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La voz de la Experiencia

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Patrick Alfaya, director de la La Quincena Musical de San Sebastián. La Quincena Musical de San Sebastián es, además de uno de los festivales más pretigiosos del panorama internacional, el más longevo de España. De igual manera, descartando los escasos festivales de tradición secular (sean los Proms londinenses o el wagneriano Bayreuth), se encuentra dentro de ese selecto club de los denominados “anteriores” a la Segunda Guerra Mundial. Su puesta en marcha tuvo lugar en un momento insólito, dado que su primera edición se produjo pocos meses después de finalizar la Guerra Civil, en un país absolutamente devastado. La explicación de este…

Patrick Alfaya, director de la La Quincena Musical de San Sebastián.

La Quincena Musical de San Sebastián es, además de uno de los festivales más pretigiosos del panorama internacional, el más longevo de España. De igual manera, descartando los escasos festivales de tradición secular (sean los Proms londinenses o el wagneriano Bayreuth), se encuentra dentro de ese selecto club de los denominados “anteriores” a la Segunda Guerra Mundial. Su puesta en marcha tuvo lugar en un momento insólito, dado que su primera edición se produjo pocos meses después de finalizar la Guerra Civil, en un país absolutamente devastado. La explicación de este fenómeno pasa por analizar la sociología, economía e idiosincrasia de la ciudad que lo vio nacer –la bella Donostia– y del pueblo vasco en general. Esta edición, coincidiendo con los 75 años de existencia, tuvimos la ocasión de hablar con Patrick Alfaya, su actual director, y con José Antonio Echenique, su predecesor en el cargo que se mantuvo durante más de tres décadas al frente del festival.

La Quincena Musical de San Sebastián es, además de uno de los festivales más pretigiosos del panorama internacional, el más longevo de España. De igual manera, descartando los escasos festivales de tradición secular (sean los Proms londinenses o el wagneriano Bayreuth), se encuentra dentro de ese selecto club de los denominados “anteriores” a la Segunda Guerra Mundial. Su puesta en marcha tuvo lugar en un momento insólito, dado que su primera edición se produjo pocos meses después de finalizar la Guerra Civil, en un país absolutamente devastado. La explicación de este fenómeno pasa por analizar la sociología, economía e idiosincrasia de la ciudad que lo vio nacer –la bella Donostia– y del pueblo vasco en general. Esta edición, coincidiendo con los 75 años de existencia, tuvimos la ocasión de hablar con Patrick Alfaya, su actual director, y con José Antonio Echenique, su predecesor en el cargo que se mantuvo durante más de tres décadas al frente del festival.

Solvencia en tiempos de crisis

Raúl Jiménez. Antes de nada, permítame felicitarle por los setenta y cinco años de existencia de la Quincena, cifra más que respetable.
Patrick Alfaya. Pues sí, lo cierto es que es una cifra que da un poco de vértigo que nos convierte en el abuelo de los festivales españoles, y uno de los más antiguos de Europa. Además, los inicios se producen en una fecha curiosa, ya que 1939 se posiciona al fin de la Guerra Civil y a las puertas de la Segunda Guerra Mundial. Pensemos que en ese momento España se encontraba arrasada.

R. J. La Guerra Civil acaba en abril y la Quincena arranca en agosto…
P. A. Y Francia es invadida en julio de 1940…

R. J. Dado lo señalado del aniversario, ¿qué hay preparado en cuanto a actos conmemorativos se refiere?
P. A. Lo que hemos decidido, de alguna manera, es ampliar la oferta más allá de esa que podríamos llamar “gran programación” –la del Kursaal y el Teatro Victoria Eugenia–, potenciando la oferta de los conciertos de esos ciclos que se desarrollan por toda la ciudad y la provincia de Guipúzcoa, e incluso Navarra y el País Vasco francés. Por otro lado, el primer día vamos a realizar una serie de conciertos en la calle (unos once en total abarcando distintos géneros como la música de cámara y el ballet) de entre los que hay que destacar La condenación de Fausto a cargo de la Orquesta de Toulouse y el Orfeón Donostiarra. También hay que hablar de un espectáculo que tendrá lugar en las terrazas exteriores del Kursaal a cargo de un grupo del grupo valenciano Xarxa Teatre que incorporará música, fuegos artificiales, luz, etc. Al respecto de si hay algún concierto conmemorativo, la respuesta es que no, aunque hemos dado pequeñas pinceladas a lo largo de la programación; por ejemplo: el festival clausura con la Sinfonía inacabada de Schubert, que fue la primera obra que se interpretó en 1939. Si tenemos que destacar actos específicos, me quedaría con los conciertos y espectáculos en la calle, que responden a esa vocación de servicio a la ciudadanía que nos caracterizan.

El Auditorio Kursaal, sede principal y moderno emblema de La Quincena.

R. J. Hablando de vocación ciudadana, un aspecto que llama la atención en La Quincena es el asequible precio de las entradas.
P. A. Así es. Para entender esto hay que considerar dos cuestiones: Quincena es una sociedad anónima, pero pública. No está en los estatutos, pero una de las directrices marca que debemos ser asequibles a todo el mundo; la entrada más cara para la ópera son noventa y cuatro euros y la más barata once, a lo que se añaden entradas para desempleados, jóvenes y de último minuto. Todo ello en un edificio (el Kursaal) donde la acústica y visibilidad es buena desde cualquier butaca.
En la ciudad existe la idea de que quien no acude a la Quincena es porqué no quiere, porque no le apetece o no le gusta la música
Otro factor que nos ha permitido mantener precios bajos ha sido el alto nivel de ocupación que siempre hemos mantenido: alrededor del 92%. La ciudadanía tiene inculcada esa conciencia de pago, y el denominado corte oficial es mínimo: si una autoridad necesita más entradas de las asignadas, las abona, con lo que la cifra de invitaciones se ajusta a lo estrictamente necesario por cuestiones profesionales. En mis seis años de permanencia, nunca he visto ningún problema a este respecto. Todo esto nos permite financiarnos –el año pasado obtuvimos 870.000€ por taquilla, lo que supone casi el 40% del coste– y tener unos precios asequibles. De hecho, en la ciudad existe la idea de que el quien acude a la Quincena es porqué no quiere, porque no le apetece o no le gusta la música. Si aquí hay dinero público, esto tiene que ser asequible para la mayoría de la sociedad, ya que su función ha de ser la de elemento facilitador. En resumen: somos una institución pública, pero los números deben funcionar y así resulta.

R. J. No sé si este modelo de gestión y estos planteamientos filosóficos hunden sus raíces en el carácter vasco (valga la ironía de que usted es madrileño) digamos, pragmático, con visión empresarial y solidario.
P. A. Parte de eso que apunta sí que está ahí. Por ejemplo: esa idea de pagar por algo que cuesta dinero, sí que es parte de la sociedad vasca, y lo digo, precisamente, desde mi perspectiva de madrileño. En ese sentido, aquí la gente es limpia y transparente, nadie exige por el hecho de ser conocido, amigo u ocupar cierto puesto. Personalmente, en San Sebastián tengo la sensación, que en ocasiones no he experimentado en otros sitios, de que esa conciencia de igualdad realmente se ejerce desde las instituciones. En lo que a al carácter empresarial se refiere, no cabe duda de que ésta es una sociedad con marcada vocación.

R. J. Consideraba esta pregunta pertinente, precisamente, al tener en cuenta los peculiares orígenes de la Quincena ligados a lo netamente comercial y no académico.
P. A. Claro, así es. Si le damos la vuelta a la pregunta, observamos que en muchas ocasiones se ponen en marcha proyectos en los que a priori ya se cuenta con el dinero, con lo que se han realizado políticas a corto plazo, mientras que aquí se ha tenido que desplegar un proyecto a más largo plazo. Uno de los contras es que estamos obligados a mantener una fuerte recaudación, y eso te hace ser algo más conservador en la programación, pero como acumulamos décadas de experiencia a este aspecto, tenemos tomada la medida de hasta qué punto podemos arriesgar programando.

El Teatro Victoria Eugenia albergó, hasta la inauguración del Kursaal, el grueso de la programación durante décadas.

R. J. ¿Cómo se logra ese equilibrio programando?
P. A. Sentándonos, dándole vueltas a las cosas, pensando mucho, escuchando mucho y hablando con mucha gente y proyectando a largo plazo. Además, todas estas décadas de existencia nos dan seguridad y solvencia porque sabes que las instituciones y el público tienen un respeto por la Quincena y nos van a seguir apoyando. Observo a muchos compañeros de profesión que viven con incertidumbre, pero yo aquí no me encuentro en esa tesitura. Y eso que las instituciones públicas han recortado un 40% su aportación a Quincena. Por otro lado, hemos subido la recaudación de taquilla, poco y sin llegar a compensar los recortes, pero no deja de ser un indicativo de que las cosas se están haciendo correctamente. Con esa tranquilidad se puede planificar a largo plazo, con mayor serenidad y mayor sentido común.
Luego está el tema de la gran cantidad de conciertos que programamos; pueden parecer muchos, pero están muy bien dispuestos para evitar que se pisen unos a otros, y para lograr la diversificación de público. Reconozco que últimamente estamos programando con una antelación algo menor, y esto es debido a que con la actual situación de crisis que afecta a toda Europa, hay muchas giras que se están cancelando y eso no arrastra: el año pasado tuvimos un proyecto Wagner que se vino abajo porque fuimos el único festival que quedó en pié, y los costes se dispararon. Otra estrategia pasa por la cooperación con asociaciones o con otros festivales (sea el caso del de Santander, o la coproducción de ópera que desde hace años mantenemos con El Escorial) que nos permite abaratar compartiendo gastos de producción.

R. J. Hablemos del público que acude a la Quincena. Además de la implicación del público local y de la sociedad vasca en general, es de suponer que existe un público foráneo (turistas) que también acuden a la Quincena ¿Cómo es ese perfil?
P. A. Es cierto que existe, aunque no puedo precisar cuanto. Esto es debido a que, esencialmente, se vende por Internet (como un setenta por ciento de las entradas) y la ley de protección de datos no te permite trazar estadísticas, ni siquiera el país de origen. Lo que sí nos consta es la existencia de aquellos abonados que vienen de fuera –sobre todo, Madrid y Barcelona–. Otro frente que estamos empezando a explotar, dentro de nuestras limitadas posibilidades económicas, es Francia. Hay un público potencial amplio por ser un país de tradición musical y renta alta, aunque existe la barrera psicológica de la frontera, y la limitación de tener una población dispersa y rural (en el caso del País Vascofrancés). No obstante, parece que los medios de comunicación del país vecino comienzan a hacernos algo más de caso.

R. J. José Antonio Echenique ha permanecido en el cargo más de tres décadas pero, desde hace poco más de un lustro deja la dirección. No desaparece totalmente, sino que continúa como asesor. ¿cómo se sobrelleva esta circunstancia?
P. A. José Antonio es una institución, pero además es un buen amigo mío desde hace años (es amigo de mis padres y he heredado tal amistad). Él decidió dejar su puesto hace seis años, pero todos –yo el primero– le pedimos que no se fuese.
José Antonio es una institución. Él es la memoria del festival
Cuando Odón Elorza, en nombre del Patronato, se puso en contacto conmigo y me pidió opinión, yo le dije que pensaba que tenía mucho que aportar y se podía quedar dentro de la institución trabajando. Él es la memoria del Festival, conoce al público, a muchísima gente y al propio medio. Espero que esté aquí muchos más años.

R. J. Permítame que le formule una pregunta un tanto distendida. Si observamos el listado de directores de la Quincena, se puede ver una clara progresión: Francisco Ferrer permaneció en el cargo diecisiete años, su hijo veinte años, José Antonio Echenique treinta y uno, y al final de la lista aparece Patrick Alfaya. No puede permanecer usted menos de tres décadas al frente de la Quincena…
P. A. Bueno, tengo cuarenta y trés años, y lo cierto es que ya lo tenía calculado: debería jubilarme a los sesenta y ocho… Tal y como van las cosas –hablamos de edades de jubilación próximas a los setenta años–, no sería tan descabellado. Por otro lado, no me parece mal, hay ciertas profesiones que sí admiten esa permanencia (no un minero, obviamente), tomemos el caso de profesiones menos físicas y más intelectuales. De cualquier forma, no sé si alcanzaré esa cifra, pero si me gustaría permanecer en el cargo una buena temporada.

 La voz de la experiencia


José Antonio Echenique.

José Antonio Echenique ha permanecido al frente de la Quincena durante más de treinta años. Lo que inicialmente se planteó como un contrato temporal de tres meses, finalmente se alargó tres décadas. Hombre incansable, con un desmedido sentido de la responsabilidad y carácter afable, su nombre viene indisociablemente asociado al de la Quincena. Tal es así que actualmente continúa como asesor por petición expresa del propio Patrick Alfaya y del Patronato de la ciudad. El resultado de su dilatada carrera se materializa hoy en un festival con las cuentas saneadas en un contexto de acuciante crisis, sin renunciar a la calidad y prestigio de su programación.

Raúl Jiménez. Me gustaría comenzar lanzando una felicitación (como ya lo hiciera con Patick Alfaya) a la Quincena por sus 75 años de existencia, cifra nada desdeñable, y con la que no muchos festivales pueden competir.
José Antonio Echenique. Desde luego, volver la vista atrás y comprobar esos setenta y cinco años de existencia, especialmente en un país tan convulso como el nuestro, es motivo para felicitarnos todos. Además, hay que decir que nos encontramos entre los veinte festivales más antiguos de Europa, ya que la mayoría son posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Salvando las distancias con casos como los Proms londinenses, Bayreuth, Salzburgo, etc.

R. J. Uno de los aspectos que más llaman la atención al estudiar la historia de la Quincena Musical de San Sebastián es el hecho de que los directores que han estado al frente de la misma, lo han hecho por períodos de tiempo extraordinariamente largos. En su caso, más de treinta años.
J. A. E. Concretamente treinta y dos ediciones. Ocurre algo similar en esta ciudad con el Orfeón Donostiarra el cual ha tenido, entre 1897 y 2014, solamente cinco directores. Me gusta establecer ese paralelismo ya que, en efecto, es una característica un tanto particular. Quizá resulte que el público ha tenido mucha paciencia con nosotros y nos ha aguantado. Cuando yo me incorporo al festival en el año 1979 lo hago en un momento de transición en el cual se produce la transferencia de la gestión del Teatro Victoria Eugenia al Ayuntamiento de la ciudad. Ésta era la época en que estaban de moda las asambleas populares (tengamos en cuenta que hablamos de los primeros balbuceos de la democracia) y aquellos que en ese momento teníamos cierta relevancia en la vida musical de la ciudad, fuimos citados. Yo acudí como representante de la Caja de Ahorros Municipal para quien organizaba conciertos. Fueron unas condiciones un tanto particulares porque, tras la dimisión de Francisco Ferrer en el mes de abril, era necesario poner en marcha una nueva edición para garantizar la continuidad del festival. Finalmente, tras ser designado al elegir la comisión nuestro proyecto, logramos ponerlo en marcha el mes de diciembre. En un principio, me hicieron un contrato para tres meses que finalmente se convirtieron en más de tres décadas.

R. J. Este modelo de gestión que coloca durante tanto tiempo a una misma persona al frente de un festival goza de algunas ventajas como puede ser la estabilidad, independencia respecto a los avatares políticos, experiencia, etc. y algunas desventajas entre las que cabría citar el peligro de no evolucionar con la sociedad (treinta años dan para muchos cambios) o anquilosarse en el puesto. Confirme o desmienta estas afirmaciones.
J. A. E. Estoy completamente de acuerdo con eso que plantea. Para mí, cada año era como una reválida de mi trabajo. Mi percepción ha sido siempre tal que, si un año fracasaba el festival, no fracasaba Beethoven, ni Mozart, ni Carmelo Bernaola, ni la OCNE, ni cualquier otro intérprete, sino que el fracaso era mío. Cada edición resultaba una tortura, especialmente en el momento en que se hacía pública la programación. Resultaba algo casi obsesivo y sólo experimentaba cierto relax entre los meses de octubre y mayo. Me preocupaba la reacción del público, los índices de asistencia, los medios de comunicación como ustedes. Siempre he dicho que si algún día me llegaba a faltar la imaginación y la ilusión, esperaba marcharme antes de que eso sucediese. Además, he tenido la enorme suerte de tener a mi alrededor una serie de personas del mundo de la música de enorme valía y muy variopintas: unos eran profesionales y otros aficionados. En un principio, me hicieron un contrato para tres meses que finalmente se convirtieron en más de tres décadas Otro tema muy importante fue el hecho de descentralizar la programación, de sacarla fuera de la sede central (en tiempos, el Teatro Victoria Eugenia) lo cual nos obligó a crear conciertos a la medida de cada uno de los espacios, jugando con el patrimonio histórico, con la naturaleza, con el entorno social, etc. Esto nos ha obligado a realizar una gimnasia mental maravillosa. Cuando tengo que hacer balance, es obvio que me vienen a la cabeza los momentos de gran sinfonismo que hemos programado, pero también otros más íntimos en los que participaba un público más espontáneo y con menos prejuicios. Otro particular que me gustaría comentar es que, al igual que algunos músicos, yo he padecido verdadero pánico escénico, un auténtico respeto al público que me fue inculcado por mi predecesor en el cargo, Paco Ferrer, quizá por el hecho de ser él empresario privado.Interior del Auditorio Kursaal durante uno de los conciertos de la Quincena.

R. J. Menciona usted el que parece ser el modelo de festival actual: aunar música con patrimonio, con otras disciplinas artísticas, y con cierta tendencia a la diversificación. No obstante, la Quincena goza de una singularidad bastante llamativa, ya que su programación parece la suma de muchas programaciones especializadas. Pongamos por ejemplo la espectacular sección dedicada a la música contemporánea.

J. A. E. En el caso concreto de la música contemporánea hemos tenido la suerte de colaborar desde hace ya algunos años con Ramón Lazkano, compositor y profesor de Musikene, quien goza de unos enormes contactos y de una enorme habilidad como administrador. Le suministramos un presupuesto muy reducido –yo siempre he dicho que la música contemporánea es la cenicienta de la programación– y nos organiza un ciclo con mucha fuerza, muy fresco, muy actual y con grandes conciertos.

R. J. Hablemos de los modelos de festival que, a grandes rasgos, dominan el panorama actual. Me permito establecer dos categorías: una que incorpora aquellos que han sido creados gracias al impulso académico, institucional y público, y otros ligados a la iniciativa privada y empresarial. ¿Se ajustaría la Quincena al segundo de esos modelos?

J. A. E. Para responder a esto hay que mirar a los orígenes, momento en el que el período vacacional de la burguesía se prolongaba durante tres meses. Entonces, el festival nace como un puente de transición entre las fiestas patronales (conocidas como Semana Grande) a mediados de agosto, y las primeras regatas de traineras los dos primeros domingos de septiembre. En la intención de cubrir ese hueco de unos quince días están nuestros orígenes. Así como en Granada se evoca a Lorca y Falla, e incluso las fiestas del Corpus Christi de finales del s. XIX, aquí hay que evocar la iniciativa privada, al Casino de San Sebastián, poderosa institución que llega a financiar a dos orquestas a la vez (la del maestro de Larrocha y la Arbós). A esto hay que sumar la circunstancia de ser un país neutral durante la Primera Guerra Mundial, lo que posibilitó la presencia en su momento de figuras del mundo de la música como el propio Stravinski. Es un momento de enorme eclosión en el que se sientan las bases de lo que somos hoy. Entonces, el Ayuntamiento junto con los comerciantes de la ciudad, decide poner en marcha el festival. Años más tarde sucedería algo similar con el Festival de Cine.El teatro Victoria Eugenia en una imagen nocturna.

R. J. ¿Cómo es el perfil del público?

J. A. E. Fundamentalmente es gente de la propia ciudad de San Sebastián y de la provincia de Guipúzcoa. A esto hay que añadir los foráneos propios del período estival: los veraneantes. En ocasiones hay quien nos ha tachado de endogámicos por tener un público muy fiel y local, pero en realidad esto es una gran ventaja, ya que demuestra una implicación de la ciudad, una enorme aceptación social que nos permite seguir existiendo desahogadamente y respaldados por la ciudadanía. Además, aglutinamos otro tipo de público más amplio como es el que veranea o vive entre el territorio comprendido entre el Garona (Burdeos y Toulouse) y el Ebro (Zaragoza). También hay que destacar una cierta presencia de Cataluña y Madrid. El perfil ha ido variando con el paso del tiempo dado que la oferta musical se ha ido incrementando enormemente, y con ello la competencia. No podemos luchar contra la programación del Palau, el Liceo, o cualquier temporada de un auditorio o teatro.

R. J. Entonces, ¿qué estrategias se ponen en marcha para fidelizar o captar nuevos públicos?

J. A. E. Para atraer a un público foráneo deberíamos realizar un enorme aumento del presupuesto y acceder a cierto tipo de intérpretes que llamasen la atención; hablamos de novedades o de los grandes nombres. Afortunadamente, San Sebastián cuenta con un entorno privilegiado, un patrimonio cultural y paisajístico muy atractivo, por no citar nuestra gastronomía, etc. Es ahí, en esos valores añadidos, donde habría que incidir, aunque ésta es todavía nuestra asignatura pendiente. En ocasiones hay quien nos ha tachado de endogámicos por tener un público muy fiel y local, pero en realidad esto es una gran ventaja  Otro atractivo del que goza la Quincena son los precios, dado que resultan muy accesibles (oscilan entre los sesenta euros de la entrada más cara para un concierto sinfónico, hasta los siete del ciclo de música contemporánea), ostensiblemente más baratos que los de otros festivales. Sin ir más lejos, un mismo concierto en Santander, a los pocos días de ser presentado aquí, pude llegar a ser un 50% más caro.

R. J. Hablando del tema, ¿qué tal son las relaciones con la ciudad vecina de Santander?

J. A. E. En estos momentos son muy buenas. No es que anteriormente se pudiese decir que fueran malas, pero sí que existía un cierto desfase por el hecho de que en Quincena siempre se ha programado con mucha antelación (hablamos de cerrar conciertos a dos años vista), mientras que Santander iba con un poco de retardo y en ocasiones se encontraba con que cierto proyecto ya estaba comprometido con nosotros y se perdían oportunidades. En cambio, ahora, desde la llegada de Jaime Martín, se está facilitando muchísimo más la colaboración. De hecho, este año tenemos tres grandes intérpretes (la Orquesta de Rotterdam, el Ballet de Víctor Ullate y Gardiner) que van a tanto a Santander como a San Sebastián, y todos salimos beneficiados. Además, el público es totalmente diferente a pesar de la cercanía de ambas ciudades, con lo que no pasa nada por el hecho de repetir programaciones.

R. J. ¿Con qué filosofía se ha preparado la conmemoración del 75 aniversario?

J. A. E. Se ha planteado con un programa muy abierto y un poco festivo, tomando obras que han tenido cierto protagonismo en la historia del festival. Concretamente, La Boheme, que fue la primera ópera que se hizo aquí en el año 1939 y la que más veces se ha representado en la historia de la Quincena. Hay una anécdota muy interesante de ese estreno: era la época del famoso eje Berlín-Madrid-Roma que se posicionaba ideológicamente en contra de lo “europeo” y se hubo de programar con el título de La Bohemia. Otra obra capital es el Requiem de Verdi, siendo la obra sinfónico-coral más veces programada en este contexto. La obra inaugural de la primera edición fue la Sinfonía inacabada de Schubert, y en la 75 edición será la de clausura bajo la batuta de Ivan Fisher y la Orquesta de Budapest. En relación a lo de “festivo”, hemos programado conciertos expansivos, fuera del entorno de la ciudad; hablamos de un total de dieciséis localidades de todo el País Vasco, Navarra y Francia. Así pues, no hay un hilo conductor, pero si un planteamiento de “gran banquete musical”.

Más información en: http://www.quincenamusical.com/