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14.VII.2014. Bausch antes de Bausch

  MADRID. TEATRO REAL, TEMPORADA DE ÓPERA. 14-VII-2014   MARIA RICCARDA WESSELING, YUN JUNG CHOI, JAËL AZZARETTI, NICOLAS PAUL, ALICE RENAVAND, CHARLOTTE RANSON. BALTHASAR NEUMANN CHOR & ENSEMBLE. THOMAS HENGELBROCK, director. PINA BAUSCH, coreografía.a Gluck: Orfeo y Eurídice   Aforo: 1.750 Asistencia: 99%     Pina Bausch (1940-2009) se convirtió en la coreógrafa europea mas importante – y desde luego, mas influyente – de las últimas décadas del siglo XX a partir de Cafe Muller (1978), obra de inspiración autobiográfica, según sus propias palabras, que por su estructura, su brutal intensidad dramática, el movimiento radicalmente natural de los bailarines (golpes,…

Orfeo y Eurídice de Pina Bausch

 

Orfeo y Eurídice de Pina Bausch

MADRID. TEATRO REAL, TEMPORADA DE ÓPERA.

14-VII-2014

 

MARIA RICCARDA WESSELING, YUN JUNG CHOI, JAËL AZZARETTI, NICOLAS PAUL, ALICE RENAVAND, CHARLOTTE RANSON. BALTHASAR NEUMANN CHOR & ENSEMBLE. THOMAS HENGELBROCK, director. PINA BAUSCH, coreografía.a

Gluck: Orfeo y Eurídice

 

Aforo: 1.750 Asistencia: 99%

 

 

Pina Bausch (1940-2009) se convirtió en la coreógrafa europea mas importante – y desde luego, mas influyente – de las últimas décadas del siglo XX a partir de Cafe Muller (1978), obra de inspiración autobiográfica, según sus propias palabras, que por su estructura, su brutal intensidad dramática, el movimiento radicalmente natural de los bailarines (golpes, carreras, frases coreográficas cortas repetidas hasta la exasperación, ausencia total de estilización) creó un género nuevo, el teatro danza o danza teatro. Siguieron otras obras no menos impactantes –Arias (1979), Claveles (1982), Un grito se oyó en la montaña (1984), Dos cigarrillos en la oscuridad (1985), Víctor (1986) y muchas mas hasta su muerte hace cinco años– que fueron consolidando esa fortísima personalidad coreográfica y esa nueva manera de ocupar el espacio escénico y forzosamente, de relacionarse con el espectador. A partir de Muller, que tiene como fondo Purcell, ya nunca mas utilizó música clásica para sus creaciones (salvo fragmentaria y casi siempre ironicamente) si no collages de músicas y ruidos diversos, diálogos, ladridos (a veces con los animales en escena), ritmos populares o bailes de salón, todo siempre fragmentado, interrumpido, roto pero controlado por su sabiduría, su enorme talento y su aliento poético, que siempre ataca al más escéptico cuando mas tranquilo está disfrutando de su sarcasmo social o cuando mas abrumado se encuentra por la violencia directa de algunas escenas.

El Orfeo y Eurídice (1975) que se estrenó el sábado 12 de julio en el Teatro Real es algo bien distinto, aunque no menos apasionante: una obra que casi con humildad sigue el libreto francés de la ópera de Gluck (aunque en alemán), donde Pina Bausch muestra un apabullante manejo de las claves del movimiento escénico y de la expresividad de las líneas coreográficas, tanto en los solos como en las escenas de grupo, lo que le permite hacer brotar la emoción deseada con una notable economía de gestos. Como su anterior montaje de Gluck, Ifigenia en Taúride (1973), que ya se vio en este mismo escenario hace algunos años, su Orfeo fue concebido para la Ópera de Wuppertal, donde dirijía la compañía de danza, en un momento en que tenía que de alguna manera,”reconciliarse” con el público provinciano de aquel teatro que había pateado y rechazado sus primeros estrenos demasiado rompedores. Y lo hizo a lo grande, con dos obras maestras que pueden verse, casi 40 años después, como clásicos, que aguantan el ser bailados por una compañía tan académica (y tan buena) como el Ballet de la Ópera de París sin perder nada de su concepción ni de su forma estrictamente modernas.

En este Orfeo los tres principales papeles solistas están doblados en escena: los cantantes, de negro riguroso, a veces acompañan a los bailarines, a veces se alejan y otras participan, como en la punzante escena final de la segunda muerte de Eurídice. Para los puristas de la danza, a pesar del cuidado con el que están coreografiados sus movimientos, los cantantes estorban un poco, pero Bausch no puede repetirse nunca y si en Ifigenia los había dejado aparcados en los palcos de proscenio, esta vez tenía que intentar integrarlos.

La belleza de las imágenes es, desde la primera escena (con una efigie de Euridice gigante vestida de novia presidiendo la ceremonia de su propio duelo), apabullante. En esto, como en el conjunto del montaje, se ve la mano de quién fue su marido hasta su prematura muerte, en 1980, Rolf Borzik, y a quién se tiene por al menos parcialmente responsable de la tan inimitable (y sin embargo imitadísima) estética Bausch.

Por lo demás, en ésta, mas que en ninguna otra de sus obras, Bausch se revela como el eslabón clave de continuidad de la gran generación creadora de la danza moderna centroeuropea (Laban, Wigman, Palucca, y tantos otros) que empezó a trabajar durante la Gran Guerra, tuvo su esplendor durante la República de Weimar y los primeros años del nazismo y prácticamente desapareció de los escenarios alemanes y del resto del mundo con la derrota del Eje. Quizás no tanto por las mas o menos culpables colaboraciones de sus máximos exponentes con el nazismo (¡cuantos ejemplos no hay en música y las demás artes de rehabilitaciones instantáneas!) como porque los nuevos responsables culturales pensaron que la población no tenía cuerpo, al terminar la guerra, para experimentos, ni siquiera para “danza de expresión”, y uno por uno todos los teatros alemanes optaron por establecer compañías de ballet y olvidarse del ausdrucktanz.

Pero lo que sí reabrió fue la Folkwangschule, la Escuela de danza y artes escénicas que fundara Kurt Jooss, eminente discípulo de Laban, en 1929 en Essen. Allí recaló Pina Bausch a los 14 años, y aunque después de graduarse pasó dos años en NuevaYork estudiando en la Julliard y bailando para compañías clásicas y modernas, pasó la mayor parte de los años sesenta de nuevo en la Schule como ayudante de Jooss y mas tarde como directora. De ahí el perfume Wigmaniano de las escenas de grupo, en las manos blancas al final de los brazos negros, en los torsos dolientes, en el andar perdido y ciego de las furias vírgenes, y también la sabiduría acumulada de las líneas de fuerza del espacio escénico que tanto estudiara Laban, entre otras muchas continuidades. Pina Bausch, quién lo duda hoy, ha sido uno de los grandes genios del teatro del siglo XX, pero un genio con raíces bien ancladas en una espléndida tradición.

A partir de 1984, cuando con su Compañía, de Wuppertal, fue invitada a inaugurar la Olimpiada Cultural de Los Ángeles, su importancia y su influencia se convirtieron en globales, o mejor dicho, mundiales. Aunque la recepción crítica en Estados Unidos estuvo lejos de ser unánime, tanto el público como las gentes del oficio (William Forsythe), del teatro (Bob Wilson), del cine (Almodóvar) e intelectuales (Susan Sontag) dieron la voz: esta frágil mujer no solo ha revolucionado ya la danza contemporánea, si no la escena en general.

Mercedes Rico

Crédito @ Evie Fylaktou