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12.VII.2014. Las apariencias engañan

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  San Lorenzo del Escorial. Teatro Auditorio. Festival de Verano. 12-VI-2014 ORQUESTA DE CADAQUÉS. EDMON COLOMER, director. GINESA ORTEGA, cantaora. CAÑIZARES, guitarra. Obras de Falla, Turina, Albéniz y Rodrigo   Aforo: 1200 Asistencia: 100%     El pasado día 12 de julio tuvo lugar en el Teatro Auditorio de San Lorenzo del Escorial, formando parte del Festival de Verano, un “Concierto homenaje a Paco de Lucía”. La Orquesta de Cadaqués, bajo la dirección de Edmon Colomer, ofreció un programa con marcado sabor flamenco dado que contaban con la presencia de dos solistas del género: la cantaora Ginesa Ortega y el…

 

San Lorenzo del Escorial. Teatro Auditorio. Festival de Verano.

12-VI-2014

ORQUESTA DE CADAQUÉS. EDMON COLOMER, director. GINESA ORTEGA, cantaora. CAÑIZARES, guitarra.

Obras de Falla, Turina, Albéniz y Rodrigo

 

Aforo: 1200 Asistencia: 100%

 

 

El pasado día 12 de julio tuvo lugar en el Teatro Auditorio de San Lorenzo del Escorial, formando parte del Festival de Verano, un “Concierto homenaje a Paco de Lucía”. La Orquesta de Cadaqués, bajo la dirección de Edmon Colomer, ofreció un programa con marcado sabor flamenco dado que contaban con la presencia de dos solistas del género: la cantaora Ginesa Ortega y el celebrado guitarrista Cañizares. La justificación había que buscarla en el Concierto de Aranjuez de Rodrigo, ya que el homenaje trataba de rememorar la histórica colaboración entre el difunto Paco de Lucia, la Orquesta de Cadaqués y el director catalán, quienes convergieron en el año 1991 para acometer una grabación, hoy histórica, del mencionado concierto. El resto del repertorio se completaba con El amor brujo de Falla, Tres paisajes andaluces de Albéniz (Granada, Córdoba y diz en orquestación de Guinovart) y la Oración del torero de Turina.

Pues bien, la formación catalana estuvo a la altura de la fama que le precede porque suena realmente bien: tiene una afinación precisa, un sonido hermoso (especial atención merecen los vientos), la cuerda despliega un sonido muy homogéneo, todos los músicos se mueven dentro de un rango dinámico bastante amplio y su musicalidad es grande, ya que fraseo y articulación están muy bien entendidos. De otra parte, cabe hacer mención de Cañizares, quien es un gran músico que se desenvuelve en el escenario con asombrosa naturalidad. Quizá su sonido flamenco de pulsación con exceso de uña llame la atención a oídos de un oyente habituado a las versiones clásicas del Concierto de Aranjuez, pero no cabe duda de que Cañizares es un músico respetable y que, a fin de cuentas, esto era una versión aflamencada. En los Tres paisajes andaluces en los que la Orquesta de Cadaqués se quedó a solas, ésta mostró todo su potencial, y en La oración del torero lo hizo la sección de cuerda. Quizá se podría demandar un poco más de proyección en el sonido, aunque la acústica del Teatro Auditoro no favorece. A todo esto hay que añadir algunas circunstancias objetivas como el hecho de que la sala estaba absolutamente abarrotada, y que el público estaba verdaderamente entregado. Parecemos encauzados en la descripción de un concierto de tintes memorables. Todo es relativo. Analicemos que hay detrás de este optimista panorama, ya que no todo funcionaba adecuadamente.

La Orquesta Sinfónica de Cadaqués en una imagen promocional.

Falla realizó diversas revisiones y adaptaciones de su Amor brujo siendo la primera de sus versiones para orquesta de cámara y cantaora (Gitanerías, 1914) y la posterior revisión para orquesta sinfónica y mezzo-soprano (1916). A éstas le seguirían un Ballet (1925) y una Suite para piano (1930). Pues bien, aquí se pudo escuchar un compromiso entre la primera y la segunda de las versiones al combinar orquesta sinfónica y cante; compromiso que no funcionó por dos motivos: de una parte, el desequilibrio entre el volumen de voz de la cantaora (fruto de su técnica vocal) y el de la Orquesta de Cadaqués (fruto de la propia naturaleza de la formación) forzó una amplificación, pero que no resultó adecuada, como argumentaremos más adelante. De otra parte, el ensamblaje entre la cantante y la orquesta careció de la precisión suficiente (muy a pesar de los esfuerzos del maestro Colomer) ya que una y otros manejan lenguajes rítmicos muy diferentes. Es posible que hubiese resultado más oportuno optar por la primera versión de la obra para paliar estos defectos.

Aquí tenemos algunos elementos que nos permiten, antes de proseguir, ilustrar un interesante concepto denominado esquizofonía, fenómeno musical enunciado (con diferentes acepciones) por algunos autores como Timothy Day o Murray Schafer. Tal fenómeno se verifica a raíz del nacimiento de la música amplificada y se nos presenta disociando la fuente sonora del propio sonido. Un ejemplo nos lo puede ofrecer un conjunto de músicos congregados en un mismo espacio, pero emitiendo desde dos focos distintos, pongamos a la Orquesta de Cadaqués desde el escenario, y a los solistas (Cañizares y Ortega) desde unos altavoces situados a más de seis metros sobre el escenario. A esto hay que añadir una reverververación desmesurada (especialmente en el caso de la cantaora). El resultado se puede calificar de patología musical, de aberración conceptual, de un producto artístico sin ningún tipo de verosimilitud. Quizá los músicos percibiesen el sonido equilibradamente por efecto del retorno de que disponían a sus pies, o quizá se rindiesen a las limitaciones técnicas del Teatro Auditorio. Sea como fuere, al público no pareció importarle tal circunstancia, habida cuenta de su desbordante entusiasmo que se materializaba en cálidos aplausos, religiosamente articulados –casi– entre movimiento y movimiento de cada pieza. El hecho de que el maestro catalán los alentase (llegando a poner en pie a los músicos para saludar a mitad del El amor brujo) lo podemos entender como una concesión al público, como una concesión a los intérpretes, o como una concesión al género flamenco.

El guitarrista flamenco Cañizares.

Otro fenómeno de alto interés antropológico que se pudo ver fue la destacada presencia de la denominada Famosa tos española, de la cual nos hemos hecho eco en ocasiones anteriores en Audioclásica. Quizá este fenómeno esté íntimamente ligado al anterior, ya que el aplauso se presenta como una tabla de salvación, como una válvula de escape y alivio al molesto picor de garganta. De cualquier forma, hay que apuntar que estamos teniendo un verano de cambios térmicos muy bruscos (especialmente en las faldas de la Sierra de Guadarrama) que favorecen el, -tan molesto- catarro de verano.

Aún podemos poner sobre la mesa una tercera peculiaridad: la entrada del público se prolongó hasta pasados diez minutos de la hora convenida para iniciar el concierto. Ignoramos qué motivó tal situación, pero se pueden lanzar algunas hipótesis que apuntarían al laberíntico acceso (hablamos de un edificio de diez alturas, ocho de ellas subterráneas y de la profusión de escaleras), la puntualidad del público, o la falta de coordinación de un equipo no habituado a “explotar” el edificio, quien sabe.

A pesar de todo, nada tiene de grave que el público disfrute, o que no sea especialmente disciplinado, o que una orquesta despliegue un programa más o menos comercial para su gira estival. El problema radica en el contexto en el que todo esto se produce: el Teatro Auditorio del Escorial. Este espacio, que es un proyecto fruto de la megalomanía, nació rodeado de polémica y con pretensiones de convertir a la localidad escurialense en un pequeño Salzburgo. El proyecto se finalizó en julio de 2006 con cuatro años de retraso y dejando tras de sí una inversión intolerable, difícil de cuantificar, pero que suma más de cien millones de euros entre costes declarados e indemnizaciones por expropiaciones. Hay que recordar al lector que su construcción se llevó a cabo con dinero público. Con el paso de los años se ha podido ver que no basta con disponer del continente, sino que tan importante o más es el contenido; para convertir a San Lorenzo del Escorial en un pequeño Salzburgo haría falta, además de contar con la infraestructura, con otro elemento indispensable: salzburgueses.

Este auditorio permanece cerrado más del 90% del año y cuenta con algunos problemas de diseño muy graves como una mala acústica, un mal acceso y falta de presupuesto para gestionarlo. Es por tal circunstancia que presenciar una catarsis de tal magnitud resultó poco decorosa; no al foráneo, quien viene hasta aquí a pasar, despreocupadamente, sus vacaciones, pero sí a quien ha seguido muy de cerca la gestación del proyecto. Existe una anécdota que ilustra la filosofía que planea sobre este espacio: para su construcción hubieron de ser talados unos cuantos  pinsapos y cedros centenarios, quedando uno de ellos indultado al articular el patio del auditorio entorno a él. No obstante, es éste el emblema del Teatro Auditorio. A la ciudadanía se le expuso con especial énfasis el respeto por el medio ambiente con que fue edificado el coliseo. No se trata de que la construcción de un edificio justifique o no la tala de árboles (ni mucho menos), ni de que el público disfrute o no con un concierto; el problema radica en las circunstancias que rodean estos particulares. Conviene hacer lecturas profundas más allá de las apariencias porque, en ocasiones, engañan.

Raúl Jiménez