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05.VI al 11.VII.2014. Veinticinco años de calidad

    25 RAVENNA FESTIVAL 5-VI al 11-VII-2014 Asistencia media: 95%     “1914: el año que ha cambiado el mundo” ha sido el título escogido este año por el Ravenna Festival que recuerda los 100 años del estallido de la primer guerra Mundial y sobre todo celebra veinticinco años de existencia. Veinticinco años de un festival que se ha caracterizado por una soberbia calidad de propuestas y temas, y que siempre ha sido un modelo de originalidad organizativa sensible a la historia del pasado dentro de la actualidad contemporánea. En cada una de sus ediciones han dialogado con naturalidad:…


 

 

25 RAVENNA FESTIVAL

5-VI al 11-VII-2014


Asistencia media: 95%

 

 

“1914: el año que ha cambiado el mundo” ha sido el título escogido este año por el Ravenna Festival que recuerda los 100 años del estallido de la primer guerra Mundial y sobre todo celebra veinticinco años de existencia. Veinticinco años de un festival que se ha caracterizado por una soberbia calidad de propuestas y temas, y que siempre ha sido un modelo de originalidad organizativa sensible a la historia del pasado dentro de la actualidad contemporánea. En cada una de sus ediciones han dialogado con naturalidad: música clásica, musical, jazz, teatro, danza clásica y moderna, exposiciones y charlas de carácter filosófico ofreciendo un abanico de manifestaciones artísticas impagable. Mérito de los directores artísticos del certamen, Cristina Muti junto a Franco Masotti y Aldo Nicastro, capaces de invitar junto a figuras de primer plano a artistas emergentes favoreciendo el trabajo de los más jóvenes. Considérese solamente la actividad y vida de la Orquesta Juvenil Luigi Cherubini que sin duda debe mucho a su fundador Riccado Muti como también a este festival que la ha visto como protagonista principal de sus conciertos y óperas en los últimos diez años.

Por Ravenna han pasado los recientemente fallecidos Claudio Abbado y Lorin Maazel, junto a directores importantes como George Solti, Charles Dutoit, Carlos Kleiber y Esa-Pekka Salonen al frente de las mejores orquestas del mundo: entre ellas los Wiener y Berliner Philharmoniker, la Orquesta de Filarmónica de New York y de Chicago, la Orquesta de San Petersburgo, los Muncher Philharmoniker y muchas más. Sin olvidar al enorme número de solistas y la presencia constante entre 1990 y 2004 de la Orquesta de la Scala, con al frente el que fue en esa época su director principal Riccardo Muti. Evidentes problemas financieros relacionados con la crisis y con el escandaloso desinterés del estado italiano hacia la cultura en los últimos años han dejado huella en las más recientes ediciones del certamen que sin embargo ha sabido mantener siempre muy alto su estándar cualitativo. Algo que se ha evidenciado igualmente este año y que en la sección relativa a los conciertos ha podido beneficiarse de intérpretes excelentes y de programas atrayentes aunque algo conservadores, en los que se refiere a la elección del repertorio, y poco vinculados (con la única excepción del concierto de clausura) con el tema esta edición, o sea los 100 años del aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial.

Yuri Temirkanov frente a ‘su’ orquesta de San Petersburgo ofreció una lectura impresionante de la fantasía sinfónica Francesca da Rimini de Tchaikovsky realzando de forma original la modernidad y el profundo lirismo que caracterizan esta obra del gran compositor ruso. Algo que fue evidente también en el Petruška stravinskiano de la segunda parte donde se puso de manifiesto la impresionante calidad de las primeras partes de la orquesta en la sección de las maderas y de los metales. Sin olvidar la emoción que trasmite la cuerda de este conjunto, fundamentalmente en los violonchelos, con su típica y majestuosa profundidad de sonido originada por una perfecta sincronización entre todos sus elementos. Menos conseguida fue la actuación de Vadim Repin en el segundo concierto de Prokófiev con una ejecución de la obra muy poderosa pero algo tosca y absolutamente privada de nuances.

La Orquesta Filarmónica Checa fue la segunda orquesta invitada por el festival después de un interesante concierto brahmsiano de Kent Nagano con la Orquesta Cherubini. Dirigida por primera vez en 1896 nada menos que por Antonin Dvôrak, ha mantenido inalterada la tradición de su sonido amplio y potente aunque siempre cálido con una gran variedad de dinámicas sin excederse nunca en un virtuosismo vacío. La dirigió en Ravenna Valery Gergiev que desde el podio valorizó sus características con una dirección elegante y precisa como en sus mejores momentos. Ligereza y pasión se alternaron en la suite del Lago de los cisnes de Tchaikovsky mientras que en los Cuadros de una exposición sobresalió más el genial desequilibrio formal y la potencia expresiva de Mussorgsky que la elegancia de la orquestación de Ravel. En el segundo concierto para piano de Rachmaninov entró en escena la habilidad de la joven coreana Yeol Eum Son que ofreció una lectura equilibrada de la obra, sin sentimentalismos innecesarios aunque algo débil en los momentos más intensos que caracterizan esta famosa partitura.

Los dos últimos conciertos estuvieron a cargo de Riccardo Muti. El primero de ellos, al frente la Orquesta Cherubini y la Orchestra Giovanile Italiana, presentó un programa muy clásico pero siempre sugestivo como el Tercer concierto para piano de Beethoven y la Quinta sinfonía de Tchaikovsky. El concierto se benefició de un excelente David Fray como solista y demostró una renovada afinidad de Muti con el compositor alemán basada en la profundización del equilibrio entre entramado formal, ligereza casi mozartiana del dialogo entre piano y orquesta y potencia de la escritura sinfónica. Algo evidente también en la espectacular lectura de la obra de Tchaikovsky increíblemente intensa en todos los detalles y llena de energía gracias a una orquesta muy entregada. Orquesta que Muti también elogió al final de concierto quejándose con firmeza en un breve discurso de las escasas oportunidades de trabajo y de la poca atención que reciben los jóvenes músicos italianos de parte del mundo político.

La dirección de Muti fue igualmente el factor generador de más entusiasmo en el concierto de clausura del Festival, el 10 de julio, gracias a una interpretación soberbia, por intensidad y atención a cada detalle, de la Messa da Requiem de Verdi. Frente a la batuta de Muti estuvieron, además de la Orquesta Cherubini algunas primeras partes de los Wiener y Berliner Philarmoniker, de la Philharmonia de Londres, de la Chicago Symphony Orchestra, de la Filarmónica de San Pesterburgo, de la Orquesta Nacional de Francia y del teatro La Monnaie de Bruselas. Junto a ellos los coros Friuli Venezia Giulia y del teatro de Trieste y los solistas Tatiana Serjan, Daniela Barcellona, Saimir Pirgu y Riccardo Zanellato. El concierto, dedicado a los caídos de todas las guerras, demostró por enésima vez la profunda afinidad del director napolitano con esta obra. La cantidad de emociones cambiantes condensadas en todas las secciones de la obra fueron gestionadas con mucha naturalidad y solidez por Muti, componiendo un arco narrativo de impresionante unidad y potencia expresiva. El resultado fue emocionante en todo momento consiguiendo transmitir con la misma intensidad los susurros inquietantes del íncipit, el estruendo apocalíptico del Dies Irae, la espectacular y abrumadora fuerza del Tuba Mirum, así como la sublime dulzura del Recordare, del Agnus Dei y del sublime Lux aeterna. Pero el momento más perturbador e intenso fue sin duda el Libera me conclusivo que, gracias a la intensidad interpretativa excepcional de Tatiana Serjan, se convirtió en un grito sofocado y una súplica desesperada contra la ineluctable llegada de la muerte eterna.

Gian Giacomo Stiffoni

Crédito: © Fabrizio Zani

Pie de foto: Yuri Temirkanov frente a la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo