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29.VI.2013. Madama Butterfly entre ideografía y postmodernidad

    Temporada de ópera 2012/2013. Teatro la Fenice 29-VI-2013 AMARILLI NIZZA, MANUELA CUSTER, ADEKA GORROTXATEGUI, VLADIMIR STOYANOV, NICOLA PAIMO. ORQUESTA Y CORO DEL TEATRO LA FENICE. ÀLEX RIGOLA, Dirección Escénica. OMER MEIR WELBER, direción musical.   Puccini: Madama Butterfly Aforo: 1.000 Asistencia: 99%   Madama Butterfly es la primera ópera de Puccini con ambientación exótica en la que el compositor apuesta por una forma de teatralidad muy diferente de la que había utilizado en las dos óperas antecedentes (Bohéme y Tosca): ya no más, rapidez y concentración, sino extenuación y agotamiento. En otras palabras, ya no más el modelo…


 

 

Temporada de ópera 2012/2013. Teatro la Fenice

29-VI-2013

AMARILLI NIZZA, MANUELA CUSTER, ADEKA GORROTXATEGUI, VLADIMIR STOYANOV, NICOLA PAIMO. ORQUESTA Y CORO DEL TEATRO LA FENICE. ÀLEX RIGOLA, Dirección Escénica. OMER MEIR WELBER, direción musical.

 

Puccini: Madama Butterfly


Aforo: 1.000 Asistencia: 99%

 

Madama Butterfly es la primera ópera de Puccini con ambientación exótica en la que el compositor apuesta por una forma de teatralidad muy diferente de la que había utilizado en las dos óperas antecedentes (Bohéme y Tosca): ya no más, rapidez y concentración, sino extenuación y agotamiento. En otras palabras, ya no más el modelo verdiano sino el wagneriano. El drama se centra por completo en la idea poética de la “espera”, evidenciando su afinidad dramatúrgica con el modelo del Tristan e Isolde al que se une, en términos más estrictamente musicales, la utilización masiva de motivos conductores. Pero muy lejos de querer ‘rehacer’ Wagner, el Puccini de Madama Butterfly nos propone sí los temas wagnerianos del “eros” y la “espera”, pero en una versión que podríamos definir como ‘cínica’, situándolos en un contexto de comedia, en algunos momentos incluso grotesca: entre parientes japoneses que chismorrean y gritan, casamenteros que ríen con sorna, bodas celebradas de forma rápida y sencilla nada menos que por un pesado Comisario Imperial y finalmente, en la más clásica de las tradiciones cómicas, entre irresistibles gags alrededor de la lectura de una carta, continuamente interrumpida, por acontecimientos accidentales. El argumento patético, y en muchos aspectos escuálido, centrado en el amor entre la pequeña geisha y el oficial americano Pinkerton adquiere así rasgos realmente lacerantes dentro de un marco que tiene que ser ajustado a la realidad que represente siempre la visión de un Japón visto con ojos occidentales. Igualmente la dialéctica entre “dentro” y “fuera” es fundamental, representada por la casa con paredes móviles que se abren y cierran hacia un exterior que se hace progresivamente más opresivo y angustioso. De esta forma Puccini subraya el contraste entre belleza del entramando musical y la encarnación de un juego sutil y cruel. Por este motivo las puestas en escena que quieren minimizar y representar un Japón visto desde la propia perspectiva oriental (lamentablemente la mayoría en los últimos años) resultan ser siempre inadecuadas y algo pretenciosas.

La nueva producción de la Fenice encargada al reciente director de la Bienal de teatro de Venecia, Álex Rigoli, siguió lamentablemente este surco interpretativo. La idea de Rigoli se caracterizó por la presencia de una escena única: un espacio abierto con fondo blanco e iluminado a lo largo del espectáculo por diferentes colores con una escultura del artista japonesa Mariko Mori (autora de las escenas y los trajes, resultado de una colaboración entre la Fenice y la Bienal de Arte) como único elemento escénico principal en el centro del escenario. Una especie de lazo en forma de ocho en madreperla que situado en la parte superior, y poco visible durante el primer acto, bajaba en el segundo. Una interpretación de la obra por lo tanto de inspiración minimalista que quiso crear un hibrido entre la abstracción de la pintura ideográfica japonesa y los íconos postmodernos del pop asiático, visible en los atuendos de los personajes. Lamentablemente el contraste con la música de Puccini resultó ser ineludible y en muchos aspectos dañino para poder apreciar en su totalidad las peculiaridades dramatúrgicas de la ópera. Tampoco ayudó la gestualidad de los cantantes, demasiado hierática pero a su vez excesivamente desmedida en las expresiones faciales, así como la presencia – francamente inoportuna – de bailarines en segundo plano que con continuos movimientos subrayaban innecesariamente los momentos tópicos de la partitura.

La lectura del director Omer Mair Wellber, pese a no caer nunca en algunos fáciles sentimentalismos de tradición y a resaltar de manera adecuada el lado de comedia de ciertos momentos de la ópera, no ha sido siempre capaz de subrayar con eficacia la asombrosa paleta tímbrica y dinámica que caracteriza la partitura. Así, la llegada de Butterfly en el primer acto, en el mimo acto el dúo con Pinkerton y muchas secciones del segundo carecían de matices – principalmente en los momentos de transición – así como de la adecuada intensidad poética. Hay sin embargo que valorar al director israelí el haber sacado lo mejor de la orquesta de la Fenice. Los dos intérpretes principales demostraron ambos tener evidentes dificultades en controlar la dinámica y el legato de las frases. Amarilli Nizza, cantante dotada sin duda de una voz potente, se quedó en la superficie del personaje mostrando asimismo serias dificultades en la pronunciación del texto. No menos problemática fue la actuación del tenor vasco Andeka Gorrotxategui cuyo timbre más bien oscuro y cercano a una vocalidad de tipo verista no fue en absoluto el adecuado para el papel de Pinkerton. Mejor sin duda los personajes secundarios destacando las actuación del barítono Vladimiri Stoyanov (Sharpless) y de la Suzuki de Manuela Custer.

Gian Giacomo Stiffoni

Crédito: ©Michele Crosera

Pie de foto: Amarilli Nizza y Andeka Gorrotxategui e el dúo final del primer acto de Madama Butterfly