Audioclasica

23.X.2014. Vítores y fanfarrias

ss   L’AUDItori. Temporada Ibercámera     23-X-2014     PAUL LEWIS, piano. ORQUESTA SINFÓNICA DE LA RADIO SUECA. DANIEL HARDING, director.  Obras de L. van Beeethoven y G. Mahler.  Aforo: 2.203   Asistencia: 90%     Arreciaban las salvas de aplausos después de acabada la soberbia actuación de la Sinfónica de la Radio Sueca cuando, de manera inesperada, trompetas y trombones atacaron las notas de una fanfarria. Expresaban así los maestros de la orquesta su reconocimiento a la labor del director, Daniel Harding, que acababa de firmar un Beethoven de muchos quilates y un Mahler sencillamente majestuoso. Y no…

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L’AUDItori. Temporada Ibercámera

 

 

23-X-2014

 

 

PAUL LEWIS, piano. ORQUESTA SINFÓNICA DE LA RADIO SUECA. DANIEL HARDING, director.


 
Obras de L. van Beeethoven y G. Mahler.


 Aforo: 2.203   Asistencia: 90%

 

 

Arreciaban las salvas de aplausos después de acabada la soberbia actuación de la Sinfónica de la Radio Sueca cuando, de manera inesperada, trompetas y trombones atacaron las notas de una fanfarria. Expresaban así los maestros de la orquesta su reconocimiento a la labor del director, Daniel Harding, que acababa de firmar un Beethoven de muchos quilates y un Mahler sencillamente majestuoso. Y no es muy habitual que una orquesta se produzca con tanta efusividad y vehemencia hacia su líder; pero tampoco lo son muchas de las cosas que tuvimos ocasión de disfrutar en al Auditori en este primer e inolvidable concierto de la nueva temporada de Ibercámera.

Por ir comenzando, el programa lo componían dos obras de alta gama, de aquellas que asoman a los intérpretes al abismo de las influencias y las comparaciones. El Concierto para piano n. 3 en do menor, op. 37 de Beethoven, tan emblemático en la trayectoria compositiva de su autor, evidenció ya en los compases de su introducción las cualidades admirables de la orquesta sueca; integrada por una compensada proporción de varias generaciones de músicos –pero con una clara tendencia a la juventud en el caso de los solistas–, exhibe tal nivel de excelencia en todas las secciones que resulta injusto destacar una por encima de las demás: elegantísima de expresividad la cuerda –¡qué contrabajos, qué violas!–, cálidas las maderas, ajustados y broncíneos los metales, todos precisos y al mismo tiempo lejos de neutralizar su singularidad. Harding condujo la partitura desde un concepto quizás menos mozartiano que el de otros y haciendo más hincapié en lo que tiene del Beethoven venidero, pero su mérito esencial residió en proponer un diálogo equilibradísimo con el pianista Paul Lewis, quien, aceptando ese punto de partida, cuajó una de las mejores actuaciones que le registramos en sus frecuentes apariciones barcelonesas. Su propina, el Allegretto en do menor de Schubert, fue, sin embargo, más fría.

Con tales antecedentes en la primera parte, la Sinfonía Titán de Mahler que se anunciaba para la segunda se presentaba como una auténtica incógnita, pero se despejó bien pronto. Uno no recuerda haber escuchado aquella célebre primera nota sutilísima de la cuerda con tal sonoridad y expresión, lo que se convirtió en vaticinio de un Langsam. Schleppend de contrastantes juegos de planos y texturas, un Mahler casi insólito y riquísimo. Si la impresión dejada por este primer movimiento fue conmocionante, ninguno de los tres siguientes le fue a la zaga: el Kräftig bewegt, doch nicht zu schnell no sólo fue tal, sino que impuso un delicioso ambiente vienés que invitaba a seguir el ritmo con los pies; el Feierlich und gemessen, que remeda, traducida a canon, la melodía del popularísimo Frère Jacques, fue servido con elegante colorismo y el Stürmisch bewegt final es difícil describirlo sin recurrir al símil de una experiencia catártica.

La comunión entre Harding y la Sinfónica de la Radio Sueca fue perfecta en todo instante: sin ampulosidades, sin exagerar la mímica, el director británico acuna en su gesto ese Mahler que lleva dentro y que sus músicos comprenden y expresan como pocas formaciones en el mundo deben de estar hoy por hoy en disposición de hacer. Si, obligado a un encore por el entusiasmo del público, recurrió a Nimrod, la décima de las Variaciones Enigma de Elgar, sólo fue para dejar constancia de que también con esa partitura todos ellos eran capaces de mantener aquel admirable nivel de excelencia.

Javier Velaza

Crédito: © © Ibercámera