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VERDI

DON CARLOS Orquesta de la Ópera de Viena. Bertrand de Billy, director. Vargas, Tamar, Michael, Miles ARTHAUS MUSIK 107 187 2DVD 247MIN 2004 Subtítulos en inglés, alemán, francés, español, italiano NTSC 16:9 LPCM Stereo, DD 5.1, DTS 5.1 Imagen: **** / Valoración: ** Distribución: Ferysa   Aunque la producción de Viena se anunciaba como la primera representación mundial del Don Carlos de Verdi tal y como su autor lo concibió antes de que la Opéra de Paris impusiera cortes debido al exceso de duración, no hay que olvidar que la BBC, de la mano de ese excelso verdiano que es…

D Verdi DonCarloDON CARLOS

Orquesta de la Ópera de Viena. Bertrand de Billy, director. Vargas, Tamar, Michael, Miles

ARTHAUS MUSIK 107 187 2DVD 247MIN 2004

Subtítulos en inglés, alemán, francés, español, italiano

NTSC 16:9 LPCM Stereo, DD 5.1, DTS 5.1

Imagen: **** / Valoración: **

Distribución: Ferysa

 

Aunque la producción de Viena se anunciaba como la primera representación mundial del Don Carlos de Verdi tal y como su autor lo concibió antes de que la Opéra de Paris impusiera cortes debido al exceso de duración, no hay que olvidar que la BBC, de la mano de ese excelso verdiano que es John Budden, recuperó el título con el material que Andrew Porter tuvo la fortuna de hallar en la biblioteca de la institución. Fruto de aquella operación se grabó la producción radiofónica de 1972, que posteriormente publicó primero Arkadia y luego recuperó Opera Rara en 2006, en su colección Verdi Originals. Ambas se basan en la edición crítica que recuperaba el material eliminado por el compositor antes del estreno: en el primer acto el coro de leñadores y la escena con Élisabeth; en el segundo el dúo entre Posa y el rey íntegro; en el tercero la escena con Éboli antes del ballet “La peregrina” y el dúo de la princesa con la reina antes del “Ô don fatal”; en el cuarto el dúo entre el rey y el infante después de la muerte de Posa, y los finales completos de los actos cuarto y quinto, este último más consistente y desarrollado que la precipitada versión de todos conocida. En total, unos treinta minutos de música respecto a la versión italiana de Módena de 1886.

La lógica impone que la producción de Viena se compare sólo con las grabaciones en francés, si bien es cierto que Abbado (DG/1983-84) se limitó a reproducir la versión de Módena de 1886 en francés, presentando en apéndice algunos de los números cortados, y Pappano en la producción del Châtelet (EMI/Warner/1996) sólo los reintegró parcialmente. El problema de Viena es que, como concluyó Budden en su histórico trabajo sobre las óperas de Verdi, “los mejores cantantes verdianos rara vez son los mejores intérpretes del repertorio francés”, y en la capital austriaca, a diferencia de París, no encontramos ni lo uno ni lo otro. Abbado contaba con Domingo, Nucci, Ricciarelli y Raimondi, excelentes cantantes verdianos de francés dudoso, mientras que Pappano tenía un reparto francófono (Alagna, van Dam) o francófilo (Mattila, Meier) que respondía bastante bien a la partitura, al igual que Matheson (Opera Rara/1972).

Ramón Vargas comenzó abordando papeles de lírico-ligero de bel canto, de Rossini, Bellini y Donizetti, para pasar al Verdi más liviano (Alfredo, Duca). Posteriormente comenzó a asumir personajes más pesados, como Oronte, y finalmente este Don Carlos, que ya había encarnado previamente. Desafortunadamente la operación no es del todo satisfactoria y no proceden las comparaciones con un Alagna indiscutiblemente mejor: aunque las notas están todas, se hace patente la falta de un mayor espesor vocal que otorgue otro peso en los pasajes más dramáticos, a pesar de los agudos radiantes, un francés aceptable y una interpretación sentida. Lo mismo podría decirse del marqués de Posa de Bo Skovhus en su primera encarnación verdiana. Al igual que su colega mexicano, canta bien, aunque ciertamente habría tenido más dificultades para hacer frente a la versión en italiano. En realidad no se trata sólo de que sea un barítono claro, también lo era Thomas Hampson y obtenía otros resultados dramáticos. En consecuencia, entre los principales varones el más convincente es Alastair Miles, que sí tiene los colores adecuados para Felipe II y una voz resonante para los momentos de acción. Su “Elle ne m’aime pas” no tiene la poesía de un van Dam, pero es efectivo y solvente, mientras que alcanza la intensidad dramática necesaria en el subsiguiente dúo con el Gran Inquisidor, un Simon Yang con la autoridad que requiere el papel.

Las mujeres también se muestran irregulares. Iano Tamar ha evolucionado mucho desde sus primeras apariciones en rarezas belcantistas en el Festival de Martina Franca, que le permitió abordar Léonor de Le trouvère en la versión francesa que Verdi preparó para París (Dynamic/1998). La soprano georgiana ha sabido entender que Élisabeth no es Elisabetta e intenta plegarse a los matices que impone la prosodia francesa –es la que mejor la domina de todo el reparto– de modo que surge una reina más lírica y melancólica que spinto, como requiere la tradición italiana, sin renunciar al uso dramático de un timbre naturalmente broncíneo y oscuro. Surge así un personaje sugerente, el más logrado desde un punto de vista vocal, a pesar de algunos agudos cortantes y un registro grave un tanto gutural. Por su parte, Nadja Michael tendría tan poco de Éboli en italiano como lo tiene en francés. Supera las reminiscencias belcantistas de la canción del velo como puede y mejora en el “Ô don fatal”, cuya extensión revela registros no homogéneos y un extremo agudo prácticamente limitado.

El coro y la orquesta están muy bien –estamos en Viena, sólo faltaría–, también gracias a la dirección de Bertrand de Billy, más convincente en las grandes escenas corales como el auto-da-fe que en las más íntimas. Sin embargo, frente a Pappano en París, no supera la impresión de buena profesionalidad y eficacia.

Queda la puesta en escena de Peter Konwitschny, abucheada por el público. Como tantas otras producciones modernas, la escenografía blanca y minimalista resulta fría, aunque no chirríe con un vestuario clásico que se remite a la España de la leyenda negra que reclama una corte lúgubre, acorde con el drama de los protagonistas. Para el ballet prescinde del cuerpo de baile y recurre al cuarteto protagonista, con Éboli y Don Carlos como feliz pareja burguesa que reciben a cenar a Felipe e Isabel, con los cantantes actuando como mimos en vez de descansar. Para el auto-da-fe se “retransmite” la llegada de los reyes al espectáculo como si hubiera una conexión televisiva en directo. No me parece ni mejor ni peor que otras propuestas, y las hay que realmente atentan contra la obra de la que se sirven sin ser recibidas con tanta hostilidad.

En cualquier caso, y a pesar de los cortes, por encima queda Pappano en París, por reparto, dirección y producción.

Raúl González Arévalo