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18.I.2015. Vals triste, metáfora de una vida

  Invierno 2015. Abono 3. Palau de la Música. Sala Iturbi 18-I-2015 HENNING KRAGGERUD, violín. THE HALLÉ. SIR MARK ELDER, director. Obras de Vaughan Williams, Chaikovski y Sibelius Aforo: 1.817 Asistencia: 80%     Una de las principales características de los programas de Sir Mark Elder y The Hallé es su coherencia. En 2009 abordó en esta sala, en dos maravillosas sesiones, la integral de las sinfonías de Mendelsohn. Dos años después, contrapuestas en un interesante diálogo, dirigió la Sinfonía nº 104 de Haydn y la nº 2 de Vaughan Williams, ambas apodadas “Londres”. En esta ocasión presentó tres partituras…

 

Invierno 2015. Abono 3. Palau de la Música. Sala Iturbi

18-I-2015

HENNING KRAGGERUD, violín. THE HALLÉ. SIR MARK ELDER, director.

Obras de Vaughan Williams, Chaikovski y Sibelius

Aforo: 1.817 Asistencia: 80%

 

 

Una de las principales características de los programas de Sir Mark Elder y The Hallé es su coherencia. En 2009 abordó en esta sala, en dos maravillosas sesiones, la integral de las sinfonías de Mendelsohn. Dos años después, contrapuestas en un interesante diálogo, dirigió la Sinfonía nº 104 de Haydn y la nº 2 de Vaughan Williams, ambas apodadas “Londres”. En esta ocasión presentó tres partituras de compositores íntimamente relacionados. Tres músicos que tuvieron que cargar con el sambenito de conservadores: el cosmopolita Chaikovski, frente al colorista y nacionalista “puñado de cinco”, Vaugahn Williams y Sibelius, frente a las capitales aportaciones de europeos y norteamericanos de las dos primeras décadas del siglo XX. Por otra parte, el ruso es una de las influencias de Sibelius en su Primera Sinfonía y la Quinta de Vaughan Williams a éste está dedicada. ¡Cuánto se alegró el finés al recibir la dedicatoria del británico! No en vano, la principal vía de expansión de su música fue la anglófona. Desde la grabación de Robert Kajanus con la London Symphony Orchestra de cuatro de sus sinfonías, costeada por el gobierno finlandés a principios de la década de 1930, hasta la reciente integral de la BBC Philarmonic con John Storgårds. Entre ambos: Anthony Collins, Malcom Sargent, Thomas Beecham, el escocés Alexander Gibson, Bernstein, Maazel, Colin Davis o Rattle. Y si de orquestas se trata, The Hallé propició a Barbirolli una de las Sibelius Edition de referencia en 1966.

Recientemente, el propio Elder y los de Manchester registraron las tres primeras sinfonías de Sibelius en su sello propio. El año pasado hizo lo mismo con la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis y la Sinfonía pastoral de Vaugahn Willimas. Esta primera pieza constituyó una inmejorable carta de presentación en este concierto. El equilibrio armónico fue perfecto y casi mágica la sonoridad de la segunda orquesta y del cuarteto, desplazados a la parte alta del escenario, delante del órgano, dentro de un sentido carácter antifonal. En el Concierto para violín de Chaikovski, Hallé y Elder contaron con el noruego Henning Kraggerud y la robusta sonoridad de su Guarneri. Entre todos consiguieron una versión llena de colores y contrastes, y pletóricos tutti. La compenetración entre conjunto y solista fue absoluta, destacando el diálogo con la flauta, el cantado contrapunto de los chelos y los arpegios del clarinete en pianísimo del segundo tiempo. En el rondó, el violinista repartió el protagonismo entre los co-solistas y el tutti con deleite, para recogerlo con entusiasmo en cada estribillo.

De las siete sinfonías de Sibelius, la Segunda y la Quinta son las que más se han grabado, casi en medio centenar de ocasiones, y de entre todas ellas, esta última es la que más muestra la intensa lucha que el compositor dirimió consigo mismo. Fue un encargo del gobierno de Finlandia para celebrar el quincuagésimo cumpleaños del compositor. Casi nos descontamos de las veces que rehizo la partitura. Era enorme la autoexigencia y muy difícil el momento estético y político que vivía Europa. Inició la sinfonía en 1915 y la acabó definitivamente en 1919, a la vez que la Gran Guerra y una guerra civil en su país. Osmo Vänskä le dio la razón en su interpretación de ambas versiones: la definitiva es mucho más concisa y directa que la primigenia, en ella divaga más.

Esta Quinta comparte con la Tercera y la Cuarta (para mí la más poética) la desnudez del poquito material temático que contiene. Las tres sinfonías centrales apuntan al neoclasicismo llevado a Helsinki por su amigo y maestro Ferruccio Busoni. Por su parte, Elder comprende muy bien esta sencillez y la transmite con meridiana claridad, sin aspavientos, a la vez que la tensión creativa que su elaboración esconde: ese ir y venir del péndulo del destino, tomado de la Cuarta,presentado por las cuerdas en el primer forte. El fagot sonó premonitorio, además de grande, en el solo caracterizado por el autor como lúgubre y patético. Ahí es nada. Con la colocación de las maderas entre trompas y el resto de los metales, Elder consiguió unos efectos estereofónicos muy bonitos al final del primer movimiento. Lástima que el balance del Moderato que lleva al Allegro moderato se desequilibrara en favor de los metales, enmascarando el final de la frase que terminan las maderas. Y toda esta terribilitá aparece sobrevolada por el sorpresivo solo de oboe y se difumina en los ingenuos claroscuros del segundo movimiento, que en algo nos recuerda a la Cuarta Sinfonía de Brahms. Elder compuso un delicadísimo final del movimiento para atacar raudo la tercera parte. En ella, el cambio de color de las trompas al enunciar el motivo del destino fue tremendamente emocionante. La tensión fue en aumento y no parecía tener fin, hasta dejarnos sin resuello en los seis acordes finales. Los silencios cortaron como cuchillos.

Tal vez se le pueda achacar a Elder la prisa en subir los primeros compases de las trompas en la sinfonía, al igual que en la narración del primer movimiento del Concierto de Chaikovski. Ese brevísimo amanecer de dos compases, anterior al canto del cisne. ¡Qué maravilloso sorprenderse ante las cosas sencillas de la vida! El mezzoforte no escrito nos privó de poder contemplar de alguna manera esa luz que tan bien capta Sibelius. La del paisaje finés y la suya propia, que la tuvo, aunque tamizada frecuentemente por las sombras de su melancolía, alcoholismo, deudas y dudas. Si no, ¿qué tipo de sensibilidad podría componer un Vals triste? Esa fue la propina.

Daniel Martínez Babiloni

Crédito: Rusell Hart

Pie de foto: Sir Mark con Hallé en segundo plano.