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30 y 31.III.2013. Transitando por el buen camino

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Cuenca. Semana de Música Religiosa 2013 30 y 31.III.2013 TASTO SOLO. CUARTETO EX CORDE. VOCALCONSORT BERLIN. CAPILLA FLAMENCA. HET COLLECTIEF. MOZARTEUM SALZBURG.   Obras de Beethoven, Josquin, Gessualdo, Díaz, Stockhausen, Machaut, Ciconia.  Asistencia media: 98%   Otro año más, la Semana de Música Religiosa de Cuenca se revela como un acontecimiento cultural de primer orden, un ejercicio de elegancia marcado por la calidad musical como nota dominante. Una experiencia intensa que no sólo sirve para deleite del espectador, sino como espacio de encuentro y puesta en común de creadores, intérpretes o amantes de la música. Tras las incertidumbres que planeaban…

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Cuenca. Semana de Música Religiosa 2013


30 y 31.III.2013

TASTO SOLO. CUARTETO EX CORDE. VOCALCONSORT BERLIN. CAPILLA FLAMENCA. HET COLLECTIEF. MOZARTEUM SALZBURG.

 

Obras de Beethoven, Josquin, Gessualdo, Díaz, Stockhausen, Machaut, Ciconia.


 Asistencia media: 98%

 

Otro año más, la Semana de Música Religiosa de Cuenca se revela como un acontecimiento cultural de primer orden, un ejercicio de elegancia marcado por la calidad musical como nota dominante. Una experiencia intensa que no sólo sirve para deleite del espectador, sino como espacio de encuentro y puesta en común de creadores, intérpretes o amantes de la música. Tras las incertidumbres que planeaban sobre las recientes ediciones pasadas, debido a la omnipresente crisis, parece que este festival se reafirma de nuevo a sí mismo, como no podía ser después de más de medio siglo de existencia.
Arrancamos nuestro itinerario conquense en la Iglesia Parroquial de Arcas del Villar, consagrada a Nuestra Señora de la Natividad, la cual presenta una singularidad que llama poderosamente la atención cuando se contempla por primera vez. Nos referimos a una espadaña que alberga el triple campanario, apoyada en un amplio arco levemente apuntado y que se adosa perpendicularmente a una de las fachadas de la construcción original, de estilo Románico. De esta manera, cuando se accede al templo desde oriente (que es la entrada habitual por dar a la Plaza Mayor), se ha de cruzar bajo el mencionado arco. La sensación es bastante peculiar, tiene algo de iniciático, de alegórico, algo similar a atravesar un arco del triunfo. Tal fue nuestra entrada en la recta final de la quincuagésimo segunda edición de la Semana. Es decir: cargada de buenos augurios. Nos referimos al concierto 15 que tuvo lugar el sábado día 30 de marzo a las 12 horas en la pequeña población situada unos siete kilómetros al sur de la ciudad. Para la cita se convocó a una emergente formación (pero ya sobradamente reconocida internacionalmente) especializada en música para tecla de los siglos XIV y XV: Tasto Solo. Nos presentaron una bellísima colección de piezas pertenecientes al Buxheimer Codex, monumental documento que recoge cierta cantidad de obras vinculadas a la liturgia mariana, siendo este libro uno de los objetos de especialización de la formación. La plantilla del grupo varía en cuanto a número de componentes e instrumentación, según lo requiera el programa o la ocasión. En este caso, se pudo escuchar al propio director, Guillermo Pérez, tañendo un organetto, al virtuoso David Catalunya al clavisimbalum de martillos, a Andrés Alberto Gómez al frente de un órgano positivo, Reinhild Waldek sosteniendo un arpa gótica y las sopranos Barbara Zanichelli y Annie Dufresne.

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Detalle del organetto tañido por Guillermo Pérez. Foto: SMR-Santiago Torralba.

Antes de nada, conviene advertir que estos músicos no son ortodoxos en su proceder; quizá algún purista pudiera reprocharles poco rigor o exceso de atrevimiento en sus maneras. Ejemplos no nos faltan: entonar un Alleluia un Sábado Santo, diseñar un programa paralitúrgico que relega a la voz a un segundo plano, una apabullante carga improvisatoria que en ocasiones casi desvirtúa el material original, etc. Pudieran ser algunas de sus faltas. Lo cierto es que estamos haciendo de “abogado del diablo”. Para empezar, los planteamientos de Guillermo Pérez y sus músicos no pretenden la reconstrucción historicista estricta, sino más bien una recuperación del espíritu de la escuela alemana de Conrad Paumann. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la praxis musical siempre ha sido bastante más heterodoxa de lo que nos pretende hacer creer la tradicional Historia de la Música. Además, allí donde no llegan las fuentes escritas hay que dejarse llevar por la lógica interna de la obra de arte y por la intuición, y dicho sea de paso, de esto último andan sobrados los componentes de Tasto Solo. Por el contrario, podemos citar algunas de sus virtudes: el entendimiento de todos los miembros del grupo es enorme: se miran, se escuchan, se intuyen… Las dos sopranos no parecen de este mundo, su capacidad de empaste genera la sensación de estar ante un único intérprete; ya hemos adelantado que David Catalunya hace gala de un sorprendente dominio técnico y buen gusto al frente de su instrumento. Todo ello siempre condicionado por una fuerte emotividad contenida que, en definitiva, entendemos debe ser la esencia de este tipo de repertorio del incipiente Renacimiento. Así, se explica que el numerosísimo público que abarrotaba la iglesia permaneciese en vilo durante alrededor de una hora y veinte minutos de concierto, con una expectación que se podía casi palpar. Podemos afirmar que, cuando hubimos de cruzar de nuevo el gran arco exterior de la espadaña, lo hicimos confirmando los buenos augurios antes anunciados, cargados de la esperanza y consuelo necesarios para transitar por éste, el más sombrío de todos los días del Ciclo Litúrgico.

La siguiente cita nos condujo, el mismo sábado 30 a las 17:00 horas, hasta la luminosa iglesia de la Santa Cruz, ya dentro de los muros de la ciudad. Aquí se nos mostró una literatura y una forma de ejecutarla que nos lleva a la dignificación del cuarteto de guitarras. Ésta es una formación que, comparada con otras de arraigo secular como pudiera ser el cuarteto cuerda, todavía genera sorpresa e incluso rechazo en ciertos círculos musicales. Así pues, el Cuarteto Ex Corde puso en escena cuatro pequeños y prodigiosos microcosmos todos ellos con algo en común: resultaron ser idiomáticos, creados explotando con habilidad los recursos guitarrísticos y con planteamientos estéticos contemplativos, sin llegar a ser obras netamente religiosas. El concierto se abrió con un estreno absoluto de la compositora madrileña Alicia Díaz: Bedankt! (2012); es ésta una interesante composición creada expresamente para el mencionado cuarteto con instrumentación de guitarras, pequeña percusión y voz, que convierte a los miembros del grupo en multiinstrumentistas. Así pues, se trata de una obra efectista y efectiva que explota bien las posibilidades que ofrece la guitarra y con una sólida construcción. Especial mérito encontramos en su idiomatismo por no ser la compositora guitarrista, lo que deja entrever un trabajo de creación mano a mano con los intérpretes. Cohélet XXI (2013) de Cláudio Tupinambá (integrante del cuarteto) fue el otro estreno de la tarde. Con esta obra se recupera un género muy en boga durante los siglos XVII al XVIII y posteriormente relegado al más profundo de los olvidos, pero que goza de una gran potencia dramática: hablamos del melólogo o género unipersonal. Aquí, el centro de la creación es un recitador que ve potenciado el efecto del texto gracias a la música. Este caso en concreto es un buen ejemplo de ello. La obra se asienta sobre textos del Eclesiastés que fueron magistralmente presentados por el actor Alejandro Saá y bien apoyados por la música del compositor. Sea como fuere, la obra sobrecoge, aunque su factura quizá sea técnicamente irregular y su duración algo excesiva (alrededor de los cuarenta minutos). Díptico (1974) de Carles Guinovart y Hekkan III (2011) de José María Sánchez Verdú fueron las otras dos interesantes creaciones que vinieron a completar el programa. Por otra parte, hay que señalar que el Cuarteto Ex Corde revela un trabajo de ensayo y análisis realmente serio y concienzudo que se materializa en una interpretación empastada, uniforme y muy coherente. Esto es algo especialmente difícil de lograr, teniendo en cuenta la propia naturaleza del cuarteto de guitarras.

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La guitarrista Pilar Rius, miembro del Cuarteto Ex Corde, durante el concierto. Foto: SMR-Santiago Torralba.

La iglesia del convento de la Merced fue el lugar elegido para acoger el concierto 17 el sábado día 30 a las 20:30h. Se trata de un bonito edificio de estilo Barroco dotado de una espectacular portada que da acceso al interior del templo, ahora reconvertido en biblioteca. Varios niveles de galerías pobladas de estanterías destinadas a albergar volúmenes tapizan las paredes de la gran estancia, con un acertado y estético “andamiaje” de madera que impregna el aire de un penetrante y agradable olor. Todo ello genera una atmósfera un tanto cinematográfica que en la noche del sábado se pudo ver intensificada con la suma de algunos particulares más: un auditorio atestado de público ocupando la planta de la iglesia, un escenario dispuesto en la parte que originalmente ocupaba el altar y una iluminación tenue y hermosa. Diríase un corral de comedias. Ahora hay que añadir los elementos musicales y dramatúrgicos: un excepcional conjunto de músicos como son los integrantes del Vocalconsort Berlin conducidos por James Wood, dispuestos a abordar la que, posiblemente, sea una de las obras más importantes de toda la literatura musical europea (la misa Pange Lingua de Josquin des Prez, completada con obras de Alonso Lobo y Gesualdo) y una pareja de hábiles y apasionados bailarines (Melania Olcina y Dimo Kirilov) dirigidos por Antonio Ruz, quien es considerado como uno de los coreógrafos más cotizados de la escena contemporánea. Podemos afirmar que los elementos estaban hábilmente dispuestos para sustentar un espectáculo memorable. No fue así, a pesar de la excelente ejecución que realizaron músicos y bailarines. En primer lugar hay que señalar una grave deficiencia técnica, ya que el escenario sobre el que se movían los bailarines apenas se levantaba medio metro del suelo, con lo que la visibilidad quedaba notablemente reducida más allá de la segunda fila. Por otro lado, pudimos asistir a una severa confrontación de afectos o carga ética entre la música y danza. Los registros afectivos que la música de Josquin nos obliga a transitar, oscilan entre el miedo, la piedad, el ensalzamiento de la belleza, el amor, etc. Gesualdo tiene una recurrencia a la culpa y al arrepentimiento, ya se sabe… Pero la coreografía de Ruz no apoyó a la música (o no se apoyaba en la música) porque no transitaba por esos afectos. El resultado es que ambas se estorbaban mutuamente en demasiadas ocasiones. Ya lo advertían las propias notas al programa en un texto firmado por el Vocalconsort: “La música está coreografiada (…) y es llevada al movimiento con la danza, como su propio lenguaje; intensificando y distanciándose en ocasiones del contenido musical”. Ambas artes deben ir de la mano, reafirmarse mutuamente para ofrecer un espectáculo verdaderamente dramatúrgico y verosímil, no distanciarse nunca en exceso. Lo contrario nos hace evocar planteamientos demasiado “permisivos” propios de la posmodernidad, cargados de simbolismo, pero que aniquilan la obra de arte.
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El Vocalconsor Berlin junto a los bailarines Melania Olcina y Dimo Kirilov. Foto: SMR-Santiago Torralba.

12×12. Un zodíaco musical es un proyecto que data del año 2007 resultado de la fusión de dos interesantes conjuntos belgas: Capilla Flamenca y Het Collectief. El primero de ellos es una formación con cierto reconocimiento internacional (según avalan los diferentes premios obtenidos hasta la fecha) y dedicada a la reconstrucción de la música de los repertorios que acompañaron al emperador Carlos V hasta España. El segundo de ellos, está especializado en música contemporánea, desarrollando una carrera profesional desde 1998 centrada en Bélgica, pero con regulares giras realizadas por diversos países del extranjero. El mencionado proyecto presentado en Cuenca en la penúltima de las citas de la Semana, a las 12:00 horas en la iglesia de San Miguel, resulta a priori sugerente y atrevido. El punto de partida es Tierkreis (Zodíaco, en castellano) de Stockhausen, que se enmarca dentro de su producción post-serial, una obra que Elise Simoens (en una lúcidas notas al programa escritas para el estreno del montaje que nos ocupa en el Concertgebouw de Brujas) la califica como “anormalmente indulgente” para tratarse de Stockhausen. A partir de aquí se insertan, en la transición de los doce movimientos correspondientes a los doce signos del zodíaco, obras de Machaut, Ciconia, Bologna, Solage, etc. En un principio, el espectáculo arranca alternando un movimiento de Tierkreis con una pieza del repertorio del Ars Nova. Dicha alternancia es ligeramente violenta, pero instintivamente es aceptada por el espectador. Según se va desplegando la música, el discurso empieza a evolucionar de manera natural: primero una tímida modificación que involucra a los músicos de la Capilla Flamenca en la interpretación de la obra de Stockhausen (la instrumentación, no obstante, queda abierta a elección del ejecutante según indicaciones del compositor) y viceversa. Hay que señalar que los integrantes de Het Collectief son tan exquisitos en su proceder, que consiguen hacernos oír un motete acompañado con piano, clarinete bajo o violonchelo como si fuese algo habitual. El discurso prosigue y comienza a producirse la incursión de materiales temáticos de los motetes en la obra del alemán (que también deja un importante espacio a la improvisación). Todo resulta tan orgánico, que el salto de uno a otro repertorio se llega a desvirtuar de tal manera que en ocasiones resulta difícil discernir en que momento nos encontramos. Afortunadamente, una oportuna proyección que alterna el autógrafo de Tierkreis con imágenes del soberbio calendario del Les Très Riches Heures du Duc de Berry trata de guiar al espectador marcando el lugar en que se encuentra en cada momento. Nada es casual. El ensamblaje y disposición de las piezas está tan meditado, se atiende tanto a su contenido emotivo y a su simbolismo que convierte el espectáculo en una creación totalmente nueva. Uno de los momentos culminantes se alcanza cuando la alternancia de repertorios se produce sin ningún tipo de contemplaciones, interrumpiendo frases, a golpe de indicación dada vehementemente por el violonchelista del grupo mediante un pizzicato Bartók, generando una brutal sensación de bipolaridad. A partir de ahí, la tensión es conducida hasta llegar a presentar un bello y reflexivo motete politextual extrañamente atribuido a Bernard de Cluny que cierra el ciclo de veinticuatro números a modo de epílogo. Finalmente, el oyente acaba extenuado al haber realizado un viaje cósmico delirante de una emotividad desbordante e inefable. Una experiencia reveladora que conduce de forma irremediable a la clarividencia: la verdadera esencia del Arte trasciende más allá del tiempo, del espacio o de cualquier estilo; ya lo advierte el Tenor del mencionado motete: “En toda la tierra resuena su sonido/y hasta el fin del mundo sus palabras”. Sólo nos resta dar las gracias a los componentes de ambas formaciones por este ejercicio de honestidad, humor e inteligencia: 12×12. Un zodíaco musical es –posiblemente– una obra maestra.

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Proyección del autógrafo de Tierkreis de Stockhausen durante el desarrollo del espectáculo 12×12: un zodíaco musical. Foto: SMR-Santiago Torralba.

La Dirección de la Semana apostó por un valor seguro programando, para el concierto 19 de clausura, la Sinfonía nº 9 de Beethoven en versión de la Mozarteum Orchester Salzburg y el Orfeón Donostiarra, todos ellos bajo la dirección de Leopold Hager. El domingo hacia las ocho de la tarde pudimos ver un auténtico río de paraguas desplegado bajo la lluvia desde la puerta de la Catedral hasta perderse más allá de la arquería que delimita la hermosa Plaza Mayor de Cuenca. En el interior del templo, un público heterogéneo y entregado atestaba el espacio. Si a esto le sumamos la presencia de medios televisivos (una grúa de cámara planeó trazando elipses sobre las cabezas del auditorio durante todo el concierto, además de las correspondientes cámaras fijas), podemos imaginar una estampa propia de un gran acontecimiento mediático. ¿Quién puede resistirse a la Novena? Lo que pudimos escuchar fue una versión ortodoxa, sin sobresaltos, pero bien construida y en ocasiones bastante apasionada, resultado de una suma individual de voluntades hábilmente coordinadas. Leopold Hager es un director con años de experiencia a sus espaldas, y se nota. Se hace respetar y entender por los músicos. Tiene las ideas musicales claras y es capaz de transmitirlas. Esto se materializó en un buen equilibrio entre planos sonoros, una articulación muy clara, y lo más importante de todo: una capacidad de conducir la tensión muy bien dosificada. Todo ello con un gesto técnicamente muy interesante, digno de análisis, por la amplitud de “repertorio” que incorpora y que oscila entre lo contenido y lo desmedido, según requiera la ocasión. La Mozarteum Orchester Salzburg tuvo el comportamiento y sonoridad propios de una orquesta austríaca: precisión, seriedad, entrega, una excelente sección de cuerda con el típico sonido profundo y denso, una sección de vientos bastante correcta (en la que destacaron especialmente las maderas), etc. En otro orden de cosas, conviene hacer algunas consideraciones acerca de la elección de este espacio arquitectónico como lugar de acogida del concierto. En primer lugar, hay que apuntar que la acústica (por su exceso de reverberación) puede llegar a comprometer los resultados artísticos. No obstante, anduvo al límite de la tolerancia, aunque Hager supo adaptar bien los tempi, ayudado por el poder de absorción del público. De otra parte, la fisonomía de la Catedral condiciona la disposición del público, básicamente, a lo largo de toda la nave central, con los consiguientes problemas de visibilidad. Ahora bien, entendemos que éste espacio es mas cercano al público (física y metafóricamente) que otro que hubiese resultado más adecuado desde un punto de vista acústico y de comodidad, como por ejemplo el Teatro Auditorio de la ciudad. No despreciemos tampoco la belleza estética que el contexto otorgó al concierto. Pero sobre todo, esta localización goza de una enorme carga simbólica que da sentido a una obra profana en un contexto netamente religioso como el que nos ocupa. Sabido es que la última de las sinfonías escritas por Beethoven es un canto a la fraternidad y a la conciliación entre los hombres apoyandose en el hermoso texto de Schiller. De esta forma, puede resultar oportuno que un Domingo de Resurrección lo profano pueda atravesar las puertas del templo.

Raúl Jiménez
Pie de foto superior: Leopold Hager, al frente de la Mozarteum Orchester Salzburg.