Audioclasica

1.II.2014. Dos vaqueros en Hannover

Teatro Real. 1-II-2014.  Charles Wuorinen: Brokeback Mountain   Madrid. Teatro Real.  1.II.2014. Charles Wuorinen: Brokeback Mountain Aforo: 1.854 Asistencia: 95% DANIEL OKULITCH, TOM RANDLE, HEATHER BUCK, HANNAH ESTHER MINUTILLO, ETHAN HERSCHENFELD. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. TITUS ENGEL, DIRECTOR.   La cercanía del éxito cinematográfico y lo mediático del argumento escogido por el norteamericano Charles Wuorinen (1938) para este encargo madrileño sembraron la sospecha de encontrarnos ante un producto oportunista y estéticamente indefinible. Por otro lado, la estricta trayectoria (dodecafónica) y el sobradamente reconocido oficio del compositor alejaba la posibilidad de situarnos frente a una simple aventura mercadotécnica.…

1 MADRID Brokeback

Teatro Real. 1-II-2014. 

Charles Wuorinen: Brokeback Mountain

 

1 MADRID Brokeback

Madrid. Teatro Real. 

1.II.2014.

Charles Wuorinen: Brokeback Mountain

Aforo: 1.854 Asistencia: 95%

DANIEL OKULITCH, TOM RANDLE, HEATHER BUCK, HANNAH ESTHER MINUTILLO, ETHAN HERSCHENFELD. ORQUESTA Y CORO TITULARES DEL TEATRO REAL. TITUS ENGEL, DIRECTOR.

 

La cercanía del éxito cinematográfico y lo mediático del argumento escogido por el norteamericano Charles Wuorinen (1938) para este encargo madrileño sembraron la sospecha de encontrarnos ante un producto oportunista y estéticamente indefinible. Por otro lado, la estricta trayectoria (dodecafónica) y el sobradamente reconocido oficio del compositor alejaba la posibilidad de situarnos frente a una simple aventura mercadotécnica. Ahora bien ¿qué podíamos encontrarnos a cambio? ¿Qué clase de eclecticismo serviría para revestir de un manto operístico el trágico idilio de Ennis del Mar y Jack Twist?

La respuesta reside precisamente en la “estricta trayectoria (dodecafónica)” de Wuorinen, quien aplica a su partitura sin pestañear una paleta claramente post-bergiana situada en una zona intermedia entre el primer Henze (Boulevard Solitude, 1951) y el último Britten (Muerte en Venecia, 1973), y que aún haría parecer a cualquiera de ellos demasiado ecléctico (ninguna referencia a la música popular estadounidense). Entre las virtudes de la partitura están, sin duda, la naturalidad de la prosodia y el absoluto control de la tensión musical, perfectamente sincronizada con la acción y capaz de subrayar de forma efectiva los puntos culminantes del drama. Otra de sus virtudes consiste sin duda en la efectividad del libreto, su agilidad y emotividad, rasgos frecuentemente marginados por tantos compositores obcecados en adelantarse a su tiempo no solo con las partituras sino también con los libretos.

Entre las carencias, la primera -o quizá no- tiene que ver con el maridaje entre la música y un argumento situado en unas coordenadas históricas y culturales muy precisas y situadas en sus antípodas: ¿qué hacen estos vaqueros cantando series dodecafónicas? O dicho de forma más sutil: ¿qué tipo de “distanciamiento” se pretendía obtener al unir universos tan contrapuestos? Hasta Puccini en su Fanciulla del West (1910) adaptó su lenguaje para evocar el crudo Oeste americano. ¿Puede considerarse que en un escenario tan realista como el planteado por este libreto quepa saltarse esta cuestión, apostando sin más por la capacidad de abstracción de un lenguaje musical perfectamente autosuficiente? Como hemos dicho, Wuorinen consigue perfectamente equiparar la “tensión” de su partitura a la de cada uno de los momentos de la trama. Ahora bien, en esta concurrencia paralela es difícil apreciar tanto que la música aporte algún significado a la acción como que las distintas secciones musicales dependan o procedan unas de otras como un proceso orgánico. Incluso cuando la música cumple bien su función de sostener la tensión de la acción, sigue resultando poco significativa y, por ello, poco memorable, aunque como digo dicha carencia tiene un peso relativo en el resultado final dado que, al fin y al cabo, el libreto proporciona en todo momento un andamiaje muy eficaz. Tanto es así que la obra y el compositor fueron despedidos con calurosos aplausos y vítores por un público emocionado aunque algo atónito (la bisoñez operística de algún asistente se reflejó en comentarios como: “las canciones (sic) me han parecido muy raras”). Pero, en fin, también es un éxito atraer a un público nuevo a un estreno de música contemporánea.

La muy austera puesta en escena de Ivo van Hoe, contextualizada mediante alguna utilería realista y animada por algunas proyecciones de la montaña que da título a la ópera, tuvo como principal virtud su claridad comunicativa, pues no se prestó a mayores complejidades ni en lo conceptual ni en lo visual.La parte orquestal, a cargo del especialista Titus Engel, hizo justicia a una partitura que no pareció plantear excesivas dificultades.

En cuanto a las voces, Thomas Randle (Jack) y Daniel Okulitch (Ennis) lograron caracterizar de forma muy satisfactoria sus respectivos roles, que asumieron con enorme convicción y solvencia, tanto en lo dramático como en lo vocal. Lo mismo puede decirse de la mayor parte de los roles secundarios, entre los que destacamos la Alma de Heather Buck y la emotiva madre de Jack de Jane Henschel.

 

Rafael Fernández de Larrinoa

Pie de foto: Tres escenas de Brokeback Mountain.

Crédito fotográfico: Javier del Real