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ROSSINI

SEMIRAMIDE Orquesta Sinfónica de la Vlamsee Opera de Ámberes. Alberto Zedda, director- Papatanasiu, Hallenberg, Wagner, McPherson DYNAMIC CDS 674/1-3 DDD CD1 74:04 CD2 76:11 CD3 79:19 2011 Sonido: *** / Valoración: ***   Hay acuerdo unánime en considerar Semiramide como la obra cumbre del período italiano de Rossini. Sin embargo, discográficamente no hay mucho donde elegir, y a día de hoy sigue ligada fundamentalmente a dos nombres indispensables para conocer el título, Joan Sutherland y Marilyn Horne. Efectivamente, en 1966 la discográfica de la primera, Decca, a sugerencia de su marido, el director de orquesta Richard Bonynge, hacía historia realizando…

A Rossini SemiramideSEMIRAMIDE

Orquesta Sinfónica de la Vlamsee Opera de Ámberes. Alberto Zedda, director- Papatanasiu, Hallenberg, Wagner, McPherson

DYNAMIC CDS 674/1-3 DDD CD1 74:04 CD2 76:11 CD3 79:19 2011

Sonido: *** / Valoración: ***

 

Hay acuerdo unánime en considerar Semiramide como la obra cumbre del período italiano de Rossini. Sin embargo, discográficamente no hay mucho donde elegir, y a día de hoy sigue ligada fundamentalmente a dos nombres indispensables para conocer el título, Joan Sutherland y Marilyn Horne. Efectivamente, en 1966 la discográfica de la primera, Decca, a sugerencia de su marido, el director de orquesta Richard Bonynge, hacía historia realizando la primera grabación del título, aunque, eso sí, con cortes importantes –la primera aria de Idreno–, alteraciones en el orden original de los números y transposiciones de tono para acomodar la parte a la protagonista. La australiana dejaría más registros en vivo, acompañada por la mezzo americana en Boston (VAI/1965), Londres (Arkadia/1969) y Chicago (BellaVoce/1971), y con Monica Sinclair en Roma (Opera d’oro/1968). Básicamente se repite la lectura en estudio con peor sonido, aunque la toma de Chicago es la que más merece la pena..

Marilyn Horne siguió ligada al personaje de Arsace en otras funciones históricas, la primera de ellas en Aix-en-Provence, acompañada de una inesperada y sorprendente Montserrat Caballé tras adentrarse en repertorios más pesados, y de otro peso pesado del canto rossiniano, Samuel Ramey, que haría propio el papel de Assur (HRE-Standing Room/1980). Aún hay cortes pero la praxis ejecutiva es más fiel al estilo rossiniano. Ambos, Horne y Ramey, siguen formidables en la primera grabación audiovisual procedente del Metropolitan neoyorkino, con June Anderson como excelente protagonista y Stanford Olsen como el primer Idreno plenamente atendible (ArtHaus/1990).

Hubo que esperar hasta 1992 para la segunda grabación en estudio, organizada en torno a la estrella omnivora de Cheryl Studer, con un reparto vocalmente correcto pero insatisfactorio (Larmore, Lopardo), a excepción del gran Ramey (DG/1992). Ese mismo año en Bolonia se grababa en directo la edición crítica del maestro Zedda con unos resultados más interesantes globalmente, empezando por el reparto: Iano Tamar, Greta Scalchi, Michele Pertusi, Gregory Kunde, Ildrebrando D’Arcangelo (Ricordi/1992). Posteriormente llegaría la lectura personal de Edita Gruberova, bien rodeada con Bernadette Manca di Nissa y Juan Diego Flórez muy notable antes de la explosión artística en pleno estrellato (Nightingale/1998).

Así las cosas, han tenido que pasar tres lustros para que contemos con una nueva propuesta que, paradojas del mercado discográfico, ve la luz al mismo tiempo que otra procedente de Bad Wildbad (Naxos/2012), que no he escuchado aún. La grabación de Dynamic, realizada en la ópera de Amberes, ha dejado de lado un montaje que no concitó buenas críticas para centrarse en la toma sonora, con resultados notables. La partitura se ofrece absolutamente completa, con escenas normalmente omitidas como las correspondientes a Idreno y Azema.

Veinte años después Alberto Zedda no ha variado su criterio en la dirección de la obra, que mira más al clasicismo anterior que al romanticismo trágico que está por venir, de modo que no hay tiempos impregnados de tensión dramática. Estilísticamente no sólo es coherente, sino irreprochable. El maestro italiano evita las atmósferas pesadas y las sonoridades densas para ofrecer una lectura más sutil y ligera, acorde con el espíritu original de la obra. Sin embargo, el estilo no tiene por qué estar reñido con el drama, y en ocasiones la tensión cae, siendo sustituida por una lectura un tanto plana, como ocurre en un ejemplo clarísimo de alto voltaje como es el dúo Arsace-Assur. Claro que Scalchi y Pertusi tenían más temperamento dramático que el que logran transmitir Hallenberg y Wagner. No en vano, en Bolonia el reparto era superior en términos teatrales al de Amberes.

Myrtò Papatanasiu es una cantante muy apreciable, capaz de una Violetta más que notable, con una técnica aguerrida y sonidos bellos. Aunque personalmente prefiero de entrada el timbre oscuro de Iano Tamar, no es menos cierto que la griega supera a la georgiana en la solidez de los agudos. La coloratura fluye sin problemas, y aunque no resulte deslumbrante en sus grandes oportunidades como “Bel raggio lusinghier” –los recuerdos de Sutherland y Anderson son insuperables– sí está variada con mucho gusto para potenciar sus mejores cualidades, hacia el registro superior mejor que hacia el grave. En este sentido, su ejecución es más limpia que la de una Caballé, a la que también supera (como a Gruberova, aunque esto no era muy difícil) en dominio estilístico. Sabiamente guiada por el director propone una reina babilonia perfectamente atendible y digna de nota.

A su lado Ann Hallenberg, con el éxito del álbum dedicado a Marieta Marcolini aún fresco (Naïve/2012), es indudablemente el Arsace vocalmente más interesante desde Marilyn Horne. La compacidad del instrumento, la emisión aterciopelada, van como anillo al dedo del general en travesti. La homogeneidad de los registros, con graves y agudos compactos en igual medida, la suntuosidad del sonido, la seguridad en las agilidades, particularmente en sus cabalette, la convierten en la cantante largo tiempo esperada para afrontar el papel. Con una buena dicción, sólo se le puede reprochar un sentido de la palabra poco natural, muy trabajado. Afortunadamente su voz se mezcla bien con la de Papatanasiu y los dúos entre ambas son puntos álgidos de la grabación.

Desafortunadamente el apartado masculino rinde menos satisfactoriamente. Michele Pertusi es el único que ha podido ofrecer una alternativa real al soberbio Ramey. Josef Wagner no posee su dominio del idioma, ni su soltura con la escritura rossiniana, afrontando con ciertas dificultades los pasajes más rápidos de coloratura, como ocurre en el dúo con Arsace o su escena de la locura. El timbre resulta demasiado claro por momentos, y tampoco el registro grave del todo satisfactorio. Siendo una prestación correcta, incluso buena en su aria, palidece frente a las demás encarnaciones discográficas. En comparación el Oroe de Igor Bakan está impregnado de la necesaria autoridad vocal.

Como Idreno Robert McPherson lo tiene difícil con el recuerdo de unos jóvenes Gregory Kunde y Juan Diego Flórez, dos monstruos del canto rossianiano. Hace frente sin problemas a la altísima tesitura  de “Ah dov’è il cimento” y es seguro con la coloratura y los agudos, lástima algunos sonidos nasales y, sobre todo, los ribetes blanquecinos típicos de ciertas voces tenoriles de escuela anglosajona. 

Coro y orquesta responden con un buen nivel, sin la perfección del estudio o de otros conjuntos de mayor fama, pero sin desmerecer en absoluto.

En definitiva, un registro con algunos componentes muy interesantes. Teniendo en cuenta además que muchas de las grabaciones citadas actualmente están descatalogadas o son complicadas de conseguir, tiene un lugar asegurado y, sobre todo, amplia con garantías la oferta de un título indispensable.

Raúl González Arévalo