo, con el público, a quien literalmente se mete en el bolsillo. En pocos conciertos se consigue acaparar su atención como ella lo hace. Casi no hay toses. Aunque sí, un teléfono. Los oyentes parecen contener la respiración en cada aria.

Todo esto está muy bien, no lo criticamos, sino que constatamos un sistema legítimo de ganarse la vida. Pero, como en la literatura que mencionábamos anteriormente, ¿qué hay de calidad? La crítica alaba casi unánimemente a la “fabulosa Bartoli” y sus condiciones técnicas y musicales. ¿Es cierto?

Como me decía una amiga, partimos de que esto es arte y no ciencia. Por tanto, entra en juego el gusto, la sensibilidad, la frecuencia de escucha… Además, de la firme creencia de que la verdad es cosa de teólogos y no de críticos musicales. Pero también, de que existen una serie de parámetros técnicos que ayudan a valorar lo que escuchamos. Uno de ellos es la agilidad mecánica, lo cual la Bartoli domina a la percepción dado el número de notas que pude dar por segundo, y la cantidad de aire que puede almacenar. La coloratura y el fiato. El apartado que, por lo general, más impresiona en sus intervenciones (confesamos que también nosotros caímos rendidos por su espectacularidad en Opera proibita). No obstante, en esta ocasión, en el virtuoso y simpático duelo con la trompeta en el aria de Tassilone, A facile Vittoria, ésta fue más inteligible y afinada que la cantante. Podría ser una mala tarde.

Otro de los elementos de juicio es la amplificación y proyección del sonido. Donde de nuevo, encontramos alguna merma. Según expertos en canto, Cecilia retrasa tanto su emisión –hacia la glotis–, para permitir precisamente las agilidades mencionadas, que no puede utilizar los resonadores. Por lo que el volumen es escaso. Y puesto que no hay amplificación, el timbre carece de riqueza armónica. Lo cual produce en el oyente esa sensación, para nosotros incómoda, de que la cantante susurra y canta para la orquesta. En sus grabaciones tenemos la misma impresión: no proyecta. Solo el silencio más absoluto, de ahí la extraordinaria atención de la sala, permite una escucha adecuada.

Por último, después de intentar comprender las virtudes y defectos técnicos de la mezzo, pasamos a analizar su musicalidad. La cual encontramos en las arias melódicas y expresivas de registro medio-grave. No, en las acrobacias vocales. Ese fue el capítulo que más nos gustó del concierto. Aunque ralentiza tanto los tiempos que cuesta creer que la información historicista sea la correcta. Como el fraseo, parecen estar tamizados por cierto efectismo romántico. Además, son las piezas en las que los instrumentistas de I Barocchisti destacaron por su delicadeza y sensibilidad: flauta de pico, tiorba, continuo y un brillante percusionista que proporcionó a la diva bellísimas atmósferas.

Daniel Martínez Babiloni