Audioclasica

13.XII.2013. Siamesismo pianístico

  L’AUDItori 13-XII-2013   KATIA Y MARIELLE LABEQUE, piano. OBC. JOHN NELSON, director   Obras de B. Britten, W. A. Mozart y L. van Beethoven.   Aforo: 2.203 Asistencia: 90%   Katia y Marielle Labèque son hermanas, pero cuando se sientan al piano parecen gemelas univitelinas. Desde la distancia del fondo de platea apenas si se las distingue físicamente –sólo si recurren a indumentarias distintas como le rouge et le noir de la noche de autos– y casi nada técnicamente, donde parecen haberse generado por mera clonación de laboratorio. Como de todos es sabido, se trata de una elección vital…

 

L’AUDItori

13-XII-2013

 

KATIA Y MARIELLE LABEQUE, piano. OBC. JOHN NELSON, director

 

Obras de B. Britten, W. A. Mozart y L. van Beethoven.

 

Aforo: 2.203 Asistencia: 90%

 

Katia y Marielle Labèque son hermanas, pero cuando se sientan al piano parecen gemelas univitelinas. Desde la distancia del fondo de platea apenas si se las distingue físicamente –sólo si recurren a indumentarias distintas como le rouge et le noir de la noche de autos– y casi nada técnicamente, donde parecen haberse generado por mera clonación de laboratorio. Como de todos es sabido, se trata de una elección vital que las Labèque hicieron desde su misma infancia, que forma parte intrínseca de su personalidad y es santo y seña de su ya larga carrera.

Tan gemelar es su música que suele resultar idónea a los oídos de quienes entienden que un concierto para dos pianos ha de sonar como si ambos fuesen tocados por un mismo intérprete –en el extremo opuesto, pongamos, al concepto Barenboim/Solti–. Y así se puso a las claras con el Concierto n. 10 en Mi bemol mayor KV 356 (316a) de Mozart, uno de los caballos de batalla más habituales del subgénero. Las dos pianistas desgranaron la partitura con pareja energía, pero me temo que también con idénticos defectos: falta de claridad en el fraseo, brusquedad pedalística, muy lejano espíritu mozartiano. Es lástima que intérpretes de su caché y su prestigio lo malbaraten en actuaciones tan negligentes y hueras como la reseñada.

Si con la mencionada página también la orquesta había dejado algunas sospechas de imprecisión, éstas se perpetuaron más manifiestamente en la segunda parte del concierto, dedicado a la Quinta beethoveniana. El director costarricense-estadounidense John Nelson le imprimió tiempos ligeros y mucha intensidad decibélica, lo que, unido a la poco afortunada noche de algunas maderas, de ciertos metales y de la percusión, se resolvió en una interpretación poco matizada y, por pasajes, tosca. La Quinta no es banal y exige un trabajo prolongado que quizás sólo sea posible con un director titular, por más que Nelson exhibiera en todo momento notable dominio de la concertación y se esforzara en imprimir un sello personal a la manida partitura.

En tal coyuntura, quizás lo más interesante de la velada residió en su página de apertura, la Sinfonía simple para orquesta de cuerda, op. 4 de Benjamin Britten, obra de juventud, de carácter sumamente romántico y escasamente visitada. La sección de cuerda de la OBC le confirió una interpretación luminosa, con espléndida exhibición técnica –el segundo movimiento es un comprometido pizzicato– y musicalidad subyugante. Y ahí Nelson consiguió también lo mejor de su aportación, acertando a extraer una lectura equilibrada y elegante.

Javier Velaza

Crédito: © May Zircus