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DONIZETTI

LUCIA DI LAMMERMOOR London Symphony Orchestra. Ion Marin, director. Studer, Domingo, Pons, Ramey DEUTSCHE GRAMMOPHON 477 9121 DDD CD1 65:50 CD2 72:24 1990 Sonido: **** / Valoración: ** Distribución: Universal   La fiebre por grabar los grandes títulos de repertorio una y otra vez en un mercado discográfico que parecía no tener fondo en los años ochenta y noventa terminó por saturarlo con propuestas sin mucho sentido, a pesar de los grandes nombres que figuran en los elencos. Esta Lucia di Lammermoor es una de tantas, patrocinada por ese tándem que constituyeron DGG y Cheryl Studer, decidida a convertirse en…

A Donizetti LuciaLUCIA DI LAMMERMOOR

London Symphony Orchestra. Ion Marin, director. Studer, Domingo, Pons, Ramey

DEUTSCHE GRAMMOPHON 477 9121 DDD CD1 65:50 CD2 72:24 1990

Sonido: **** / Valoración: **

Distribución: Universal

 

La fiebre por grabar los grandes títulos de repertorio una y otra vez en un mercado discográfico que parecía no tener fondo en los años ochenta y noventa terminó por saturarlo con propuestas sin mucho sentido, a pesar de los grandes nombres que figuran en los elencos. Esta Lucia di Lammermoor es una de tantas, patrocinada por ese tándem que constituyeron DGG y Cheryl Studer, decidida a convertirse en la soprano absoluta de los 90, superando en ambición a la propia Caballé, en una carrera alocada que la llevó de abordar y grabar papeles tan diferentes en las exigencias vocales y estilísticas como la Reina de la Noche, Konstanze y la Condesa de Mozart, Semiramide de Rossini, Violetta, Gilda, Elena y Aida de Verdi, Antonia y Giulietta de Offenbach, Salomé, la Emperatriz y Crisotemis de Strauss o Senta, Elisabeth, Elsa, Eva y Sieglinde de Wagner. 

¿Cómo es la Lucia de Studer? Desde el punto de vista vocal no es el desastre de Gilda y, sobre todo, Violetta, por una mera cuestión cronológica: grabada antes, el instrumento aún aguantaba los cambios de repertorio de su dueña. En consecuencia, canta bien, sostiene las líneas sin un esfuerzo excesivo, los agudos son luminosos y la coloratura es correcta, aunque no deslumbrante. Toda la expresividad que lograba en alemán se esfuma con el italiano, en un lenguaje construido que impide una profundización del personaje, cuyos sentimientos araña desde la superficialidad. No hay el rodaje necesario para que se hubiera dado una introspección, una interpretación pensada y sentida, es inútil detenerse en el dúo con Enrico o la escena de la locura. Así, sin recurrir a comparaciones dolorosas con Callas, Scotto, Sutherland, Sills o Devia, sólo se puede concluir que ésta es una Lucia plenamente prescindible.

Tampoco Plácido Domingo, omnipresente reclamo de tantas grabaciones en las que nada nuevo tenía que decir, tiene mucho que ver con Edgardo, cuya tesitura le viene incómoda porque le resulta aguda –ahí están las tiranteces que denotan el esfuerzo en el registro superior– aunque uno no puede sino descubrirse ante la capacidad para aclarar el timbre y aligerar el canto de quien era el gran Otello del último cuarto del siglo XX. Y luego está el intérprete, siempre partícipe, buscando otorgar un sentido dramático a la palabra, que se encuentra en su elemento en la maldición o el dúo con Enrico, mientras que en la escena final la tesitura y el legato necesarios vuelven a poner de manifiesto el esfuerzo por adecuarse a la parte. Pons está mucho más ajustado a lo que requiere Enrico, aunque su interpretación sea más verdiana –su verdadero ámbito– que belcantista (como la de tantos otros barítonos, por otra parte) y Ramey repite su Raimondo estático y majestuoso ya grabado con López Cobos (Philips/1980).

Ion Marin será recordado sobre todo por esta grabación y la Semiramide de Studer ya mencionada. El director rumano había sido asistente de Abbado durante muchos años y ésta fue la oportunidad concedida para iniciar una carrera en solitario, pero a pesar de la elegancia indiscutible y del buen hacer acompañando a los cantantes, no revela una dirección con una personalidad marcada ni ofrece una visión particularmente novedosa.

Raúl González Arévalo