Audioclasica

Inmundicia sonora

TooMuchSignalMarketingNoise

No pierdan de vista este anuncio televisivo: un audífono diseñado para gente sin problemas de oído, que permite “escuchar claramente susurros y conversaciones bajitas, así como ver la televisión con un volumen bajo para no molestar por la noche”; “un discreto y práctico AUDÍFONO”, que “se puede utilizar tanto en espacios abiertos como cerrados”, como afirman en su página web los artífices del prodigioso invento. Póngase su audífono y podrá escuchar con nitidez cómo le ponen a parir en el trabajo sus compañeros, cómo discuten sus vecinos o cómo gritan mientras hacen el amor. ¡Surrealista! ¡Pretenden que nos volvamos más…

TooMuchSignalMarketingNoise

No pierdan de vista este anuncio televisivo: un audífono diseñado para gente sin problemas de oído, que permite “escuchar claramente susurros y conversaciones bajitas, así como ver la televisión con un volumen bajo para no molestar por la noche”; “un discreto y práctico AUDÍFONO”, que “se puede utilizar tanto en espacios abiertos como cerrados”, como afirman en su página web los artífices del prodigioso invento. Póngase su audífono y podrá escuchar con nitidez cómo le ponen a parir en el trabajo sus compañeros, cómo discuten sus vecinos o cómo gritan mientras hacen el amor. ¡Surrealista! ¡Pretenden que nos volvamos más sordos de lo que estamos ya? Un aparato así, lo único que puede lograr es crear un mundo entero de discapacitados auditivos.

Gracias a la reproductibilidad técnica, uno se encuentra en la inverosímil situación de ir a hablar a un bar en el que el único modo de escucharse es dando gritos. La gente está sentada en sus mesas y conversa (o lo intenta), pero la insoportable y sempiterna música enlatada tiene que imponerse a todos. Igualmente, en un restaurante ha de estar presente. La comida, el servicio y los precios pueden ser razonables, pero no va a faltar el detalle de mal gusto de agasajar a sus clientes con un soniquete machacón que no viene a cuento de nada. No intente pedirles que lo bajen, no le harán ni caso. Además, si les pregunta la razón de ese despropósito, le responderán que es “cuestión de marketing”, como me dijeron a mí el otro día.

De la misma manera, uno puede ir en el ascensor y tener que soportar la más kitsch y penetrante de las músicas. O en el lavabo de un hotel, en la sala de espera del médico, en el metro, ¡hasta en determinadas pistas de esquí ponen música a todo volumen! Una invasión sonora que arrasa con la hermosa quietud de la montaña, los acariciadores susurros del viento, las conversaciones lejanas y fugaces de esquiadores que descienden mientras uno va sentado plácidamente en su telesilla… ¡Habráse visto semejante vulgaridad nuevoriquista! ¿Qué clase de horror vacui nos hace comportarnos de tal modo? 

Un hombre del siglo XVII, por decir una época cercana, se creería en el infierno si de pronto le plantaran en el Paseo de Extremadura o en la Glorieta de Bilbao madrileños. Prueben a fantasear (a mí me encanta hacerlo) con el sonido de los cuadros y con el paisaje sonoro de tiempos pasados. ¿A qué sonaría una pintura de Canaletto o las calles que tan primorosamente recogió Pedro Texeira en su mapa de Madrid de 1656? 

Eras anteriores al alcantarillado y la cultura de la higiene (y aún hoy, fuera del primer mundo) han estado pobladas de una suciedad repugnante y de una falta de aseo que nos resulta inconcebible hoy en día. Circunstancias propicias, y un perfecto caldo de cultivo, para enfermedades de todo tipo. Pues bien, así nos verán en el futuro, como la época de la inmundicia y la porquería sonora. Un planeta, el nuestro, de escombros auditivos por todas partes. Antes, al menos, tenían la delicadeza de avisar con los “aguavaes”, pero ahora todo está permitido y en cualquier momento cualquier vehículo puede darte un bofetonazo sonoro y trepanarte los tímpanos con su hiriente claxon ante la más absoluta indiferencia de quienes tienen que velar por el cumplimiento de la ley. 

Sólo en medio de este infernal y ruidoso universo en que vivimos se puede entender la música de Frank Bedrossian o Yann Robin (pincha aquí para ver un vídeo en donde el Ensemble Intercontemporain interpretada una obra de Robin), encuadrados en la “estética del sonido sucio”: una maravillosa sublimación de nuestro violento entorno acústico en que tratamos de vivir. En sus obras, de pronto, la abominable pestilencia de los excesos sonoros que nos rodean se convierten en bellísimas sonoridades de una presencia corpórea que nos sacuden, nos envuelven y nos conmueven. 

Pero volviendo al tema que nos ocupa, algo tiene que cambiar en nuestra sociedad de atronadores detritos sónicos. De otra forma, terminaremos todos, no ya con el audífono para oír más, sino con uno para oír algo o con tapones en los oídos para ir a comprar el pan.

Miguel Morate Benito

Director 

(Editorial publicado en la edición impresa en noviembre de 2011).