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27.VII.2015. Un Don Carlo que no convence

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Festival de Verano de San Lorenzo del Escorial. Teatro Auditorio 29/VII-2015 ORQUESTA Y CORO DE LA COMUNNIDAD DE MADRID. MAXIMILIANO VALDÉS, director musical. JOSÉ BROS, Don Carlo. VIRGINIA TOLA, Isabel de Valois. JOHN RELYEA, Felipe II. ÁNGEL ÓDENA, Marqués de Posa. KETEVAN KEMOKLIDZE, Princesa de Éboli. LUIZ OTTAVIO FARIA, Gran Inquisidor. SONIA DE MUNCK, Tebaldo. ALBERT BOADELLA, director de escena. Don Carlo de GIUSSEPE VERDI   Aforo: 1200. Asistencia: 99%   Don Carlo es, posiblemente, una de las óperas más atípicas dentro de la producción verdiana. Nos permitimos verter tal afirmación porque este drama nunca llegó a contentar plenamente al…

Festival de Verano de San Lorenzo del Escorial. Teatro Auditorio

29/VII-2015

ORQUESTA Y CORO DE LA COMUNNIDAD DE MADRID. MAXIMILIANO VALDÉS, director musical. JOSÉ BROS, Don Carlo. VIRGINIA TOLA, Isabel de Valois. JOHN RELYEA, Felipe II. ÁNGEL ÓDENA, Marqués de Posa. KETEVAN KEMOKLIDZE, Princesa de Éboli. LUIZ OTTAVIO FARIA, Gran Inquisidor. SONIA DE MUNCK, Tebaldo. ALBERT BOADELLA, director de escena.

Don Carlo de GIUSSEPE VERDI

 

Aforo: 1200. Asistencia: 99%

 

Don Carlo es, posiblemente, una de las óperas más atípicas dentro de la producción verdiana. Nos permitimos verter tal afirmación porque este drama nunca llegó a contentar plenamente al propio Verdi, quien concibió inicialmente la opera para ser estrenada en París bajo el título de Don Carlos y siguiendo los preceptos de la Grand Opéra, pero que desde el principio sufrió innumerables cortes y modificaciones a manos del autor, quien siempre mostró su insatisfacción con los sucesivos resultados. Incluso la versión final en cuatro actos y libreto en italiano (la más difundida y que ahora nos ocupa) no gozaba de la plena aprobación de su creador. Es revelador el fragmento que el italiano dirige en una carta a libretista Camille du Locle, dos años después del estreno, en el cual afirma que “en París, en última instancia se piensa en un mosaico en lugar de una ópera unificada; por más hermosa que sea no deja de ser un mosaico (…) serían mucho más perfectas si no se notaran los parches y los arreglos”. Sea como fuere, el tratamiento dramatúrgico no tiene la cohesión y direccionalidad de otros dramas verdianos. De otra parte, la partitura está mucho más próxima al lenguaje wagneriano que al del propio Verdi, o por lo menos, no como en el resto de su repertorio. Esto se observa especialmente en el tratamiento de la orquesta, sumamente complejo y orgánico, la cual parece tener vida propia como si de un personaje más se tratase. Esta observación no es nueva, ni mucho menos, sino que fue uno de los argumentos que esgrimió la crítica parisina tras el estreno de la obra a mediados del s XIX con el fin de denostarla.

Conviene también (prosiguiendo en esta contextualización) poner sobre la mesa algunas consideraciones acerca del Don Carlos histórico que lo alejan sustancialmente del literario. El punto de partida lo encontramos en la apasionante obra Don Karlos, Infant von Spanien del poeta alemán Friedrich Schiller (célebre creador de la Oda a la alegría que Beethoven incluiría en su novena sinfonía). Tal texto guarda poca relación (o ninguna) con la realidad histórica más allá del propio nombre de los personajes. El hijo primogénito de Felipe II nació fruto de una relación entre el monarca y su prima la Infanta María Manuela de Portugal. No es de extrañar tanto su debilidad física como su inestabilidad mental, producto de la consanguineidad, que queda ilustrada con algunas aficiones de las que el hijo del monarca hacía gala, tales como asar liebres vivas o la anécdota que refiere que en cierta ocasión cegó por diversión a los caballos del establo real. No abundemos en detalles morbosos más allá de lo necesario. Pero el espíritu del incipiente Romanticismo (del que Schiller es uno de los más célebres precursores), reclamaba la estilización del drama a cualquier precio como ya se observa en la obra literaria. El proceso de estilización prosigue su camino bajo las plumas de los libretistas Françoise Joseph Mèry y Camille du Locle, hasta alcanzar la eclosión propia de fusionar texto y música, ya en manos de Verdi. Quien conozca tanto la obra del alemán como la del italiano, podrá corroborar estas afirmaciones.

Teniendo en cuenta los puntos débiles y las circunstancias que vieron nacer la obra, podremos entender el porqué de un resultado tan poco convincente como fue el que pudimos experimentar la noche del 29 de julio en el Teatro Auditorio de San Lorenzo del Escorial. En primer lugar, y como fallo más flagrante, hay que hablar de la acústica del recinto la cual no es buena en términos generales, y resulta pésima cuando la orquesta se coloca en el foso: este espacio no reúne las condiciones mínimas necesarias para presentar un montaje operístico. No hay proyección, la orquesta no se oye bien y el desequilibrio entre los planos sonoros orquesta/cantantes aniquila por completo la obra de principio a fin. Ya hemos mencionado la peculiar textura de la partitura y la necesidad de equilibrar balances que de ella emana…

Albert Boadella, director de escena de la producción y reclamo publicitario indiscutible para presentar las bondades de la obra a la sociedad madrileña, declaraba en las notas al programa su intención de “dotar a la obra de ciertas aproximaciones a la verdad histórica (…) el personaje de Carlos, en vez del clásico príncipe noble, bello y valiente expresa aquí sus dificultades físicas así como la locura que sufría”. Pues lo cierto es que el tenor José Bros, a las órdenes de Boadella, nos presentó a un Don Carlos con una sobreactuada cojera, encorvamiento permanente, espasmos recurrentes y movimientos obsesivo-compulsivos. Aquí surge la crucial pregunta ¿Cuál es la intención de hacer confluir un personaje histórico con uno ficticio cuando son diametralmente opuestos? Independientemente de la respuesta, el resultado fue que la música y el texto transmitían un mensaje, mientras que el gesto hacía lo contrario, elaborando un discurso dramático incongruente, inverosímil e incapaz de convencer. Curiosamente, el resto del elenco pecó de lo contrario al desenvolverse sobre el escenario con un llamativo hieratismo, más propio de montajes operísticos del pasado que de los tiempos que corren.

Cierto es que virtudes también las hubo: cabe destacar un soberbio y bellísimo vestuario de época realizado por la oscarizada sastrería Cornejo, una escenografía minimalista –pero hermosa y efectiva gracias al uso de potentes símbolos– y un elenco de cantantes bastante sólido, muy compenetrado entre sí y homogéneo. José Bros tiene una técnica vocal que se adecúa razonablemente a la fama que le precede, el bajo John Relyea (en el papel de Felipe II) goza de un denso timbre no demasiado habitual en los cantantes de su tesitura, las intérpretes femeninas Virginia Tola (encarnando a Isabel de Valois) y Ketevan Kemoklidze (dando vida a la princesa de Éboli) mantuvieron un alto nivel de entrega toda la noche, Luiz Ottavio Faria (Gran Inquisidor) dio la perfecta replica al Rey de las Españas en el estremecedor dúo de la escena primera del tercer acto –uno de los momentos más brillantes de la velada, por cierto-, Ángel Ódena (Marqués de Posa) desbordó pasión, y la pizpireta Sonia Munck (en el papel de Tebaldo) puso el contrapunto necesario para liberar tensión. De la Orquesta de la Comunidad de Madrid y de su director, Maximiliano Valdés, nos abstendremos de realizar valoraciones dado que resultó imposible luchar contra las limitaciones acústicas antes señaladas.

Y como no, el público que abarrotó el Teatro Auditorio reveló un perfil similar al de ediciones anteriores: marcada elegancia y poder adquisitivo en el vestir y poca disciplina musical (se aplaudió prácticamente al final de todas y cada una de las arias terminando así de socavar la frágil cohesión dramática, y se puedo escuchar alguna conversación sotto voce que “animó” el patio de butacas durante la ejecución). Cabe añadir una incondicional entrega materializada en los dilatados aplausos que con que culminó la representación, pareciendo estar ajenos a los pormenores que aquí referimos.

Quizá, la única opción decorosa de presentar el Don Carlo de Verdi en un contexto como el que nos ocupa (a tan poca distancia de los sepulcros en que reposan los verdaderos protagonistas de la historia) fuese despojar de verosimilitud y fuerza dramática uno de los grandes monumentos que alimentan la denominada leyenda negra.

Raúl Jiménez
Crédito: Jaime Villanueva
Pie de foto: Albert Boadella en uno de los ensayos